Para acabar con la Edad Media

Ricardo Arredondo Yucupicio

En su momento, Para acabar con la Edad Media (Medievalia, 2010) de Régine Pernoud (1909-1998) fue una obra que buscaba, como muchas desde entonces, y en muy distintos tópicos, eliminar los prejuicios y estigmas que caracterizaron, durante siglos, a un período histórico. Mil años corren desde el siglo V al XV, que son conocidos como Edad Media. Un ‘período de transición’ de 10 siglos, entre la Antigüedad Clásica y el Renacimiento. ¿Es que nada digno de destacar ocurrió durante 10 siglos? 

Parece que el tiempo se nos va de las manos cuando hablamos de siglos o milenios. Para dar una idea: desde la independencia de México a la actualidad apenas han pasado poco más de 200 años, lo mismo que de las guerras napoleónicas. 500 años han pasado desde la Conquista de México; 1000 años hace del conocido siglo de las cruzadas. ¿Cuántas historias se pueden contar desde el período de las guerras religiosas hasta nuestros días? ¿Por qué habrían de ser menos las que se podrían contar del siglo V, tiempos en los que vivían personajes como San Agustín, San Patricio y Constantino, al XV, que vio a Juana de Arco, Cristóbal Colón y Vlad Drácula? 

La Edad Media, desde la segunda mitad del siglo pasado, ha avivado un nuevo e importante interés. Tal es el caso de Francia, país que cuenta con una considerable cantidad de vestigios medievales, como da cuenta la autora: “a pesar de vandalismo más graves y más metódicos que en cualquier otra parte, [en Francia] los vestigios de la época medieval son más numerosos que los de todas las demás épocas reunidas”. Esto ha creado alrededor de sí un importante negocio turístico, en el que Francia ocupa, invariablemente, los primeros lugares. Si en el siglo XIX Víctor Hugo tenía que escribir una obra maestra, Nuestra señora de París, para salvar la catedral de Notre-Dame de su destrucción, en la actualidad este escenario es distinto pues, apenas doce horas después del lamentable incendio que sufrió el edificio en abril de 2019, ya se habían recaudado más de 900 millones de euros en todo el mundo destinados a su reconstrucción

Derrumbamiento de catedral

Torpes e inhábiles

La Edad Media comenzó a ser vista como un período de oscuridad e ignorancia ya desde el siglo XVI, en el contexto del Renacimiento. Un lapso (¡de mil años!) en el que el mundo, al parecer de muchos, había vivido carente de luz, de conocimiento. El renacer del mundo clásico significó el fin de la Edad Media: “las Artes y las Letras, que parecían haber perecido en el mismo naufragio que la sociedad romana, parecieron florecer de nuevo y, después de diez siglos de tinieblas, brillar con un nuevo esplendor”.

Lo que ‘renacía’ era el mundo antiguo, pero no cualquiera, sino el clásico de Pericles en Grecia y de Julio César y César Augusto en Roma. Es decir: una revitalización de la cultura grecorromana clásica, la Grecia del siglo V a. C., y la Roma de los siglos 1 a. C. y 1 d. C. Pero lo que caracteriza al Renacimiento no es una idealización y veneración de este mundo clásico, sino su imitación tal cual. Se dijo que las obras antiguas poseían la Belleza, y que, si se esperaba alcanzar esa Belleza, lo que tenía que hacerse era imitarla.

Pero la autora da en el clavo cuando dice que dicha imitación no habría sido posible de no haberse conservado gran parte de este conocimiento, que se dio durante el período medieval: “el Renacimiento no habría podido producirse si los textos antiguos no hubieran sido conservados en manuscritos copiados una y otra vez durante los siglos medievales”. Como ejemplos, menciona la biblioteca de Mont-Saint-Michel, donde se albergaban textos de Catón, Platón, Aristóteles, Cicerón, Virgilio y Horacio, entre otros. 

