Impostura

Por Adolfo García Ortega

  • Este cuento fue publicado por primera vez en la antología Una navidad de 10 (2018) como parte del proyecto Contamos la Navidad, iniciativa cultural y de fomento a la lectura sin ánimo de lucro que lleva trece ediciones convirtiendo la literatura en algo imprescindible en esta temporada de fiestas. Este proyecto —considerado por especialistas como el mayor proyecto de literatura navideña de España— es posible gracias a la colaboración altruista de escritores e ilustradores (cerca de 500 a lo largo de los años), así como a los patrocinadores que cada año sufragan la edición de miles de ejemplares que se convierten en un regalo perfecto para esta ocasión[1].

Madrid. Son las cuatro de la madrugada. Un joven regresa a su casa vestido de Papá Noel. Viene, en realidad, de trabajar. Nadie en el edificio donde vive lo sabe, o eso cree él, pero actúa de stripper en un club nocturno gay de Chueca, el “Black & White”. En las fechas navideñas hace su número disfrazado de Papá Noel. Ha terminado su actuación un poco antes, a las tres y media; esa noche se ha sacado una cantidad extra de dinero, en Navidad los clientes del club son más generosos. Cuando acabó sus dos sesiones, estaba demasiado cansado para cambiarse de ropa, así que decidió regresar a casa embutido en su disfraz, total, a nadie le extrañaría ver a un Papá Noel por las calles en esas fechas. Llega a su casa de la calle Princesa sin cruzarse apenas con gente, y aquellos con los que se ha cruzado iban tan bebidos que no han reparado en él. Entra en el portal. Llama al ascensor. Una vez dentro, pulsa el botón y al llegar al tercero y abrir la puerta, se encuentra con el niño en el rellano. El niño, su vecino.

Con la cabeza sobresaliendo del quicio de la puerta del B, el niño lo mira con los ojos muy abiertos, pero sin ningún gesto de extrañeza o de sorpresa. No lo reconoce detrás de esa densa barba blanca, de ese traje rojo con ribete algodonoso y de ese gorro frigio de cuya punta cae un pompón del tamaño de una bola de billar. Lleva, además, una falsa barriga de gomaespuma que le cubre la cintura y lo engorda enormemente. Su voz, cuando tiene que hablar, sale grave y fingida, pero el niño no se percata de ello.

Parece que el crío esté esperándolo allí desde hace un buen rato. Durante unos segundos, el vecino stripper se queda paralizado en medio del rellano, sin dirigirse a ningún sitio ni mirar hacia la letra E de su piso para no delatar su destino. El niño es el primero en hablar.

–¿Dónde está el saco?

Pregunta lógica, inocente. El vecino tarda en reaccionar. Papá Noel siempre lleva un saco enorme lleno de regalos, pero el vecino va sin él. Mira a un lado y a otro. Después de averiguar que no hay nadie más en las escaleras del bloque y que no se oyen ruidos al otro lado de las seis puertas del rellano, el stripper dice con voz anómala, de gigante:

–Abajo. Está abajo. Eso es.

–¿En el trineo? –pregunta el niño.

–Sí, en el trineo –dice parcamente el vecino.

–¿Y por qué has subido, entonces?

–Para ver el terreno –improvisa el vecino– y comprobar que todo el mundo está dormido.

–Yo no estoy dormido.

–Ya lo veo. ¿Y por qué no estás dormido, con lo tarde que es?

–Estoy esperando.

–¿Estás esperando a los Reyes Magos? –Sí, y también a mi mamá.

Entonces el vecino se acerca hasta donde está el niño para no tener que hablar demasiado alto, ya que forzar la voz podría despertar a otros vecinos y tal vez abriesen por curiosidad, lo cual tampoco sería una tragedia, piensa el stripper, pero no le apetece que el niño se decepcione al ver que Papá Noel es, en realidad, el individuo que vive en la puerta E. Una vez cerca del niño, comprueba que este viste un esquijama azul de lunares rojos y va descalzo.

–Cogerás frío así. Deberías irte a la cama. El niño responde:

–No hasta que vea llegar a los Reyes y a mi madre.

Por un segundo, el vecino tiene un presentimiento que lo sobresalta:

–¿No estarás solo en casa, verdad?

–No, están mis abuelos, pero se han dormido ya. –¿Y tu madre dónde está?

–Trabajando. Trabaja de noche. Limpia una oficina. –¿También hoy?

–También hoy.

En ese momento, inclinado hacia el niño, el stripper se cree verdaderamente esa identidad fingida cuyo traje le ampara y, sin reflexionar lo que va a decir, se oye diciendo lo que jamás habría sido capaz de imaginar que diría:

–¿Sabes quién soy yo, no?

–Sí.

–Entonces te diré algo que no te va a gustar.

El niño, sin moverse ni pestañear, sigue mirándolo sin manifestar ninguna alteración. El vecino continúa:

–No vendrán. Los Reyes Magos no van a venir. Ni esta noche ni nunca.

Hay en el niño un amago de decepción, de incredulidad y de lástima, porque estaba seguro de que, como otros años, también este los Reyes Magos harían su aparición cuando él no se diera cuenta y le dejarían los regalos que esperaba. Es ese Papá Noel que tiene delante de sus narices el que está equivocado. Él no. Aun así, se aventura a preguntar:

–¿Cómo lo sabes?

–Pues lo sé porque no existen.

El niño hace una pequeña oscilación sin bajar el brazo con el que sigue sujetando el picaporte de la entrada que lo une al mundo en el que se sabe seguro.

–Sí existen –dice enfadado con un ligero tono de protesta.

–No, no existen. A ver, ¿tú los has visto?

