¿Quién sostiene el alma cuando el cuerpo se tambalea?

Por Fernanda Carbajal

Durante casi una década, la relación con mi ginecólogo se mantuvo estable, casi sin sobresaltos. Las consultas se reducían a lo habitual: métodos anticonceptivos, preguntas de seguimiento y advertencias “amables” sobre mi peso. Era meticuloso, educado, predecible. Y, hasta cierto punto, eso me bastaba. Nunca sentí la necesidad de buscar a alguien más. Pero todo eso dejó de ser suficiente el día que me embaracé.

Nada pesa tanto como las propias expectativas; siempre imaginé a mi doctor de toda la vida diciéndome que las cosas iban muy bien, pero nada de eso se acercó a la realidad. Antes me había percatado de la falta de ultrasonido en su consultorio, porque nunca me había hecho una ecografía ginecológica, pero fue en la primera consulta prenatal que esa falta enunció, no con estrépito, sino con la serenidad de lo inevitable, que debía cambiar de médico.

Comencé a contemplar el cambio de médico cuando me comentó que, para confirmar la edad gestacional y demás trámites obstétricos, debía concretar una cita con su colega materno-fetal. Una doctora de su confianza, a quien acudí, confiada a mi vez, en la seriedad del servicio privado. Sin embargo, después de esperar dos horas en una fría recepción —sin una sola explicación, sin una mínima muestra de atención—, me retiré deshecha, con una enorme angustia que crecía cada vez más por dentro: no sabía si todo estaba bien con mi bebé o conmigo.

Con náuseas y hambre al mismo tiempo, me senté en las escaleras frías de aquel edificio viejo de la colonia Tlacoquemécatl del Valle. Mientras buscaba tocar piso para encontrar raíz, mi cabeza explotaba en pensamientos y mi ser completo no entendía el puñado de emociones: ¿Por qué no sale la doctora a atenderme? Ya pasaron dos horas, ¿no? Tengo muchas náuseas. No he comido nada y tengo mucha sed. ¿Por qué la asistente no nos dice nada? No mames, ¿así van a ser todas las consultas del embarazo? ¿Y si esto fuera una emergencia? No puede ser que sean tan descuidados. 

Madre e hija. Wellcome Collection.

Esa misma tarde le escribí al ginecólogo para comunicarle el fallido encuentro con su compañera de profesión, y me mandó, como si se tratara de un trámite burocrático, el contacto de otra doctora que me quedaba a más de una hora de distancia. Contemplé la situación y decidí darle una oportunidad. Me aseguré de tener un plan para lidiar con los inevitables achaques del embarazo, contacté a la asistente, le comuniqué mi solicitud médica y la respuesta fue inesperada: “Me comenta la Dra. que su embarazo está en un inicio y que la puedo agendar en una consulta de media hora”. La situación no era urgente, pero muy necesaria de atender. Entiendo que para la doctora esto era una consulta “de rutina”, algo que hacía más de tres veces al día, y, sin mayor tacto ni contexto sobre mi situación médica, pensó que podía resolver el pendiente rápido. Pero yo no lo veía así; en lugar de acompañamiento médico, lo que recibí fue una atención distante, casi decorativa.

Desde el principio, mi esposo y yo habíamos decidido atender mi embarazo en el servicio privado, convencidos de que allí encontraríamos un cuidado más amoroso y cercano. Pero hasta el momento, me colocaba, tal como suele atribuirse a la salud pública, como una cifra adicional en un sistema que olvidó la humanidad detrás del embarazo. Confiamos en que yo estaría protegida y acompañada, pero el vacío de atención y humanidad era inmenso.

Consuelo es algo que añoras cuando te sientes abandonada. Su raíz es latina: consolatio, que quiere decir alivio, bálsamo del alma herida, y que nace del verbo consolare, ese gesto hondo de confortar al otro, de tenderle una mano cuando el mundo parece derrumbarse. Tiene una estrecha relación con otra palabra: sollus, “suelo o la base”. ¿Acaso no hay mejor imagen? Cuando uno se siente vulnerable, cuando la vida tambalea y te hace perder el piso, lo que se busca no es sólo compañía, sino consuelo: que alguien te cuide lo suficiente para impedir que caigas.

