¿Por qué el gobierno de Claudia Sheinbaum guarda silencio ante el genocidio en Gaza?

Por Camilo Ruíz

Despertamos un día y el mundo había reconocido que Israel está cometiendo un genocidio. Luego de casi dos años en los que Israel bombardeó la franja de Gaza con impunidad, dos años en los que las manifestaciones contra el genocidio fueron silenciadas y reprimidas a lo largo y ancho de Europa y Estados Unidos, las cosas cambiaron de la noche a la mañana. Las imágenes de niños en los huesos, los videos de rescatistas y periodistas asesinados por los misiles israelíes, y la invasión en toda regla de la franja de Gaza empujaron a los gobiernos europeos a elevar la voz contra Israel. Incluso Alemania, que había sido el aliado más íntimo de Netanyahu, ha denunciado el aniquilamiento de la población palestina. Los países árabes, desde Egipto hasta Arabia Saudita, cuya reacción durante estos casi dos años había sido tímida y sumisa, también han protestado ante la intensificación de la ofensiva sionista. La prensa estadounidense, que mantuvo una línea editorial consistentemente sionista, ha cambiado de rumbo y en las páginas de los grandes diarios se comenta y se critica el genocidio. ¿Dónde queda el México de Claudia Sheinbaum en este nuevo paisaje político?

El gobierno mexicano guarda un silencio ominoso y cómplice ante la destrucción de Gaza. Lo ha hecho desde octubre del 2023, pero es acaso más lamentable que lo haga ahora, en el otoño del 2025, cuando buena parte del mundo reprueba las acciones de las fuerzas militares israelíes. Cabe preguntarse por qué un gobierno que se autodenomina de izquierda ha sido incapaz incluso de girar cosméticamente hacia una posición crítica. Sus pares colombiano, chileno y brasileño estuvieron a la cabeza de la denuncia internacional a Israel desde finales del 2023, pero el México de la Cuarta Transformación se mantuvo en silencio.[1] Si hace dos años no tuvimos -y era ingenuo esperarlo- liderazgo mexicano ante el conflicto en Medio Oriente, sorprende que ahora México ni siquiera le siga el paso al mundo. En este momento en que buena parte de Europa ha reconocido o amenazado con reconocer un estado palestino, el silencio sepulcral del gobierno mexicano coloca a nuestro país cerca del extremo más sionista del mundo, a tiro de piedra de Estados Unidos y Argentina.

El presidente Miguel de la Madrid con sus colegas de Panamá, Colombia y Venezuela, en reunión del Grupo Contadora, en Cancún. (mmh.org.mx)

¿Cómo explicarnos esta política exterior? No hay que sentir nostalgia por el PRI para recordar que durante buena parte del siglo XX México mantuvo una política exterior progresista y a veces audaz. Los ejemplos abarcan desde nuestra órbita cercana, como con los acuerdos de Contadora para terminar los conflictos centroamericanos, hasta el otro lado del mundo, con el apoyo mexicano al ingreso de China a la ONU.

Los gobiernos del Revolucionario Institucional adoptaron estas políticas, en parte, porque era un modo barato de cumplir con su discurso progresista y granjearse legitimidad. Era más fácil colgarse los pendones de la igualdad y la soberanía mandando al canciller dar un discurso grandilocuente en la reunión de los no alineados que hacer una reforma fiscal. Pero incluso si uno decide atribuirle a cierto cinismo la política exterior progresista de los gobiernos del PRI, hay que admitir que requería esfuerzo y visión: implicaba mantener una cancillería activa, tejer vínculos con líderes mal vistos por las grandes potencias, estar dispuesto a sostener roces con Estados Unidos, y necesitaba un pensamiento estratégico entre los cuadros del gobierno.

No hay duda de que el México líder de los países débiles ya no existe. Pero como sugerí antes, el México de ahora ni siquiera pudo ser furgón de cola del horror mundial hacia el genocidio contra Palestina. El 18 de julio, ante una pregunta necesaria e impertinente de una periodista en la mañanera acerca de qué pensaba del conflicto, Claudia Sheinbaum apenas alcanzó a responder, claramente molesta, que estaba a favor de la paz. Los videos del Canciller de la Fuente ante periodistas amigos que le preguntan sobre Israel son vergonzosos. Los comunicados de la Cancillería ante la captura de connacionales en la flotilla Sumud parecen escritos por un imitador de Cantinflas entrenado en redactar amparos.

Firma del tratado de Tlatelolco. Vía Gobierno de México.

