I
Ver a Fredy, como lo nombró su rescatista, provocaba tristeza; pero también enojo. Aunque la herida en su cabeza sugería un golpe severo, llamaba más la atención su mandíbula, fracturada, incapaz de contener el hocico que colgaba abierto. Parecía un gesto de incredulidad: ¿qué hice para que me hicieran esto?
Poco más de un mes después, en las redes sociales de Orlando Pérez Alemán se puede ver a Fredy: todavía porta un bozal que le ha permitido sanar; tanto, que ya casi puede cerrar el hocico. Posa contento para una foto: su gorro de santaclós anuncia que está listo para la adopción.
Mi esposa y yo podemos pasar varios minutos, que se convierten fácilmente en una hora -al menos- viendo videos de perritos rescatados; le he compartido videos de Fredy y algunos otros rescataditos; periódicamente hacemos donaciones a diversos refugios y rescatistas. Le he compartido mi deseo de adoptar a Fredy, aunque sabemos que resulta imposible pues tenemos ya nuestro par de adoptados. Por lo mismo, hemos compartido la indignación por lo sucedido con el Refugio Franciscano.
Ya la prensa y diversos activistas se han dedicado a relatar y documentar las negligencias, abusos, complicidades y mentiras del Gobierno de la Ciudad de México, por lo que prefiero abordar el problema desde otras perspectivas.

Como sucede casi con todos los inicios de gobierno, el de Clara Brugada tuvo varios tropiezos y encontronazos: balaceras que sugerían reacomodos, forcejeos con comerciantes en Bellas Artes, amenazas de transportistas y acuerdos que sólo mostraron la incapacidad, límites y debilidades del gobierno. Quizás el corolario fue el lamentable asesinato de dos de sus colaboradores más cercanos en Calzada de Tlalpan en mayo del año pasado.
Por eso no debería pasar desapercibida la decisión de -por fin- terminar, en los hechos, con las corridas de toros. La nueva ley despojaba de violencia a las corridas: no más espadas, banderillas, picadores y muerte. No era una batalla difícil en la opinión pública: apenas es un puñado de personas quienes acuden a las corridas de toros. Aunque, eso sí, muchos de ellos suelen tener posiciones importantes en la política. Además, los empresarios taurinos suelen ser poderosos y tener buenas redes en varios lados. Baste decir que en el primer círculo de Ricardo Monreal está Pedro Haces, empresario del ramo. Tal vez por eso Claudia Sheinbaum decidió no hacer demasiado al respecto y mandarle el problema -y la decisión- al Poder Judicial de la Federación. Quizás había intereses qué cuidar.
Pero las corridas de toros eran casi una curiosidad comparadas con otras prácticas, menos visibles, pero igual de perversas. Por años, activistas, abogados y medios de comunicación expusieron las condiciones bajo las cuales se vendían animales en el Mercado de Sonora. Clara Brugada decidió, también, terminar con ese negocio. No fue toda una decisión del gobierno; en realidad, la orden provenía de litigios seguidos ante tribunales administrativos.
En apariencia, el operativo contra el Refugio Franciscano iba en la misma línea de protección animal, salvo porque fue toda una simulación para, vaya ironía, proteger los intereses inmobiliarios de una constructora, uno de las principales críticas -fundadas, además- que hizo la jefa de gobierno cuando fue candidata hacia su principal opositor.
Quizás las autoridades pensaron que, dadas las acciones anteriores, su pretendido operativo de rescate pasaría en la opinión pública como una acción semejante a la de los cientos de personas que dedican su tiempo y recursos, siempre escasos, a rescatar animales; especialmente perritos. Eligieron la vía penal, además.
II
En 1905, Upton Sinclair se disfrazó de trabajador de matadero y de manera más o menos sencilla logró colarse para presenciar la brutalidad con que mataban a los cerdos en un rastro de Chicago:
Era tan similar a una operación mercantil que todos observaban con fascinación. Era la ingeniería de la carne de cerdo, las matemáticas aplicadas a la fabricación de carne de cerdo. Aun así, para cualquiera con un poco de sentido común resultaba inevitable pensar en los cerdos, tan inocentes; se aproximaban con tanta confianza y protestaban de forma muy humana
La obra se titula La Jungla; leer sus páginas es doblemente escabroso porque, además de las escenas, narradas en toda su crueldad, resulta inevitable pensar que probablemente la única diferencia entre las condiciones de trabajo, corrupción, falta de sanidad, y absoluto irrespeto por la vida animal, es la cantidad de seres que al día de hoy se matan por segundo para satisfacer la demanda de alitas de pollo, por ejemplo.