Por eso dolía tanto la indiferencia médica. No sólo dolía en el cuerpo: hacía que aumentara la angustia, que se profundizara esa sensación de estar a la deriva. En cada silencio, en cada espera sin respuesta, se fue apagando la confianza que alguna vez deposité en mi ginecólogo y en su equipo de trabajo. No era sólo la falta de atención; era la certeza dolorosa de que, en medio de uno de los momentos más vulnerables de mi vida, nadie estaba ahí para sostenerme. Nadie consolaba. Nadie me tendía la mano para no caer. Concedí, así, a mi decisión la solidez de lo irreversible. 

***

Estuve todo un día dándole vueltas a la situación y aún con el nudo en el estómago, abrí el buscador de Google y escribí: “Doctores materno-fetal cerca de mí”. No sabía exactamente qué esperaba encontrar, sólo tenía claro lo que necesitaba: alguien que me mirara más allá de los protocolos, alguien que pudiera sostenerme y, sobre todo, decirme si todo estaba bien con mi bebé. La búsqueda fue minuciosa. Revisé trayectorias, leí opiniones, investigué dónde había estudiado cada uno. Quería estar segura. Y entonces, entre todos los resultados, apareció él. Como si ese hueco en su agenda hubiera estado reservado para mí desde antes. Agendé la cita con una mezcla de esperanza y cansancio, como quien ya no espera mucho, pero aún así intenta una vez más. “Hola Fernanda, buenas tardes. Va a ser un placer atenderte (…). Nos vemos a las 12”, me escribió por primera vez el Dr. Ricardo.

Desde que entré al consultorio, supe que algo era distinto. “¿Cómo estás, Fernanda? ¿Quieren algo de tomar? Cuéntame, ¿por qué estás aquí? ¿En qué puedo ayudarte?” El Dr. Ricardo me habló con calma, me explicó todo, respondió cada pregunta y, por primera vez, sentí que alguien me estaba cuidando de verdad. La consulta fluyó tan bien que al salir no sólo me sentía informada. Me sentía acompañada. Fue un alivio enorme, como si, después de tanto buscar, por fin hubiera encontrado el lugar correcto y no sólo unas escaleras frías.

No fue la tecnología lo primero que me sorprendió, sino algo más: su forma de escuchar entre lo que decía y lo que callaba mi cuerpo. “Tenemos que hacerte el ultrasonido del primer trimestre”, me dijo con voz sin prisa, pero con la firmeza de quien sabe que el silencio también puede ser una señal. Me habló de las arterias uterinas, de cómo su resistencia al flujo podía anticipar una advertencia: un elevado riesgo de preeclampsia. Pero también me regaló calma al reconocer que estábamos en tiempo preciso de empezar con el tratamiento para ayudar a mi cuerpo. 

Supe que no sólo había encontrado a un médico, sino a alguien que entendía que, en un embarazo, el tiempo no se mide sólo en semanas, sino en certezas y en cuidados. El doctor Ricardo me acompañó durante todo el proceso, con una atención que no exagero al calificar de impecable. Cada duda, cada pequeño cambio, cada miedo que aparecía, encontraba en él una respuesta pronta, sin importar si se trataba de una consulta presencial o de un mensajito a distancia. Nunca sentí que incomodaba y eso —cuando la ansiedad y la incertidumbre se instalan en el cuerpo— es inestimable.

Con el paso de las consultas, mi cuerpo resistía los brutales cambios, mis arterias uterinas remodelaron bastante bien, pero mi presión arterial cada vez se elevaba más —en calificaciones desastrosas. Para la semana treinta de gestación, el Dr. Ricardo confirmó que estaba presentando hipertensión gestacional e insistió en tener un control mucho más estricto: cada día llevábamos una bitácora en donde registraba las presiones que me tomaba durante todo el día y asistíamos a consulta cada semana con laboratorios que el Dr. me pedía cuando mis síntomas empeoraban. Fue en esa misma consulta que supimos que Fausto, nuestro hijo, había dejado de ganar peso. Era como si mi cuerpo, en su lucha, empezara a limitarle los nutrientes, el crecimiento. 

Iniciamos tratamiento con medicamentos para controlar la presión y, a las treinta y dos  semanas, el doctor decidió aumentar la dosis. Paralelamente, tomamos una decisión que sólo alguien con su experiencia y serenidad puede transmitir sin alarmas: iniciar un protocolo para acelerar la maduración pulmonar de Fausto. Si llegaba el momento de un nacimiento prematuro, al menos queríamos que pudiera respirar sin tanta complicación. 

Nacimiento de Julio César. Wellcome Collection.

