La aspiración central de todo gobierno consiste en establecer un orden social que haga posible la convivencia y la reproducción cotidiana de la vida colectiva. Gobernar, entonces, implica producir un entramado de normas, instituciones y prácticas mediante las cuales las acciones sociales encuentren un lugar definido y una forma reconocible de cumplimiento.
El orden no se limita a promover aquello que una sociedad considera valioso o deseable; también implica gestionar, contener o encauzar prácticas, sujetos y colectivos que, aun siendo percibidos como problemáticos, forman parte estructural de la vida social. La prostitución, el consumo y tráfico de sustancias psicoactivas, la informalidad económica o ciertas expresiones de violencia no desaparecen por decreto: existen, persisten y obligan al poder público a decidir cómo nombrarlas, regularlas o tolerarlas.
De lo anterior, me parece importante preguntar cuál es el lugar de la locura en nuestras sociedades y cómo el gobierno intenta darle un lugar. Entiendo la locura de manera amplia y deliberadamente imprecisa, como aquellos malestares mentales que alteran el juicio, trastocan la conducta y ponen en riesgo, en distintos grados, tanto a quien los padece como a quienes le rodean. La ambigüedad en la definición es intencional, porque la noción de locura ha operado históricamente más como una categoría social que como un diagnóstico preciso. Bajo esta denominación se ha incluido a sujetos muy diversos: adictos, melancólicos, depresivos, suicidas, pordioseros, criminales, entusiastas desbordados, rebeldes, genios incomprendidos e incluso valientes que desafían el orden establecido.
La heterogeneidad de este conjunto revela que la locura no designa un fenómeno homogéneo, sino una frontera. Marca el límite de aquello que una sociedad considera razonable, previsible o aceptable. Nombrar a alguien como loco implica señalar que su forma de estar en el mundo no encaja del todo en el orden deseable y que, por ello, requiere un tratamiento diferenciado. Así, «el loco» pone en cuestión la racionalidad sobre la que se sostiene la vida colectiva. De ahí que históricamente se le haya asignado un lugar aparte: el asilo, el hospital psiquiátrico, la cárcel o, en versiones más contemporáneas, dispositivos de atención especializada que combinan cuidado, control y exclusión parcial.

En Breve historia de la locura y la psiquiatría en México, Andrés Ríos Molina propone entender la locura como una categoría histórica y socialmente construida. A lo largo del tiempo, esta noción ha servido para clasificar a sujetos que presentan algún tipo de malestar mental y que, por su conducta, discurso o forma de habitar el espacio público, son percibidos como extraños al orden social dominante. La consecuencia última de esta clasificación ha sido, como muestra en el primer capítulo de la obra, el encierro: una solución que combina la promesa de cuidado con la necesidad de aislar aquello que incomoda, perturba o amenaza la normalidad social.
Desde esta perspectiva, sugiere Ríos, la historia de la locura en México puede leerse como una tensión persistente entre dos grandes orientaciones: el encierro y la integración. Esta tensión no es exclusiva del contexto nacional, pero adquiere en él rasgos particulares, ligados a procesos de modernización incompletos, desigualdades estructurales y formas específicas de relación entre el Estado, la ciencia médica y la sociedad.
El encierro encontró su expresión más emblemática en instituciones como el Manicomio General La Castañeda. Inaugurado en 1910, este espacio simbolizó la aspiración de ordenar la locura mediante la reclusión y la observación clínica. Bajo el ideal positivista de la época, el manicomio se presentó como un dispositivo de tratamiento y protección social; sin embargo, en la práctica, funcionó también como un lugar de confinamiento prolongado, donde se mezclaban diagnósticos imprecisos y abandono familiar.