La influencia del Renacimiento en el mundo occidental llevaría bajo el brazo la creencia de que la Edad Media era sinónimo de barbarie e ignorancia. Al iniciar con la caída del Imperio Romano, pináculo de la civilización, a opinión de los intelectuales renacentistas y posteriores, esta sólo podía traer consigo un retroceso en la cultura de la humanidad, que había alcanzado altos cotos de desarrollo bajo la égida de los emperadores, especialmente de Augusto. A partir de entonces, la cultura clásica sería considerada, no solo como la más elevada, sino como la única capaz de llamarse cultura. En resumen: “toda belleza se resumía en el Partenón, en arquitectura, y en la Venus de Milo,en escultura”.

Esta fue la manera de pensar sobre la Edad Media y la cultura clásica a partir de entonces, y hasta hace muy poco. Lo que no se parecía, en las distintas formas de arte y cultura existentes, a lo clásico griego y romano, era rechazado. Lo que no seguía estos lineamientos eran llamado, despectivamente, gótico (que llegó a ser sinónimo de bárbaro). Esta estrechez de miras condenó al desprecio y a la invisibilidad numerosas producciones artísticas y culturales producidas durante ¡diez siglos!

Venus de Milo, de Alejandro de Antioquía

La autora lo deja claro: reconoce la belleza y la grandeza de la producción cultural y artística de la antigüedad clásica (sería un despropósito negar la perfección artística de Virgilio o Praxíteles). Su lucha es contra la idea de que aquello que se aleje de la estética clásica es un error. Y cita a André Malraux: “[durante la época en que prevalecía esta visión clásica] se prejuzgaba que el escultor gótico había deseado esculpir una estatua clásica y que, si no lo había conseguido, es que no había sabido hacerlo”. Los enfrentamientos entre la visión clásica y la ‘gótica’ llevó a la destrucción de una importante producción artística. 

El contrapunto de la imitación clásica, a opinión de la autora, es la creación gótica. Para los estudiosos, no era posible la creación artística sin la influencia (llevada por ellos a su extremo: la imitación). Es así como buscaron la influencia de la que bebía el arte gótico. En el siglo XVIII se daba por hecho que esta influencia había llegado del mundo árabe. El arte medieval, pues, tuvo más de invención que de influencia. Para muestra, el trovador (presente en las primeras imágenes que se vienen a la mente cuando se piensa en la Edad Media. “El nombre del poeta en los tiempos feudales era el trovero, el que encuentra, trovador –dicho de otro modo: el inventor”.

Esta capacidad inventora se va a ver reducida durante la época posterior al Renacimiento. Aquellos que se salían de los cánones clásicos eran, en el mejor de los casos, ignorados:

En la misma época, aquellos en quienes vivía un verdadero fervor artístico se veían rechazados por una sociedad que se había vuelto decididamente incapaz de discernir la calidad artística fuera de los conceptos académicos. De ahí el fenómeno que marca tan profundamente a la época y que hace de la historia del arte, a finales del siglo XIX y principios del XX, un verdadero martirologio: miseria, locura, suicidios; basta evocar los nombres de Soutine, Gauguin, Modigliani, Van Gogh, etc.

Cuando el arte abandona su exclusivismo académico, y rompe lanzas hacia su mercantilización y, convertido en un lucrativo negocio, estas nuevas formas de arte son revaloradas en su belleza y forma, además de su precio.

Toscos e ignorantes

Lo que afectaba a las artes plásticas, la imitación sobre la creación, también se repetía en la producción literaria. Ya en el siglo XVI, los estándares de calidad literaria se cernían a los cánones grecorromanos. Aunque, de nuevo, eran solo una parte del mundo antiguo: los siglos de Pericles y César Augusto: “el estudio de la lengua y de las letras en general se reducía pues, de hecho, a una determinada expresión escrita, la de los dos o tres siglos que, como en la escultura, se consideraban modelos”. Siguiendo estas pautas, la creación literaria se constreñía a dos géneros: la comedia y la tragedia, separadas una de la otra. 

