La democracia liberal ha perdido legitimidad.[1] Este hecho nos ha llevado a debatir sobre el concepto mismo de democracia, sobre el populismo y el papel del Estado. En los meses recientes, la revista nexos ha sido escenario de uno de estos debates. Por un lado, quienes defienden la democracia liberal, argumentan que lxs nacidxs bajo el amparo de la democracia (liberal) no entendemos todo lo que está en juego si ésta falla. José Antonio Aguilar argumenta que lo sucedido en los comicios presidenciales del 2006 fracturó la relación identitaria entre democracia y procedimientos electorales –perjudicial desde la concepción procedimental de Przeworski[2]–, lo que desplaza el significado liberal de la democracia y lleva a una legitimación del poder político basada en la justicia social de las “grandes masas” –à la PRI–. Para él, criticar a la democracia hija de la alternancia, tanto por haberse mostrado excluyente –principalmente de los sectores subalternos– , como por su afinidad con el neoliberalismo, es revitalizar en la discusión contemporánea los argumentos del viejo PRI.
A esta falsa dicotomía –democracia liberal o autoritarismo priista– responde Andrés Ruíz, quien argumenta que la polisemia inscrita en el concepto de democracia –como en cualquier concepto– hace de ella un hecho social que no podemos –ni necesariamente debemos– resolver. Acorde al autor, pensar en la democracia a partir de un significado particular le quita, evidentemente, objetividad y neutralidad, pues dicho significado se construye a partir del contexto en que se desenvuelve. Más allá de la trascendencia normativa que puede o no tener el concepto de democracia, lo relevante de las formas de democracia es su capacidad para resolver problemas, sostiene.
A esto siguió una respuesta de Saraí Elizondo, quien mantiene la condescendiente afirmación de que quienes nacimos “bajo la democracia” –específicamente la liberal– no entendemos lo que está en juego porque ha sido nuestra única realidad política. Entre los argumentos se repite que “todavía tenemos mucho que aprender de la democracia liberal, con sus naturales complejidades para llevarse a cabo”. Quienes elaboran una crítica a este paradigma (me incluyo) –y de su imposición como único válido en lo normativo, lo público y lo analítico– no justificamos el autoritarismo, como plantean algunxs en una falsa dicotomía, sino que afirmamos que la idea de democracia necesita redefinirse.

Uno de los mayores problemas que el liberalismo ha profundizado es el de la desigualdad. Este reclamo sigue vigente y ha sido caldo de cultivo para el surgimiento de varios “populismos” en ambos lados del espectro político –entre ellos, figuran Víctor Orbán o Hugo Chávez–, pues persisten necesidades materiales no satisfechas. Si el Estado no puede intervenir las relaciones de propiedad –aunque la ciudadanía lo quiera– debido a los candados liberales, se quiebra el mandato democrático. Los tres poderes liberales suponen, como conceptualizó Gramsci hace un siglo, órganos de hegemonía política del capitalismo, es decir, de su dominio político y cultural sobre la sociedad para imponer sus principios.
El liberalismo ha profundizado desigualdades históricamente porque, en el “capitalismo democrático” que supone la democracia liberal, surge una contradicción en la asignación de recursos. Por un lado, opera el principio de productividad marginal –el mercado y el desempeño en él– y, por otro, el de los derechos sociales –la política democrática y la participación ciudadana–, A partir de esta contradicción irresoluble, sostengo que la democracia liberal es un oxímoron: sus candados favorecen a las personas propietarias, dificultan la redistribución y mantienen una pugna constante entre quienes quieren profundizar la democracia y quienes buscan acumular más recursos. Y es esta pugna persistente, entre la valorización de lo humano, frente a la valorización de las cosas, lo que hoy erosiona al capitalismo democrático y sus instituciones.