Frente a este modelo, comenzaron a surgir, de manera gradual, propuestas orientadas a la integración. El llamado modelo Hidalgo, impulsado en el siglo XXI, buscó sustituir la lógica manicomial por una atención más descentralizada, privilegiando la reinserción social y el tratamiento ambulatorio. Esta orientación encontró un nuevo impulso con la reforma a la Ley General de Salud de 2022, que formalizó un enfoque comunitario en salud mental. Dicho modelo parte del reconocimiento de que el encierro no sólo no resuelve el malestar, sino que puede profundizarlo, y apuesta por redes de apoyo, atención primaria y corresponsabilidad comunitaria.
Por otra parte, continúa Ríos, la historia de la locura también puede analizarse a partir de la manera en que cada época ha trazado los márgenes de lo considerado “demente”. Estos márgenes se construyen mediante lenguajes, saberes médicos, normas jurídicas y sensibilidades sociales que definen qué conductas resultan tolerables y cuáles deben ser corregidas, aisladas o tratadas. En este sentido, Andrés Ríos Molina subraya que la locura no sólo se manifiesta en instituciones como el manicomio, sino en los procesos simbólicos que delimitan quién queda dentro y quién fuera de la normalidad.
Uno de los cambios más significativos en el presente es el desplazamiento semántico que acompaña al término salud mental. A diferencia de nociones históricas como “locura” o “demencia”, cargadas de estigmas morales y sociales, el lenguaje contemporáneo tiende a emplear categorías menos excluyentes. Trastornos como la ansiedad, la depresión o el trastorno por déficit de atención e hiperactividad ya no implican, necesariamente, una ruptura radical con la vida social ni una condena automática al encierro. Su reconocimiento se inscribe, en muchos casos, en un marco de atención clínica, acompañamiento psicosocial y derechos, más que en uno de segregación.
Ríos muestra que esta transformación es el resultado de un largo proceso histórico. Durante décadas, e incluso siglos, comportamientos hoy considerados comunes o tratables fueron interpretados como signos de degeneración, debilidad moral o peligro social. Con el tiempo, estas fronteras comenzaron a desplazarse. El desarrollo de la psiquiatría, la psicología y, más recientemente, de los enfoques comunitarios y de derechos humanos, redujo el alcance de la etiqueta de locura y abrió la posibilidad de la integración. Sin embargo, Ríos advierte que este cambio no elimina del todo el riesgo de exclusión: transforma sus formas. La historia de la locura, así entendida, es también la historia de cómo una sociedad redefine continuamente los límites de la normalidad y decide, en cada momento, entre el encierro y la integración.
Finalmente, el libro se detiene en la intención histórica de prevenir los problemas de salud mental, es decir, en la búsqueda de condiciones de vida que permitan reducir la aparición de ciertos malestares antes de que estos se conviertan en un motivo de exclusión o encierro. A lo largo del texto, Andrés Ríos Molina muestra cómo, en distintos momentos, la higiene, la moral, la educación y el orden social fueron concebidos como estrategias preventivas orientadas a producir sujetos equilibrados y funcionales. La prevención aparece así como un ideal persistente, estrechamente ligado a los proyectos de modernización del Estado y a sus concepciones sobre la vida buena.
Sin embargo, es en este punto donde el libro deja uno de sus vacíos más visibles. A diferencia de capítulos anteriores, en los que el autor logra articular con claridad los procesos históricos con problemáticas contemporáneas, el análisis de la prevención no se vincula de manera directa con el presente. Queda fuera una de las características centrales de nuestro tiempo: la creciente responsabilización del individuo respecto de su propia cordura. Hoy, el cuidado de la salud mental se formula, en gran medida, como una tarea personal, gestionada a través de prácticas como el coaching, las constelaciones familiares o la cultura del wellness, que ocupan un lugar central en el imaginario contemporáneo y, sin embargo, no aparecen en la narración.
No obstante esta ausencia, Breve historia de la locura y la psiquiatría en México constituye un aporte importante para comprender aspectos centrales de la vida social del país. El libro permite observar cómo una sociedad pretende mantenerse cohesionada aun cuando convive con múltiples malestares mentales, y cómo, históricamente, ha buscado formas —imperfectas, cambiantes— de “cuidar” el orden, a veces a costa de exiliar la diferencia.

Nota del autor: Este texto se publicó en conmemoración del Día Mundial de la Salud Mental.