San Isidoro de Sevilla, literato que vivió entre los siglos VI y VII. Autor de las Etimologías

El desdén por la producción del mundo de las letras durante la Edad Media se mantuvo durante los siglos posteriores al XVI. Se daba por hecho que, durante 10 siglos, la creación literaria fue prácticamente nula. ¿Pueden pasar mil años sin que se haya escrito algo digno de mención? “Mil años sin producción poética o literaria digna de este nombre, ¿acaso es esto concebible? ¿Mil años vividos por el hombre sin que haya expresado nada bello, profundo o grande sobre sí mismo?”. Esto va en contra de toda lógica humana. Y este pensamiento, según cuenta la autora, ha sido mantenido y propagado por sistemas educativos que profundizan estigmas añejos sobre un período de la historia tan amplio. En los programas escolares franceses, en el momento en que se escribe el libro (1975), se daba cabida a las obras producidas a partir el siglo XVI.

Entre las muchas obras que vieron la luz en los mil años en cuestión, que deben ser numerosas, aún sin la ayuda del buen Gutenberg, la autora destaca la aparición de la epopeya francesa, así como la invención de la novela y la lírica cortés, esta última una notable aportación a la poética, estando ligada a la producción artística en general. Además, sólo durante la Alta Edad Media ya se podía observar “la eclosión de una inspiración original y de sorprendentes capacidades de invención en autores como Virgilio el Gramático o Isidoro de Sevilla en el siglo VI, Aldhelmo en el VII, o Beda el Venerable en el VIII”.

Aun si la producción literaria hubiera sido nula durante este período, que ya ha quedado claro que es todo lo contrario, el hecho de que durante este lapso se haya difundido el libro en su forma moderna, sustituyendo al rollo antiguo, ya supone por sí mismo un avance gigantesco en la difusión de la literatura, más que muchos otros en la historia de la humanidad. Pero es que, junto con todos estos avances, durante estos mil años también se vio nacer al lenguaje musical, que se extenderá por todo Occidente. 

Solo bastar echar una mirada a la obra del ya mencionado Isidoro de Sevilla para lanzar por la borda la percepción, alimentada por la visión clásica, de que la creación literaria medieval era tosca y bárbara, por decir lo menos. Para la autora, “Isidoro de Sevilla, que ejerció una profunda influencia sobre el pensamiento medieval… contiene en germen la esencia de la cultura de los siglos románicos y góticos”. Y, si nos fijamos en las referencias citadas por este genio enciclopédico, veremos que tenía a su alcance una buena cantidad de autores antiguos, a los que no era ajeno en ningún sentido. ¿Hay que volver a fechar, entonces, el inicio del Renacimiento?

Será posterior al reinado de Carlomagno cuando veremos un cambio importante en las letras: el renacer de la vena céltica original, aumentada además con aportaciones de otros pueblos. Es en este preciso momento cuando la epopeya francesa hace su aparición (siglo XI), que comienza a ser difundida. La Chanson de Roland es un ejemplo. Vemos aquí, a diferencia de las obras clásicas, una capacidad creadora, pues, contrario a lo que se ha intentado hacer creer, las epopeyas no trataban de recrear hechos reales, sino que son invención pura, algo que era difícil de aceptar para los educados en la cultura clásica.

Por último, durante este período de mil años, vemos la presencia del teatro. Ligado íntimamente a la liturgia (normalmente recreando escenas bíblicas), el teatro se practicó desde muy temprano en la Edad Media. Popular, “el teatro está ligado pues, a una función sagrada, a una celebración mediante la cual se expresa la vida interior”. Sirvió, además, a fines educativos, siendo practicado asiduamente en escuelas y universidades.

Lo que vemos es que, de nuevo, durante el Renacimiento de la cultura antigua en el siglo XVI, existe un menosprecio por la producción artística medieval. Nos damos cuenta, después de nombrar solo unos pequeños ejemplos de creación artística de este período, que “es realmente la formación clásica, la óptica clásica, lo que, hasta una época muy reciente, nos impedía ver en las obras de la Alta Edad Media otra cosa que producciones «toscas y bárbaras»”.

Marasmo y barbarie

Pocos términos tan esquivos hay como el de feudalismo. Puede referirse a un sistema de propiedad, a un orden social, a un orden económico, a un método de control u opresión, a una cultura, o a todos estos juntos. La palabra ha sido utilizada normalmente con índole despectiva. La autora da cuenta de que, para los historiadores del siglo XIX, feudalismo era sinónimo de anarquía: “fue en este sentido como la Revolución de 1789 puso fin a lo que subsistía de la «anarquía feudal»”. Sin embargo, en su perspectiva, el régimen feudal era, antes que todo, empírico jerarquizado y, basta decirlo, todo menos que anárquico. 

