Juventud: herencia revolucionaria

Por Andrea García Márquez

  • Reseña de Joaquín Estefanía. Revoluciones. Cincuenta años de rebeldía (1968 – 2018). Barcelona, Editorial Galaxia Gutenberg. 2018.

La historia de la segunda mitad del Siglo XX e inicios del XXI la protagonizó la juventud y sus diferentes identidades que visibilizaron causas transversales de grupos minoritarios e históricamente soslayados. La rebeldía de los jóvenes demostró tener el potencial para ser el nuevo motor del cambio.

Revoluciones, da cuenta del contexto y las exigencias que impulsaron los movimientos sociales que comenzaron en 1968. Además, aborda cómo un grupo de poder económico y político de alcance internacional aprovechó los momentos de rebeldía e intentó imponer su forma de ver el mundo desde un punto de enunciación elitista.

A lo largo de nueve capítulos se desarrollan tres procesos o ciclos revolucionarios, cada uno de ellos dividido en dos fases: en la primera fase llega un movimiento progresista y en la segunda hay una respuesta neoconservadora. Cada fase se presenta como respuesta a la anterior.

«Mexico 68» by Gary Denness is licensed under CC BY-NC-SA 2.0

Estos ciclos revolucionarios son protagonizados por actores con características muy particulares. Por un lado, se encuentra la “tribu de los topos” (9) que es una metáfora hacia las resistencias subterráneas y obstinadas que irrumpen de manera inesperada: “los jóvenes, que arrebataron al proletariado el monopolio de la rebeldía.” (10) Por otro lado, están los neoconservadores o neocons, que se presentan a sí mismos como los verdaderos revolucionarios, ya que confrontan o buscan echar abajo los principios del Estado de bienestar y posteriormente, los avances progresistas. Ambos tienen como objetivo mejorar el mundo de acuerdo con la manera en que lo han experimentado.

El primer proceso que se narra fue el que inició con el mayo de 1968 en Praga, París y México. “Donde había capitalismo, para acabar con el capitalismo; donde había comunismo, para acabar con el comunismo; donde había una dictadura perfecta, para traer la democracia.” (43) Estos fueron los motores de movilización en 1968, que a la fecha continúa siendo un año que marcó la conciencia de las generaciones siguientes, y que, a pesar de no lograr cambiar al sistema, sí consiguió despertar el espíritu de rebeldía con el ideal de terminar con el autoritarismo.

Jóvenes en una marcha en Septiembre del 68 en la Ciudad de México. Foto: UNAM

Los movimientos de 1968 fueron de bases generacionales, la izquierda radical estaba conformada por jóvenes estudiantes que veían a los obreros cooptados y desmovilizados por los partidos y sindicatos. Fue entonces que comenzaron a cuestionar el sistema que les enseñaban en las aulas y reclamaron el espacio que les correspondía en la arena pública. Paris, Praga y México vivieron procesos diferentes, pero el autor pone en la mesa el hecho de que en los tres países la transformación de 1968 fue cultural pues, en un primer momento, las movilizaciones no tuvieron alcance político real.

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Como contraola, los neoconservadores aprovecharon la impronta rebelde de los jóvenes. Thatcher y Reagan iniciaron cambios políticos y económicos que terminaron con el encumbramiento del neoliberalismo y la exaltación del mercado como la mejor forma de organización social.[2] Los aparatos del Estado fueron reorganizados de tal forma que se impulsara la libertad del mercado, pero no se tolerara la rebeldía. Este proceso tuvo dos elementos principales: privatizar al Estado y desregular aquellos aspectos que representaban logros para las luchas sociales como eran los servicios de salud pública o el acceso a la vivienda popular (155).

Tras la caída del Muro de Berlín (1989) la democracia de mercado se presentó como la única alternativa posible, y el siguiente paso fue la globalización.[3] El proceso para lograr la integración global de las economías necesitó hacer cambios a la política nacional e internacional que promovieran la liberalización internacional del mercado, pero esto tuvo consecuencias, conocidas como la “dimensión social de la globalización”.[4] Desde esta categoría se pueden visibilizar aquellos procesos que impactan la vida de las personas a causa de la integración de los mercados a nivel global.

El segundo ciclo revolucionario comenzó en 1999 con los movimientos antiglobales. Los jóvenes que pertenecieron a esta ola progresista veían en la globalización un peligro mayor al del neoliberalismo, y, gracias a la memoria histórica, en muy poco tiempo se formó como movimiento. Sin embargo, dada la heterogeneidad de sus integrantes, no lograron articular alternativas conjuntas, además que tampoco había una forma única de lucha.

El movimiento antiglobalización veía “ademocrático” (167) el hecho de que en cumbres mundiales sobre el comercio o en foros de organizaciones financieras multilaterales se tomaran decisiones que afectaban las vidas de millones de personas en todo el planeta. En pro de la globalización las políticas nacionales perdieron su relevancia frente a las agendas internacionales y las exigencias del mercado.