Ese momento llegó antes de lo esperado. A las treinta y tres semanas, mis laboratorios comenzaron a mostrar signos de deterioro y el líquido amniótico disminuyó peligrosamente. No hubo dramatismos, sólo la claridad y firmeza que siempre lo caracterizaron: era momento de adelantar el nacimiento, antes de que la situación se tornara verdaderamente irreversible.

Recuerdo que, con la misma calma de siempre, se sentó con nosotros y nos resolvió todas las dudas que nacieron al saber que tendríamos un bebé prematuro. Con la precisión de quien no subestima los síntomas y con la sensibilidad de quien sabe que, detrás de cada pregunta, hay una humanidad tratando de sostenerse entera, nos habló de lo caro e insostenible que sería atender mi cesárea de emergencia en el hospital que ya habíamos acordado. Nos recomendó hacer uso del seguro público con el que contamos y nos habló muy bien de los colegas que me atenderían; muchos de ellos habían sido sus compañeros de especialidad y profesores. Estábamos en buenas manos. Se había tomado la molestia de avisarles que íbamos para allá.

Fausto nació pesando apenas 1,510 gramos. Pequeño, frágil y, sin embargo, fuerte. Su llanto al nacer y su calificación APGAR de 8/9 fueron, en ese instante, la música más tranquilizadora del mundo. Contra todo pronóstico, respiraba bien. Nació a las 24:27 horas, y apenas a la 1:47 de la madrugada el doctor Ricardo ya nos había escrito para preguntarnos si todo estaba bien. A la distancia, sin soltarnos ni un momento, a las 8 de la mañana ya recibíamos de nueva cuenta mensajes suyos preguntando cómo íbamos y cómo seguía nuestro bebé. Su atención constante era un apapacho para nuestra familia. 

***

La lactancia, para una mamá que tiene a su bebé en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales (UCIN), es todo menos íntima. Ese primer momento que todos te dicen que debes tener con tu bebé, ese instante de conexión llamado “hora dorada”, simplemente no existe. Al menos en mi caso no existió. Mi pequeño nació de treinta y cuatro, casi treinta y cinco semanas y se lo llevaron rápidamente a su incubadora. No hubo abrazos, no hubo piel con piel, no hubo ese contacto que supuestamente marca para siempre el inicio de la maternidad. 

Mis primeras extracciones de leche fueron en casa, frente a la única foto que tenía de mi bebé, mirando un video de YouTube que me enseñaba cómo hacerlo, llorando por lo mucho que lo extrañaba y por lo poco que podía hacer por él. Nadie me explicó que lo más importante era mantener un ritmo de extracciones para poder tener una buena producción de leche. Yo simplemente me convencía de que no sacarme leche haría que llegara con los pechos llenos a la sala de lactancia de la UCIN para poder dejarle muchísima leche a mi bebé que nació bajo de peso. 

Niño enfermo es cuidado por su padre y su madre. Wellcome Collection.

Cuando tocó hacer las extracciones en la UCIN, no fue muy distinto a hacerlo en la casa. Era cansado, incómodo, y mi cuerpo, aún adolorido por la cesárea, apenas respondía. Tenía un extractor manual y pasaba una hora haciendo movimientos constantes y lentos (como había visto en el instructivo) para sólo sacar una onza. De hecho, recuerdo que era tan frustrante sólo poder ofrecer una onza que, una vez, entré a la sala de lactancia con un frasquito con un poco de leche que me había extraído horas antes y fingí haberla sacado en ese momento; estaba prohibido (por puro protocolo) traer extracciones de casa. 

Ese día, por cosas del destino, entró una enfermera gritando a la sala de lactancia de la UCIN y dijo: “¿Mamá de Fausto? No se saque leche. Hoy va a amamantar a su bebé.” Todas me felicitaron. La única vez que logré amamantar a mi bebé fue también la última. Del esfuerzo, su frágil cuerpo bajó de peso y las doctoras prefirieron no intentarlo de nuevo. De ese momento sólo queda un recuerdo amargo y una foto, tomada de contrabando por un papá de la UCIN que, quizá entendiendo el valor de ese instante, tuvo la amabilidad de capturarlo para mí.

El ambiente en la sala de UCIN es callado, triste, melancólico, angustiante. Aunque también hay esperanza y solidaridad. Los padres y madres de familia que ya llevan tiempo reciben a los nuevos y le explican la dinámica: hay dos visitas por día, por la mañana y por la tarde. Hay que entrar al hospital por la puerta cuatro y después ir a relaciones públicas por el pase para acceder a la visita de su bebé. Las madres llegan una hora antes para acceder a una pequeña sala de lactancia para extraerse leche para los pequeños.

