Corría el año de 1975 cuando Marina Abramović, artista de origen serbio, impartía clases en la Academia de Novi Sad, además de estar desarrollando sus primeras actuaciones performativas. Por otro lado, Ulay – Frank Uwe Laysiepen – fotógrafo de origen alemán, se desarrollaba haciendo collage con fotografías hechas con polaroid.
Marina Abramović y Ulay se conocieron celebrando su cumpleaños conjunto, el 30 de noviembre de ese año, y por los próximos doce años se encargaron de desafiar las normativas artísticas, creando performance que reflejaban sus dinámicas amorosas: tanto la confianza, el deseo, la intimidad, las confrontaciones, el dolor, etc. Este tipo de performance estipularon una nueva estrategia corporal que comprometía la seguridad del propio cuerpo así como la capacidad mental para soportar los deseos del otro. Así fue como crearon en conjunto el colectivo The Other, en donde ambos artistas cuestionaron las formulaciones del ego y de la identidad, comenzando a actuar uno como el otro, vestir igual, relacionar ideales, para así crear una tercera identidad que llamaron “ese ser”, apartando lo individual y aprendiendo de la confianza mutua.

Uno de los performance que realizaron en conjunto y que más resalta la atención del público contemporáneo es Rest Energy (1980), en donde ambos artistas están vestidos con camisas blancas. Ulay lleva pantalones azul marino y Marina una falda del mismo tono, recordando que dentro de sus prácticas para llegar al otro es correlacionarse físicamente y desaprendiendo de todo estilo personal.
Sin embargo es de suma importancia el guiño que cumple Marina portando una falda, a diferencia del pantalón de Ulay, pues esta activación busca representar y resaltar lo femenino y lo masculino dentro de la performática social del género. Los artistas se posicionan uno frente al otro dentro de una sala blanca, cada uno lleva un guante en la mano derecha, Ulay al inicio sostiene una flecha y Abramović un arco que apunta hacía ella, ambos se observan fijamente a los ojos, Ulay tensa el arco con la flecha apuntando hacia Abramović, entonces sucede.
Por cuatro minutos cada uno escucha los latidos del otro a través de micrófonos colocados cerca de sus corazones, manteniendo la postura tensa en la cual se involucra la energía en reposo, que según la teoría de la relatividad de Albert Einstein el valor inferido de la energía en reposo, se define al valor de la masa en reposo (²). Es decir, ambos cuerpos en reposo están produciendo energía, la cual es suficiente para que ambos se mantengan de píe, sin infringir algún movimiento que detone el lanzamiento de la flecha o el movimiento del arco; sin embargo estos cuerpos en reposo también producen de manera casi simbólica la energía que crea una conexión con el otro, necesaria para no detonar un movimiento abrupto y sobrevivir al final de los cuatro minutos.
Además, también juegan otras implicaciones simbólicas tal como son un ejercicio de poder del hombre sobre el cuerpo y la vida de la mujer, así como la decisión de la mujer de mover, sostener o alejar el arco a medida que la decisión de su compañero pueda infligir un menor o mayor daño sobre su propio cuerpo. Este performance nos exhibe la idea sobre los vínculos afectivos humanos, en donde conscientemente elegimos dañar o no al otro, o que nos dañen, aunque haya imposiciones sociales que atraviesan las performativas dentro de las mismas relaciones.
Hay un juego magnífico que ejemplifica la idea del amor romántico, aunque estemos hablando de la idea de las relaciones sexo afectivas en los años ochentas, hace casi medio siglo, es importante resaltar que muchas de estas concepciones siguen presentes. Una de ellas – quizá la más resaltable anacrónicamente –, es la clara imagen del arco, que nos remite a los mitos clásicos de la antigua Grecia, en donde el hijo de Afrodita, Eros (Cupido para los romanos) el joven alado que con una arco y una flecha (dorada) puede hacer la consigna de la unión de dos personas. El arco y la flecha son claros sinónimos del romance y la conexión entre una pareja, por lo cual la decisión de usarlos no es al azar, sino más bien una acción premeditada que cuestiona el porqué esta arma puede causar una herida de amor o de muerte.
Esta obra nos hace cuestionarnos acerca del otro, de cómo creamos confianza, conexión y amor estipulando una serie de acciones que podrían ser dañinas para nosotros mismos, creamos cierto grado de estabilidad y dependencia a través de las interacciones, definimos una verdad y creemos en conjunto en ella, así también develamos las intenciones del otro a través del tiempo compartido. Abramović describe este performance como uno de los más difíciles de su vida, pues sabía que su vida dependía de la fuerza y las intenciones de Ulay, cuestionándose sobre el lazo que tenían.
Para el espectador es importante cuestionarse a sí mismo cuáles son las afecciones que esta práctica podría tener, es decir quienes son esos vínculos con los cuales hay una entera confianza en donde pudiese establecer una situación donde la vida se ponga en completa amenaza y aún así no tomar acción para cesar ese riesgo que está latente aún en la pausa de los cuerpos.
En lo personal, al ver por primera vez esta activación me hizo cuestionarme con que otros cuerpos me relaciono a nivel de total confianza, en donde no solo deposito mis emociones sino mi propio cuerpo, dándole el arma para disparar y esperando que aún así no lo haga. Si bien, pienso que a diario estamos en constante peligro de que un otro pudiese atentar contra nuestro cuerpo, siempre hay un cierto nivel de intimidad con ciertos sujetos, a quienes les daríamos un arma con la total certeza de que sus intenciones no serán dispararnos.
Esos otros en conjunto a nosotros mismos crean un espacio de tensión que resignifica la violencia, donde el choque de cuerpos puede significar un abrazo, un beso o un momento sexual; las miradas pueden simbolizar alegría, unión, intimidad; y en donde la oscuridad gestiona un papel de paz, seguridad y creencia. Los vínculos sexo-afectivos resultan entonces un acto de fe, en donde ponemos en juego los sentires y la carne dando casi por hecho que el otro será amable y priorizará nuestra vida a sus propios deseos de soltar o lanzar la flecha.

Venus, Adonis y Cupido Annibale Carracci,
Copyright de la imagen ©Museo Nacional del Prado
Ximena Suárez es historiadora de las artes por la Universidad Claustro de Sor Juana.