¿Cómo explicarnos el silencio? La respuesta más socorrida es que México no puede criticar a Israel porque la relación con Estados Unidos se ha vuelto extremadamente sensible. De acuerdo con esta explicación, puesto que Trump apoya a pies juntillas a Netanyahu, y Trump está dispuesto a utilizar los aranceles contra los países que adoptan políticas contrarias a las suyas, México tomaría un riesgo extremadamente alto al meterse en el conflicto del Medio Oriente. No podemos hacer lo que hace Petro. Como nuestra economía depende enteramente de la estadounidense, involucrarnos en la guerra en Gaza podría dañar nuestras exportaciones y empleos.

Aceptar esta hipótesis implica creer que si la relación bilateral con Estados Unidos no estuviera determinada por la amenaza trumpiana y la vulnerabilidad mexicana, nos podríamos permitir una política más progresista hacia Palestina. Pero esto es falso. Después de todo, el conflicto lleva dos años, y Trump tiene apenas diez meses en la Casa Blanca. Cuando Joe Biden era Presidente, ni López Obrador ni Claudia Sheinbaum dieron la menor señal de enarbolar una política distinta. Biden era tan pro-sionista como Trump, pero no hubiera castigado con aranceles a México por expresar solidaridad con Palestina. La llegada del republicano le ha dado una gran excusa al gobierno de Morena. Pero es eso: una excusa. La política mexicana ha quedado fijada en piedra desde por lo menos noviembre del 23, cuando López Obrador dijo que “no tomamos partido ni por Israel ni por los palestinos”. La política del silencio precede al giro en la relación bilateral impuesto por Trump.

Detrás del silencio mexicano no hay un cálculo estratégico -oportunista o no-. Sostengo que hay algo de otro orden: a los dirigentes del Estado mexicano no les interesa lo que sucede en Palestina. No piensan en eso. Gaza no existe, Irán es un verbo, Israel un nombre propio. Sus mentes están saturadas de la grilla local: cómo van a proteger a Adán Augusto, cómo parar la caída de Andy, de si van a desaforar a Alito. Cuando piensan fuera de sus fronteras, piensan invariablemente en la relación con Estados Unidos: qué va a cantar El Mayo, de a cómo van a estar los aranceles al jitomate. Para la clase política mexicana ese es el pan de cada día, y después del pan no hay nada. Juan Ramón de la Fuente -quien sí tiene vínculos con el sionismo- ha dirigido una de las Cancillerías más grises y lamentables de que se tengan memoria: cuando el mundo entero dejó a Netanyahu hablando solo en las Naciones Unidos, la representación mexicana se quedó sentada en su lugar.

La mejor prueba de este desinterés es que dentro de Morena no haya surgido ningún emprendedor político dispuesto a capitalizar el tema y granjearse visibilidad. Hay tres excepciones parciales a lo anterior: Arlín Medrano, una joven militante de Morena quien se unió a la flotilla Sumud; la diputada chihuahuense Lilia Aguilar, quien ha criticado a Israel en el Congreso, y Paco Taibo II, quien lo ha hecho en entrevistas. Pero se trata de figuras de tercera o cuarta línea del partido en el poder. Peor: la Presidenta de Morena guardó silencio mientras Medrano estuvo detenida en Israel. Ningún líder de peso del lopezobradorismo se ha permitido desentonar para expresar la más mínima condena al genocidio. ¿Quién lo haría? ¿Ricardo Monreal, Rocío Nahle, Sergio Gutiérrez Luna? Candidatearlos tiene algo de cómico. La frase de ese excanciller argentino es incluso más cierta para México: con Estados Unidos tenemos relaciones carnales y abyectas, el resto del mundo no existe.

Una política firme del gobierno mexicano hubiera tenido un peso diplomático y político considerable. El que una mandataria de origen judío lo hubiera hecho portaría un simbolismo muy poderoso. Es mejor hacerlo tarde que no hacerlo nunca, pero la indolencia del gobierno mexicano ya nos pone bajo la sombra de la frase del escritor Omar el Akkad: un día, todo mundo se habrá opuesto a esto. Cuando la denuncia del genocidio esté desinfectada de todo riesgo político, Claudia Sheinbaum tal vez se anime a enarbolarla.

Una mujer sentada en el suelo con las piernas cruzadas, con la cabeza cubierta sobre su regazo; representa el Silencio. Wellcome Collection.

[1] Véase el excelente recuento de Marta Tawil “Apuntes sobre el posicionamiento de México ante la guerra en Gaza”, en Foro Internacional 256, 2024.

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