El siglo V trajo consigo el derrumbe de lo que fue el Imperio romano, que había iniciado una expansión notable desde tiempos de Escipión Africano, y que alcanzó su máxima expansión con el emperador Trajano. La ausencia de un núcleo de poder como este obligó a las personas comunes a buscar en otro lugar la protección que necesitaban para sobrevivir. Siendo la tierra la fuente de riqueza más importante, era, además de sus vidas, lo que más buscaban proteger. Así, la semilla del feudalismo comienza cuando “un determinado pequeño labrador, impotente para procurarse solo su seguridad y la de su familia, se dirige a un vecino poderoso que tiene la posibilidad de mantener hombres armados”. Así pues, vemos cómo el poder imperial fue reemplazado por un orden feudal. 

Lo que sigue será una fragmentación del poder en células de diversos tamaños. También asistimos a un reemplazo paulatino de la ley, entendida como la emanada por un poder central y claramente definido, por el de la costumbre, que viene de los usos característicos de una región y que está en constante evolución. La ausencia de una ley definida podría llevarnos a creer que lo que reinaba era la anarquía. Caeríamos en un error, pues el poder que tenía la tradición y la costumbre en la cohesión de una comunidad hacía que aquél que se salía de los comportamientos aceptados fuera expulsado tanto moral como físicamente. El nuevo sistema de lealtades y relaciones trajo consigo un panorama de alianzas que se hacían y deshacían continuamente, lo que, continuamente, llevaba al conflicto bélico. Sin embargo, este es un estilo de guerra muy distinto del que se verá antes, como las guerras de expansión imperial romana, o después, con los enfrentamientos entre estados-nación modernos. Las guerras feudales “tienen su origen en este tejido extremadamente complejo de compromisos personales y de tradiciones comunitarias que constituyen la sociedad de entonces”.

La sociedad feudal fue, esencialmente, rural, y se vio influenciada notablemente por la vida fuera de las ciudades. El núcleo fue el castillo feudal. Este período de la historia está íntimamente relacionado con la vida en el castillo. Las funciones que cumplía este eran muchas: “órgano de defensa, lugar vital de la hacienda, asilo natural de toda la población rural en caso de ataque, centro cultural, rico en tradiciones originales, desprendido de toda influencia antigua”.

La abadía de Mont-Saint-Michell, ubicada en un islote en las costas de la Mancha en Normandía

Por otra parte, la relevancia que tuvieron los monasterios en la labor educativa fue notable. Es el caso de la biblioteca en la abadía de Mont-Saint-Michel, que, aun cuando su ubicación geográfica pudiera implicar un problema para su acceso, contenía abundantes manuscritos. Los monasterios fueron centros de saber rurales, que vivían en estrecha relación con la comunidad en la que se insertaban. 

Otra de las tantas confusiones que existen respecto de este período es la del carácter de los reyes. La autora es tan contundente con su conclusión: la naturaleza del poder de los reyes feudales y los reyes modernos es tan distinta, que no debería utilizarse el mismo nombre para denominarlos a ambos. La naturaleza del rey feudal vendría a ser la del primo inter pares, es señor entre señores. Es árbitro de conflictos, asume la defensa del reino y los demás reyes le deben ayuda militar. Esto lo diferencia del monarca moderno: “no puede promulgar leyes generales, ni recibir impuestos sobre el conjunto de su reino, ni reclutar un ejército”. La naturaleza del poder el rey verá su transformación después de Francisco I (1494-1547), que se hará con un poder que ningún de sus símiles había poseído anteriormente. Es por esta razón que la autora, siguiendo a Albert Soboul, apunta que lo que la Revolución Francesa de 1789 abolió no puede llamarse feudalismo. Y va más allá, pues da cuenta del papel de la burguesía para la creación del Antiguo Régimen, ya desde el siglo XVI, por lo que “al tomar el poder con la Revolución, la burguesía no destruyó el «feudalismo», sino el Antiguo Régimen que ella había contribuido en gran parte a crear, pero que la mantenía aparte del poder político”.