El niño se calla, no tiene más que una respuesta, si quiere decir la verdad, y esa respuesta es que jamás los ha visto. Insiste en su enfado.

–Son invisibles.

–Bueno, eso es como decir que no existen.

–No. Sí existen, pero invisibles.

–¿Entonces por qué los esperas despierto?

–Para verlos.

–¿No dices que son invisibles? Si lo son, como tú dices, no creo que los veas, la verdad.

El niño vuelve al silencio, derrotado, antes de añadir como última esperanza:

–Pero me traen los regalos.

–Ah, claro, eso sí –se apresura a decir el vecino, como si tal cosa, y se reafirma en su convencimiento–, lo de los regalos seguro que sí, eso no falla nunca. ¡Si lo sabré yo!

Pero no dice nada más. Los dos están en silencio un buen rato, mirando cada uno para otro lado y esperando el minuto siguiente en que uno de los dos salga de esa duda abierta que parece una herida. Es el niño quien no puede más:

–¿Tú por qué lo sabes?

–Porque los traigo yo. Soy yo el que sabe lo que los niños quieren cada año, soy yo el que rebusca por ahí hasta encontrar todos los regalos y soy yo el que cada año viene a traerlos. Los Reyes Magos no. Esos son un invento de los padres. El que existe de verdad soy yo. ¿No me estás viendo?

Tócame, si quieres, toca, anda, toca y verás.

El niño por primera vez retrocede ante el brazo adelantado que aproxima el vecino, pero poco después el chico alarga la mano y toca la franela roja de ese traje de mentira. El vecino remata:

–El que existe soy yo. ¿Me estás viendo, no? ¿Y me has tocado, no? Pues eso se llama existir.

El niño no tiene más palabras ya, está desconcertado por la evidencia y contrariado por el cuestionamiento de sus tímidas y primerizas creencias. Pero no puede dejar de asumir el hecho de que siempre ha habido regalos y esa noche seguramente volverán a aparecer por la mañana, cuando se despierte, como siempre. Que los traigan los Reyes Magos, a quienes jamás ha visto ni oído, o los traiga el Papá Noel que tiene delante de sus narices, es decir, el único y verdadero Papá Noel, no es ya relevante para él. Con uno o con otros, da igual, el resultado será el mismo. Quizá por eso vuelve a la pregunta inicial:

–¿Dónde está el saco con los regalos?

–Ya te dije que abajo.

–¿Lo subirás luego?

–Por supuesto, cuando entres en tu casa.

–¿Y dejarás los regalos en todos los pisos?

–Bueno, eso depende, en unos sí y en otros no. Todavía no sé si en tu piso dejaré regalos. –¿Por qué no lo sabes?

El vecino stripper empieza a exhibir en sus propias respuestas una vena retorcida algo malévola que le causa cierto desagrado. Es un niño, piensa, mejor dar marcha atrás.

–Bueno, no lo sé porque aún no he visto la lista. Luego, cuando cierres la puerta, te metas en la cama y te duermas, miraré la lista. Creo que tu nombre está, pero luego lo confirmaré, por si acaso hay algún error. Veo que vives en la letra B, ¿no? Y este es el tercer piso, ¿no?, porque este es el tercer piso, ¿no?

–Sí, sí, sí –repone el niño sin dejar de afirmar con la cabeza a cada pregunta.

–Muy bien, pues eso haré, bajaré, cogeré el saco, miraré la lista y cuando te duermas te dejaré los regalos donde siempre. El niño, convencido, va ya a cerrar la puerta cuando le

vence la curiosidad:

–¿Todos?

–¿Todos qué?

–Que si me dejarás todos los regalos.

–Bueno, no sé, supongo que los que te hayas merecido, eso yo no lo sé todavía, tengo que mirar la lista. Todo está apuntado en la lista.

–¿No te confundirás?

El vecino suelta una carcajada:

–¡Ja! ¿Tú qué te crees? ¿Algún año me he confundido?

El niño no responde porque se siente un poco avergonzado por la pregunta. Hasta entonces, para él, la responsabilidad había sido de los Reyes Magos. Nunca creyó que no fueran ellos.

–¡Claro que no me confundiré! Anda, vete a la cama y cierra los ojos. Pero antes, espera, ven, toca otra vez aquí, toca. ¿Soy de verdad o de mentira?

–De verdad –dice el niño después de posar de nuevo la palma de su mano en el traje rojo.

–¿Y los Reyes Magos qué son, de verdad o de mentira?

–De mentira –repite el niño.

–Dilo otra vez: ¿qué son?

–¡De mentira! –exclama el niño.

En ese momento una voz llega desde el fondo de su piso. Se oye que lo llaman con un nombre que el stripper no logra entender.

El niño cierra la puerta. Pero enseguida vuelve a abrirla.

–Gracias por los regalos.

–Ya, ya, pero aún no te los he dado, espera a que lea la lista. Nunca se sabe.

El niño no comprende del todo lo que le dice el vecino y vuelve a cerrar la puerta. El vecino saca las llaves de su piso y entra en su casa. Cuando cierra, oye un sonido que reconoce, el ascensor se ha puesto en marcha. Echa un vistazo por la mirilla al oír que el motor se detiene en la tercera planta, la suya. Del ascensor sale la vecina del B, sin duda la madre del niño, cargada con una bolsa de cuyo interior sobresalen varios paquetes envueltos con lazos y papeles de colores.

–Vaya, pues sí estás en la lista, chaval –dice el stripper con el ojo pegado a la mirilla y abriendo una amplia sonrisa antes de empezar a quitarse aquel disfraz.

Pixabay

[1] Para más información sobre el proyecto: https://contamoslanavidad.wordpress.com/

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