En su libro Fear Factories, Matthew Scully cuenta que las granjas de cerdos despojan a los animales de su dignidad. Sin posibilidades de socializar, narra, “los cerdos son obligados a defecar en fosas en medio de las que viven, no obstante ser animales más bien limpios”. No es muy distinto con los pollos, remata.
Nuestra relación con los animales es problemática y, no sin ciertos matices, hipócrita. Lisa Simpson tiene una especie de epifanía antes de morder su chuleta de cordero: bien puede ser la borreguita que tanta ternura les causó en su visita al zoológico de mascotas. Sobreviene una crisis moral que, además, muy pocos están dispuestos a compartir.
Para la mayoría de nosotros, desayunar un rico chicharrón en salsa verde, chilaquiles con pollo o comer tacos de arrachera significa atender una necesidad fisiológica. Además, la alta cocina es un bien exclusivo que se va abriendo paso entre sectores de la clase media. Por si no fuera poco, el proceso de civilización está muy vinculado con las formas y modos de comer. Casi todas las civilizaciones desarrollaron gastronomías que involucraban animales.
El problema, por tanto, es más complejo que sólo renunciar a la carne, aunque, como escribe Paulina Rivero Weber en Bioética: “ese afán de poner al centro y en primerísimo lugar al ser humano es lo que nos ha llevado a dañar nuestro planeta: ¿hasta cuándo podremos comprenderlo? La devastación del planeta se sustenta en ese pilar: el antropocentrismo, y sólo a través de la correcta valoración de la vida en su conjunto lograremos salvar la única casa que tenemos: la tierra. Está bien documentado el impacto que tiene la industria de los cárnicos en la contaminación y el calentamiento global.
III
Los refugios de animales, así como todas las activistas que pugnan por -al menos- mejores condiciones para la muerte de animales, o los llamados casi radicales al vegetarianismo, enfrentan el mismo problema: la industria y el sistema de creencias que la hace posible.
Lisa Simpson llega a una conclusión ilustradora. El problema no era tanto Homero, ni los invitados a la fallida parrillada; tampoco sus compañeros de clase, dispuestos a repetir lo que acaban de escuchar en el documental: basta conocer la cadena alimenticia. Justamente, el verdadero rival son funcionarios y empresarios coludidos para presentar ante el público las deliciosas hamburguesas o un pollo despellejado, fraccionado y empaquetado, como cualquier otra mercancía.
En todo esto, no obstante, hay otra paradoja. Los animales de compañía han adquirido una importancia que la industria no ha dejado pasar. Además de los espacios pet friendly, vemos utensilios, suéteres, juegos, camas y anuncios donde los personajes principales suelen ser tiernos perritos.
La crítica sobre su híper humanización es sólo parcialmente cierta, porque suele ser utilizada por quienes no tienen mucha voluntad de pensar en el bienestar de animal, acusando que la humanidad por sí misma tiene problemas acuciantes y, según su lógica, prioritarios. Es la falacia antropocéntrica.
En la portada del número de invierno 2022 de la revista Gatopardo aparece una imagen conmovedora: un cerdo mira desolado al lente de la cámara desde los barrotes del camión que lo lleva al matadero. Es la misma expresión de un pollo que, sobre Calzada de Tlalpan, se asomaba desde su pequeñísima jaula y buscaba un poco de aire; meneaba la cabeza, confundido. Como Fredy, como el cerdito, seguramente se preguntaban qué habían hecho para estar ahí. Nadie volteó a verlos. Los franciscanitos siguen y seguirán siendo un punto de lucha y resistencia contra los intereses de gobiernos, industria y sistema de creencias, confío en que los cerditos, pollos y becerros empiecen a correr una suerte similar y busquemos moderar nuestro consumo, al menos. Parafraseando a Martha Nussbaum: el único camino hacia la justicia plena pasar por los derechos de los animales.