Ranas y hombres

El contrapunto del señor feudal es, sin lugar a duda, el siervo. La servidumbre es un estigma de la Edad Media, utilizada para denostar este período de mil años. La autora habla del cinismo de esta crítica, pues es de sobra conocido la expansión de la esclavitud a partir del siglo XVI, que va a traer consigo el genocidio, la segregación y el racismo, heridas que aún están lejos de sanar en la sociedad occidental. La esclavitud, por más que paladines del liberalismo se quieran dar ínfulas de humanitarios, fue abolida solo cuando resultó ser menos beneficiosa económicamente que el trabajo asalariado. 

Es de recordar, además, que la esclavitud estaba bastante extendida durante la época antigua, y que subsistió hasta bien entrada la Alta Edad Media. Este hecho no parece despertar tanta indignación como la servidumbre medieval. El paso de la esclavitud a la servidumbre parece ser, en visión de la autora, una prueba de que se estaba dejando de lado la mentalidad y el derecho romano, ya desde el siglo V y VI. Esta lenta desaparición de lo romano dio paso a costumbres diversas en los pueblos célticos y germánicos, donde la esclavitud tenía un carácter más laxo y era conjugable con la vida cristiana. 

Una vez derrumbado el poder central del imperio Romano, y siendo ahora la sociedad rural la que dicta las formas de relacionarse, el papel del campesino toma un cariz distinto. Es necesaria su presencia en la hacienda, donde va a cultivar y cosechar la tierra. A diferencia de los esclavos, “el siervo tiene todos los derechos del hombre libre: puede casarse, fundar una familia, y su tierra pasará a sus hijos cuando muera, lo mismo que los bienes que haya podido adquirir”. Esto no significa que ser siervo fuera algo positivo para quien lo vivía. Dentro de las obras pías más recurrentes estaba la liberación de los siervos. 

Lo que mantenía este sistema en pie era la interdependencia entre el siervo y el señor feudal. Aquí la naturaleza de la propiedad juega su papel, pues el señor “no posee nunca en plena propiedad como nosotros lo entenderíamos hoy en día; el propietario es su linaje; él no puede vender o enajenar más que los bienes secundarios que ha obtenido por herencia personal, pero, sobre la hacienda principal, sólo tiene un derecho de uso”. Esto se diferencia notablemente de lo que pasará en el Antiguo Régimen, donde la tierra será objeto de compra-venta, algo que, si bien sí existía en los tiempos feudales, era muy limitado.

La autora da cuenta de la influencia que la antigüedad clásica tuvo en el horrible renacer de la esclavitud a partir del siglo XVI. Denuncia, de esta manera, que, con el tiempo, la importancia de una nación comenzó a medirse dependiendo de su potencial colonial. Así, mientras millones de africanos eran enviados al Brasil a cultivar caña de azúcar y recolectar caucho, se criticaba al régimen feudal como vil, opresor y atrasado.

No podemos negar que, como todos los períodos de la historia, la Edad Media tuvo aspectos que, para cualquier humano moderno, no tienen otro adjetivo que bárbaros. La autora, viviendo en un siglo que vio cómo 10 millones de personas morían en la Gran Guerra, y otras 70 millones más perecieron y fueron asesinadas en la Segunda Guerra Mundial, combate los prejuicios que gravitaban alrededor de un lapso enorme. Lo hace con un tono sarcástico, y critica las bases sobre las que la sociedad moderna había asentado sus creencias desde, por lo menos, el siglo XVI. 

Así como la autora trata de borrar los estigmas del medievo, habría que ver qué períodos históricos necesitan, por el contrario, su desmitificación. El paso del tiempo tiende a borrar los matices con los que interpretamos eventos históricos. Una visión maniquea de la historia nos puede llevar a pensar que la Edad Media significó una barbarie no vista desde el inicio de la civilización (una barbarie que construía catedrales, valga decir), así como a creer que durante la belle époque todo era gloria y disfrute.


Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador.

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