La sala de lactancia está en el mismo piso que la UCIN, entre un montón de ordenadas habitaciones que hospedan infantes con distintos diagnósticos. La entrada se oculta con el muro, pero quien ya ha entrado, sabe que sólo basta con jalar un poco esa falsa pared para descubrir la entrada al espacio que las mamás de los bebés en la UCIN ocupan para extraerse el calostro, la leche de transición o la leche madura —dependiendo del tiempo que el lactante lleve internado— durante una hora.

En la sala hay un par de sillas, un sillón individual  incómodo, una mesa grande (tipo escritorio) con un garrafón de agua y un par de vasos desechables, un lavabo, una tarja, un pequeño refri —muy pequeño— y un aire acondicionado que es imposible apagar. Sobre la mesa hay una caja que en un inicio contenía guantes de hule, pero que ahora lleva dentro unas bolsitas de papel esterilizadas para guardar el tetero de vidrio (proporcionado por las enfermeras de la UCIN) con la leche que cada mamá logró extraer durante los minutos de visita en la sala de lactancia. Así, las enfermeras pueden recoger las mamilas del refri y posteriormente alimentar a cada bebé. Por eso, cada bolsita debe contener el nombre del bebé y el número de cama. “No vayan a tomar coquita, chicas. Si las enfermeras confunden nuestra leche, al menos les tocará una buena leche a nuestros bebés. Yo me puse a dieta, entonces todas comamos bien ja, ja, ja”, dice una mamá a las otras que siguen extrayendo leche para aliviar la tensión.

Es una rutina descolocante para una madre que acaba de tener una cesárea de emergencia y está lidiando y conociendo de nuevo su cuerpo. Los movimientos son torpes, lentos y dolorosos, pero en la sala de lactancia hay más que compañía: hay una comunidad. “¿Tú eres la mamá de Mateo? ¿Cómo va tu bebé? ¿Cómo vas con la leche? Ayer me dijo el doctor que comer amaranto y darme masaje en círculos en los senos, podría aumentar mi producción de leche, ¿también te lo dijo a ti? Ya es la hora, ya va empezar la visita. Vámonos chicas”.

En medio de ese desorden físico y emocional, nació mi lactancia y fue un aprendizaje doloroso, lento, marcado por el cansancio y la frustración, pero también por la fuerza de un instinto imparable que me empujaba a intentarlo una y otra vez. De hacer a la distancia lo mejor para mi hijo.

Cada gramo que Fausto ganaba era un triunfo enorme y me devolvía un poco de la confianza que el miedo me había arrebatado. Y cuando finalmente pudimos salir de la UCIN, no sólo fue una salida física, sino un paso hacia una nueva normalidad, llena de retos, pero también de esperanzas.

***

Esa comunidad de madres, los cuidados que aprendí, el sostén del doctor, la fuerza que nació en mí y en mi familia en esos días difíciles, me enseñaron que la maternidad no siempre llega como la planeamos. A veces empieza con incertidumbre, con miedo, con cuerpos que duelen y sangran, pero también nos muestra que cuidar es resistir, es no soltarnos, es buscar en otros y en nosotras mismas la raíz que nos sostiene para seguir adelante. Porque en esa tarea, el cuidado se vuelve también consuelo, y el consuelo, la base donde aprendemos a levantarnos, una y otra vez. 

Cuidar es una red que se teje entre muchas manos, es turnarse para sostener cuando una ya no puede más. Lo entendí en esa sala pequeña donde compartíamos agua, consejos, silencios y leche. Lo vi en cada mensaje del doctor Ricardo, en su manera de anticiparse a nuestras dudas, en cómo nos recordó que también teníamos derecho a ser cuidados. Y lo viví con mi esposo, que dejó todo por estar ahí, preguntando, anotando, buscando formas de hacerme sentir menos sola.

Nadie debería pasar por la maternidad, la enfermedad o la fragilidad en soledad. Y porque si el cuidado se reparte, si se reconoce y se sostiene entre muchas personas, entonces deja de doler tanto. Entonces sí, podemos acompañarnos sin caernos. Entonces sí, hay suelo para seguir.

Madre amamantando a su hijo. Wellcome Collection.
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