Claudia Sheinbaum: presidenta, ¿para qué?

Por Hugo Garciamarín

El 12 de octubre de 2025, Claudia Sheinbaum llegó a Poza Rica, Veracruz, para supervisar la atención a las personas afectadas por las lluvias y las inundaciones. Un grupo de damnificados comenzó a reclamar retrasos en la ayuda y la presidenta escuchó, interrumpió, levantó la voz y luego hizo un gesto de silencio con la mano.

La imagen recorrió con rapidez los medios y las redes: la presidenta frente a una multitud molesta, el gesto firme y la palabra intentando imponerse sobre la protesta. Se habló de autoritarismo, de falta de empatía y de una actitud áspera hacia personas que habían perdido sus casas y pertenencias. Sin embargo, el episodio admite otra lectura. La escena reveló una forma específica de entender la política y un oficio forjado en otro territorio: la asamblea universitaria.

El diálogo con los damnificados profundiza esa impresión. Un joven reclamó la demora de tres días para la llegada de la ayuda. La respuesta de la mandataria sonó familiar para cualquiera que haya pasado por una asamblea estudiantil: “Sí, compañero, pero son tres días donde estaba totalmente inundado”. Pero el espacio ya no era un auditorio ni la explanada de la facultad, y tampoco era una conversación entre compañeros. Frente a la presidenta se encontraba una población afectada por un desastre y a sus espaldas se alineaba el dispositivo del Estado. 

Para intentar comprender quién es Claudia Sheinbaum conviene acudir a un libro que apareció poco antes de su llegada al poder. El periodista Arturo Cano publicó una investigación que reconstruye los orígenes políticos e intelectuales de la hoy presidenta (Claudia Sheinbaum: Presidenta, Grijalbo, 2023). El texto se publicó cuando su candidatura empezaba perfilarse, lo cual ofrece al texto un valor adicional: Cano observa a una figura en ascenso y rastrea las raíces de su trayectoria pública.

Arturo Cano, Claudia Sheinbaum: presidenta, México: Grijalbo, 2023.

El libro se sostiene en entrevistas con la propia Sheinbaum, conversaciones con colegas y personas cercanas, además de una indagación periodística amplia. Cano mantiene una evidente simpatía por su personaje. Esa afinidad, no obstante, no impide un retrato informativo y minucioso. Las páginas describen ambientes, redes políticas y decisiones que marcaron la formación de la mandataria. 

La política llega a Sheinbaum por la familia y la universidad. Su entorno familiar de izquierda y con cercanía y admiración por el movimiento de 1968; su comienzo en la grilla en la Universidad Nacional Autónoma de México durante los años de efervescencia estudiantil. En ese espacio se consolidó un estilo político marcado por el peso de la palabra y la lógica de las asambleas. Después llegó una etapa académica prolongada. La investigadora en temas de energía y medio ambiente construyó prestigio dentro del mundo universitario. Su carrera avanzó dentro del aula, seminarios y publicaciones científicas. El giro hacia el poder público apareció con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la jefatura de gobierno del Distrito Federal. La académica dejó el cubículo y se integró a una cadena de responsabilidades políticas que siempre condujeron posiciones ejecutivas.  No por nada es la Jefa:  secretaria en el gabinete capitalino, alcaldesa, jefa de gobierno y, finalmente, presidenta de la República.

Su posición como Jefa encierra una paradoja. Quienes trabajaron con Claudia Sheinbaum desde antes de su llegada a la presidencia repiten una frase: “te enseña a conducir, pero te toma el volante”. Tiene una atención minuciosa a los detalles, revisión constante de cada procedimiento, seguimiento cercano de las decisiones administrativas. El método recuerda el rigor “científico”: cada política pública exige verificación, cifras, reportes, ajustes. 

No obstante, su trayectoria política combina esta autoridad ejecutiva con largos periodos de trabajo en segundo plano. Su etapa universitaria ofrece un buen ejemplo. En los años de militancia estudiantil participó como activista constante y organizada. Su nombre, sin embargo, no ocupó el centro del escenario. Las figuras más visibles de aquel momento fueron Imanol Ordorika, Antonio Santos y Carlos Imaz. Sheinbaum se movía en otro registro. Perseverancia, disciplina y una capacidad notable para continuar en proyectos durante largos periodos.

El libro también señala otro rasgo decisivo: la lealtad hacia quienes considera sus referentes políticos. Cuando Cano le pregunta por la figura que marcó su formación en la juventud, ella responde sin titubeos: “Aparte de mis padres, Raúl Álvarez Garín” (p. 13). Álvarez Garín, dirigente estudiantil del movimiento de 1968, sufrió prisión y exilio; años más tarde impulsó la revista Punto Crítico junto a varios colegas, un proyecto concebido desde su encierro en Lecumberri. La fidelidad de Sheinbaum hacia su mentor apareció con claridad durante los años de militancia universitaria. Mientras varios de sus compañeros se alejaban del proyecto editorial, ella defendió su continuidad. “No se vayan, estamos en lo mismo”, les dijo entonces (p. 26).