Los movimientos antiglobalización querían trascender; y, si bien 1968 era un referente, también lo veían como una lucha a superar, para ganar y cambiar finalmente al sistema. Un grupo radical no se conformó con la vía reformista y optó por la revolución llevando a cabo actos que serían calificados como terroristas. Los neoconservadores los comenzaron a llamar globalofóbicos de forma despectiva y justificaron sus prácticas en el miedo.

Las élites económicas y financieras expresaron su miedo a la voluntad popular y a los movimientos revolucionarios, quienes demandaban la redistribución de la riqueza. Habían acumulado beneficios que no estaban dispuestos a ceder, desmontaron al Estado del mercado por medio de las privatizaciones, sustituyeron al “capitalismo de bienestar”[5] por el “capitalismo popular” (196). La principal finalidad del neoconservadurismo fue recuperar los valores del capitalismo, como la acumulación de riqueza y la devaluación de la mano de obra, para aumentar sus márgenes de ganancia.

Esta contraola presentó al neoliberalismo y al proceso global del laissez faire, laissez passer como vía para la estabilidad, pero bastó una recesión en 2008 para mostrar que eran una farsa. Las cúpulas del poder económico defendieron al libre mercado mientras se beneficiaron de este, pero cuando todo lo que podía salir mal, salió mal, fueron los recursos del Estado y las contribuciones de los millones de personas a las que afectaron, las que les sirvieron como salvavidas. En el 2008 estuvo a punto de precipitarse la peor crisis del modelo capitalista de EUA, pero se evitó a costa de aumentar la deuda pública.

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El reclamo por la ademocracia y las decisiones tomadas desde las élites políticas y económicas fueron un parteaguas. Así, el tercer y último ciclo revolucionario comenzó en 2011 con lo que se llamó el movimiento de los indignados, que tuvo como lemas “¡No nos representan!” y “¡Democracia real, ya!”

El neoliberalismo trajo consigo al individualismo, la primacía de lo privado había aislado a las personas en su espacio íntimo, pero al iniciar las protestas hubo un sentimiento de identidad: la indignación. Para este movimiento los procesos de democracia procedimental que dan como resultado la distribución de poder político, eran una simulación. Los representantes populares se encontraban supeditados a los intereses particulares del poder económico.

El movimiento de los indignados se hizo presente mediante recursos acordes con su época, ocupó plazas públicas, pero también acaparó la discusión en redes sociales. Así, con el lema “¡Somos el 99%!” (208) se hacía alusión a que el 1% de la población concentraba la riqueza del resto, mientras los indignados tenían entre veinte y cuarenta años, eran jóvenes con empleos y salarios precarios, la mayoría eran mujeres y tenían estudios universitarios.

En este tercer ciclo, la contraola llegó en 2017 con Donald Trump como presidente de EUA. Trump vio en ese 99% votos que movió a su favor, prometió a los millenials que tendrían la vida que tuvieron los baby boomers, que echaría atrás la globalización y cerraría fronteras, aunque esto en realidad fortalecería y beneficiaría al capital nacional.

Los años que transcurrieron entre 1968 y 2018 han dejado aprendizajes para varias generaciones. Hacia el final del texto, Joaquín Estefanía nos regala un retrato donde van de la mano los diferentes ciclos revolucionarios: “Acompañados en muchos casos por sus padres o sus hermanos mayores antiglobalización y sus abuelos sesenteros, reventaron las calles y plazas de muchísimos lugares del mundo exigiendo un futuro que les estaba vedado.” (244)

Revoluciones es un libro que sacude la conciencia, invita a la rebeldía y acerca a la utopía. 1968 no ha terminado. Cuando llegue la siguiente revolución, sea mañana o en veinte años, abracemos nuestra juventud y hagamos historia.

 

Joven francesa increpa a policías en París en 1968. «Paris 1968, Claude Raimond-Dityvon (1968) Stedelijik Museum Amsterdam» by Prelèvman (écouvillon en créole) is licensed under CC BY-NC-SA 2.0

 

[1] La autora es egresada de la licenciatura en Ciencia Política y Administración Pública de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Contacto: [email protected]

[2] Fernando Escalante. “El Estado en los tiempos del neoliberalismo”. Nexos, 2018. Disponible en:

https://www.nexos.com.mx/?p=36342

[3] Este proceso que se plantea integrar progresivamente las economías, con base en crear relaciones entre gobiernos, organizaciones, empresas y/o sociedad civil. Busca principalmente la reducción de costos de transacción, la apertura de las fronteras para el flujo de capitales, servicios, conocimiento, bienes y, en menor grado, de personas. Véase: Stiglitz, Joseph. El malestar en la globalización.

[4] OIT. Comisión Mundial sobre la Dimensión social de la Globalización, “Texto completo”, Disponible en https://www.ilo.org/public/spanish/wcsdg/globali/globali.htm

[5] Denominado de esta manera porque era sostenido por el sector empresarial estatal o público.

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