La izquierda suele apoyar a las poblaciones vulnerables mediante la intervención estatal en la asignación de recursos, mientras los sectores conservadores prefieren la asignación de mercado por considerarla más “justa”, basada en incentivos y competencia. Pero la competencia económica no disminuye la desigualdad: sólo ajusta reglas del mercado sin modificar las relaciones de propiedad. Pensar las leyes del mercado como algo natural, equilibrado y científicamente determinado desplaza la atención de las relaciones sociales que lo sostienen. El desarrollo del capitalismo, a partir de las revoluciones liberales, profundizó la desigualdad, enriqueció a lxs propietarixs y pauperizó a lxs comunerxs, en el proceso denominado como acumulación originaria. Pensar en la estimulación del mercado, o en la idea del goteo de la riqueza, como soluciones a la pauperización de las clases subalternas –principalmente la desigualdad socioeconómica–, es anacrónico y engañoso.
En nuestro país, el problema de la desigualdad se remonta a la colonia, pero la distribución de recursos cambió radicalmente con las leyes de reforma. La ley Lerdo permitió enajenar tierras de la Iglesia y de corporaciones civiles para crear pequeños propietarios y fomentar una pequeña burguesía que impulsase el desarrollo económico. Pero esto pauperizó al campesinado –mayoritariamente indígena– y dio lugar al trabajo casi esclavo en los latifundios del periodo liberal nuestra propia acumulación originaria. En esos tiempos la democracia era prácticamente inexistente; de hecho, el liberal, Samuel P. Huntington, señala en su artículo Democracy’s Third Wave que México apenas estaba llegando a la democratización en la tercera ola, no así a la liberalización mercantil que ya estaba presente.
El liberalismo no surge en democracia ni para promoverla. La mayor parte de lxs liberales del siglo XIX prefería restringir la democracia a quienes no cumplieran con ciertos requisitos de propiedad y educación. La democracia liberal contemporánea emerge en el siglo XX como antítesis del socialismo. La motivación es clara: el miedo a las mayorías populares, capaces de tomar el cielo por asalto. Cuando el temor a la insurrección crece, comienza la apertura. Para producir legitimidad, el liberalismo converge entonces con la tradición democrática republicana, aunque ambas nacieron separadas.
La revolución de octubre, la economía de la posguerra y el ascenso del fascismo pusieron a tambalear las premisas liberales clásicas. El problema de la redistribución demostró soluciones posibles a través de la intervención del poder político en la economía. Las alternativas antiliberales –el comunismo, por un lado, y el fascismo, por el otro– fueron respuestas atractivas en ese mundo tambaleante, pues mostraron también que la abstinencia política de la intervención mercantil era poco eficiente. Esto llevó a lxs liberales a redefinir su doctrina, a partir de ello surgen el keynesianismo y el neoliberalismo –producto de la sociedad Lippman– como las variantes más representativas.

La primera rama derivó en lo que se conoce como Estado de Bienestar, un modelo de redistribución basado en aumentar la producción para repartir los excedentes –únicamente excedentes– a partir de la participación estatal en la economía. La otra, propugnaba un Estado fuerte para proteger –e incentivar– al mercado, por lo que prioriza la libertad económica, por encima de la política, y busca contrarrestar la expansión de lo público. En lo que ambas coinciden, es en los límites a la soberanía y la protección a la propiedad . La primera variante, como se puede suponer, es menos alérgica a la democracia –sin que por ello abandone sus candados anti populares– que la segunda –basta revisar la famosa entrevista que realizó el diario El Mercurio a Friedrich Hayek–. La historia del corto siglo XX mostró cómo las contradicciones irresolubles del primer modelo nos condenaron al segundo.
De la síntesis entre el liberalismo y la democracia surge entonces la democracia liberal representativa actual, hoy profundamente cuestionada. Aunque la mayoría puede votar y opinar, no puede cambiar las reglas: los derechos de propiedad deben garantizarse y las relaciones comerciales protegerse. En un Estado que se presenta como democrático y plural, las reglas privilegian a quienes más han acumulado, protegen a quienes pueden acumular más y bloquean cambios al “equilibrio”. Este modelo concibe al Estado como gestor de los problemas que genera el mercado; por ello la competencia se promueve, aunque no redistribuye para todxs.
