La infancia como desfiladero al matadero

María Agostina Saracino (Universidad de Buenos Aires-Universidad Nacional de San Martín)

  • Reseña de Aurora Freijo Corbeira, La ternera, Anagrama, Barcelona, 2021

Pocos hechos más perturbadores para la sensibilidad occidental contemporánea que el abuso sexual infantil. Prueba de ello es que hasta hace relativamente poco era raro encontrarlo representado de maneras más o menos explícitas en la literatura y las artes en general. Mejor dicho, era infrecuente hallar representaciones que dieran cuenta de este tipo de delitos desde el punto de vista de los y las sobrevivientes, en lugar de las estetizaciones del abuso desde la heteronorma, que oscilan entre la culpabilización implícita de las víctimas a través de la adultización de la sexualidad infantil y la patologización sin más del perpetuador en tanto aberración social, cuando no biológica, que, como tal, no precisa mayor explicación.

Tal vez por eso La ternera, de Aurora Freijo Corbeiro, resulta tan movilizante como necesaria (1). Esta novela corta cuenta la historia de una niña de cinco años que sufre abusos sexuales por parte de un vecino que trabaja en un matadero y con el que sus padres la dejan por las tardes a merendar. Se trata de una ficción narrada desde la voz de la niña, cuya vida es permeada enteramente por los efectos de los abusos recurrentes. La sensación de invasión total y desordenada de la vida por semejante experiencia se ve potenciada por una narrativa fragmentaria, organizada en capítulos cortos cuyo eje oscila entre la descripción de distintas escenas de la vida cotidiana de la protagonista y la de sus sensaciones frente a un mundo que se le vuelve progresivamente ajeno y carente de sentido.

La cosificación que implica el abuso, que la niña equipara a su conversión en “carne de primera” por parte de su vecino carnicero, instala en la protagonista un sentido de fundamental separación respecto a su entorno inmediato. La inocencia perdida, que se esconde en sus ojos profundos “como el mar”, deriva en la reclusión en el silencio. Un silencio a la vez inevitable, porque la protagonista reconoce que su lenguaje está “falto de conceptos” para “nombrarlo todo”; artificial, ya que se asocia al secreto impuesto por el victimario, y, paradójicamente, defensivo, porque la niña lo entiende como un signo de “dignidad” ante el destino que le toca atravesar.

Sin embargo, el abuso como extrañamiento del propio ser y desarraigo del entorno no es meramente una experiencia “privada”, y ahí están los interrogantes que plantea la protagonista, esa niña sin nombre, acerca de la responsabilidad de su entorno. Si el abuso tiene lugar en el encierro de un baño, condiciones de posibilidad de este son todos lo que miran pero “eligen no ver”. La madre poetisa que “posee todas las palabras” pero está demasiado ocupada en su relación extramatrimonial con su médico como para notar a una niña de cinco años que “vuelve a la casa con la falda del revés”. Un padre amoroso, que se desvive arropándola para protegerla del frio pero es incapaz de leer en la repulsión de su hija por la carne o en su renuencia a ir a lo del vecino signos de que algo no marcha bien. En fin, la madre del victimario, arquetipo de la ama de casa que elige no percatarse de que su hijo se encierra en el baño con la menor.

Rodeada por adultos responsables por acción u omisión de una situación traumática que la transforma para siempre, la niña no logra racionalizar lo que le sucede y se abandona al inmovilismo y la reclusión en sí misma como forma de supervivencia. Cosificación, extrañamiento, desarraigo, secretismo e inmovilismo son así los conceptos que definen en esta novela la experiencia del abuso infantil desde el punto de vista de la víctima. Pero no menos relevante es la insistencia de la niña en la carencia de palabras para contar lo que le pasa. En efecto, si el desarrollo del lenguaje es parte constitutiva del devenir sujeto y, a la vez, fenómeno profundamente social, intersubjetivo, el desinterés de los adultos le niega a la protagonista esa instancia de reconocimiento en las palabras del otro que le permitiría enunciar lo que le acontece y, así, vislumbrar una alternativa a la continuidad del calvario que no sea la muerte.

Contemplar la posibilidad de lo siniestro, ese fenómeno en el que lo familiar se nos vuelve amenazante, es indispensable para prevenir, detectar y enfrentar las situaciones de abuso infantil. En este sentido, la novela de Aurora Freijo Corbeira constituye una conmovedora interpelación al mundo adulto sobre la necesidad de reconocer la realidad de estos delitos y habilitar su puesta en palabras, condición sine qua non para que las victimas puedan solicitar ayuda y, eventualmente, elaborar el trauma.

 

«The lost shoe» by Jetuma is licensed under CC BY-NC-ND 2.0

 

(1) Aurora Freijo Corbeira también es autora de Tanta luz. Pasolini (Ápeiron Ediciones, 2015) y Perdidos para la literatura (Plaza y Valdés Editores, 2011).

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