La contradicción central de este paradigma “democrático” es la imposibilidad de redistribuir sin cambiar las reglas. Si el Estado utiliza los excedentes gravados para financiar gasto social –como plantea la socialdemocracia y como hizo el Estado de bienestar en la posguerra–, pero el crecimiento económico baja, el gasto se vuelve insostenible y los derechos se marginan. Si pensamos al Estado democrático como garante de derechos, debería poder redistribuir equitativamente sin restricciones y con legitimidad suficiente. Pero esto es impensable en una democracia liberal, limitada a comicios y reglas restrictivas al Estado.
La incapacidad de redistribuir adecuadamente con base en excedentes quebró el paradigma del Estado de bienestar, pero la democracia liberal sobrevivió. Las reformas subsecuentes no sólo debilitaron a los Estados, sino que los subordinaron al capital financiero global, que además presionó a muchos países para adoptarlas. Este paradigma de retracción estatal y ampliación del mercado –para garantizar su funcionamiento y su expansión– reproduce la lógica de la productividad marginal, compartida por liberalismo y neoliberalismo. A largo plazo sólo agravó la desigualdad, basada en principios liberales que de “neo” poco tenían –por ello, Josep Fontana denomina este periodo la Contrarrevolución conservadora.
En una faceta de aparente democracia, la afinidad electiva entre neoliberalismo y la llamada tercera ola de democratización –visible también en la alternancia mexicana– impulsó instituciones que marginaron a las clases subalternas tanto de la política como de la riqueza. Este período demostró, otra vez, que los regímenes de democracia liberal, con sus “buenas” instituciones, son incapaces de redistribuir adecuadamente. Lo más irónico es que empresas y acreedores recurren al Estado para rescates –como el FOBAPROA o la crisis de 2008– sin que se condene en estos escenarios la intervención estatal. Otra vieja contradicción del capitalismo: se privatizan las ganancias y se socializan las pérdidas.
La visión de Estado que propone la democracia liberal no es la más racional ni la más justa; mucho menos constituye el fin de la historia. Hoy la contradicción entre capitalismo y democracia vuelve a golpear con fuerza. Debemos repensar qué valoramos más. Si queremos lo primero, hay que profundizar la democracia en todas las esferas y romper los candados normativos del liberalismo en torno a la asignación de recursos. De la democracia liberal ya hemos aprendido mucho, quizá demasiado; quien espere que resuelva la desigualdad, quizá no. Una redistribución realmente justa toma de cada cual según sus capacidades y asigna a cada cual según sus necesidades. Si queremos un mundo más justo y más democrático, tenemos que trascender este paradigma.

[1] Cuyos componentes clave son las elecciones periódicas y la limitación de la acción estatal por medio contrapesos en la ley, vigilada por un judicial “independiente” con poder de veto y emitida por un legislativo “plural”. Dicha concepción de la democracia valora la limitación del poder mayoritario a partir del gobierno dividido –es decir, que el mismo partido no controle al legislativo y ejecutivo simultáneamente–, al igual que la libertad individual, cuyo principal fundamento está en la protección a la propiedad privada como medio de autonomía personal frente al Estado. Es decir, busca que el gobierno sea representativo y elegido por la ciudadanía, pero limitado para proteger la libertad individual.
[2] Quien sostiene que la democracia tenía su esencia en los comicios como medio de transferencia legítima del poder sin violencia. Aunque recientemente ha comentado que el paradigma está rebasado por los tiempos actuales. Véase: El Colegio de México A.C. (2025, octubre 30). Autoritarismo y Democracia Medio Siglo Después del Inicio de la Tercera Ola [Video recording]. https://www.youtube.com/watch?v=cI0jfvbgTPg