Esa disposición reapareció años más tarde en su relación con Andrés Manuel López Obrador, a quien, se sabe bien, le adelantó que su entonces esposo, Carlos Ímaz, estaba bajo la amenaza de un escándalo de corrupción. La científica universitaria acompañó López Obrador durante décadas, desde el gobierno de la Ciudad de México hasta la consolidación del movimiento que lo llevó al gobierno (y después a ella).

Foto compartida por Claudia Sheinbaum sobre su participación política estudiantil.

Todo esto permite comprender mejor a la Claudia Sheinbaum de hoy. Nadie alcanza la presidencia sin experiencia política. Pero su biografía muestra otra forma particular de entender el oficio. No se siente cómoda en el mitin, tampoco en la negociación y no le importa mucho la política partidista. La política universitaria dejó una huella profunda en su manera de actuar. En ese terreno las decisiones rara vez nacen del consenso. La asamblea funciona como un espacio de resistencia. Gana quien permanece más tiempo, quien controla la mesa directiva, quien logra que llegue el momento de la votación en condiciones favorables. El argumento importa menos que la capacidad de sostener la disputa, y la lógica de la deliberación se mezcla con la lógica del desgaste.

Ese aprendizaje se refleja en el estilo de gobierno de la presidenta. Sheinbaum resiste hasta las últimas consecuencias. Avanza paso a paso y si es necesario retrocede, pero nunca cambia de rumbo. Construye decisiones de forma gradual y mantiene la dirección incluso frente a obstáculos. La insistencia es su herramienta principal en la lucha y el ejercicio del poder.

Ese mismo carácter convive con el otro rasgo que ya mencioné: la lealtad. A lo largo de su trayectoria Sheinbaum ha mantenido fidelidad hacia quienes influyeron en su formación política. Esa disposición resultó una ventaja durante su ascenso. La confianza de Andrés Manuel López Obrador se construyó sobre esa base.  Por eso, la presidencia introduce una tensión inevitable. En la historia política mexicana cada nuevo titular del Ejecutivo define su autoridad frente a quien ocupó el cargo antes. La distancia entre gobiernos forma parte de la consolidación del poder presidencial. Sheinbaum ha buscado otro camino durante sus primeros años de mandato. Su liderazgo intenta afirmarse sin una ruptura abierta con López Obrador. La estrategia exige equilibrio. La presidenta necesita ejercer autoridad propia y al mismo tiempo preservar la relación con la figura que encabezó el movimiento político que la llevó al poder.

Pero ahora, bajo la presión del gobierno de los Estados Unidos y las acusaciones de narcotráfico dirigidas contra integrantes de su partido, parece haber decidido resistir hasta las últimas consecuencias. La lógica se asemeja a la de la asamblea y a su fidelidad política: lo decisivo no es la preservación del sistema en su conjunto, sino la supervivencia del grupo, de la facción, del círculo de lealtades construido durante años. En esa lógica, ceder puede interpretarse como una traición, y nadie, menos ella, quiere cargar con el peso de haber entregado a los suyos, aunque sean culpables.

El libro de Arturo Cano permite observar, por tanto, las tensiones inevitables entre biografía política y ejercicio del poder. En las entrevistas que recoge, Claudia Sheinbaum evoca el peso que tuvo para su generación el movimiento de Movimiento estudiantil de 1968 y la memoria de los presos políticos encerrados en Palacio de Lecumberri. Ese episodio marcó la cultura política de buena parte de la izquierda mexicana. La defensa de las libertades, la crítica al aparato represivo del Estado y la reivindicación de las víctimas de la violencia gubernamental se convirtieron en referencias morales permanentes.

La práctica del gobierno introduce, sin embargo, otros equilibrios. Uno de los principales aliados políticos de la presidenta es Omar García Harfuch, figura central en la estrategia de seguridad tanto durante su administración en la Ciudad de México como en el gobierno federal. Su trayectoria familiar remite a otra historia. Su abuelo, Marcelino García Barragán, ocupó la Secretaría de la Defensa durante la represión de 1968 y formó parte del aparato militar involucrado en la matanza de Plaza de las Tres Culturas. La paradoja adquiere mayor peso en el terreno de la política de seguridad. La estrategia impulsada por García Harfuch se acerca a los esquemas de combate frontal al crimen organizado que caracterizaron el gobierno de Felipe Calderón, un enfoque distinto al que defendió durante años el obradorismo.

Otra tensión aparece en el plano ideológico. En el libro, Sheinbaum recuerda la cercanía de su familia con dirigentes del viejo comunismo mexicano, entre ellos Valentín Campa (p.39). La memoria también incluye una referencia constante al fraude electoral de 1988, episodio que marcó a buena parte de la izquierda mexicana (p. 33 y p. 155). El contraste con su ejercicio del poder es llamativo. Durante su gobierno no emitió una condena clara frente a las denuncias de irregularidades en las elecciones municipales de Poza Rica y Papantla. Su propio ascenso a la presidencia también se benefició de una larga campaña anticipada, visible en la proliferación de espectaculares y promoción política por todo el país antes del periodo formal. Y ni que decir de la reforma electoral que no pudo instaurar, pero que era bastante ajena a su propia trayectoria ideológica.

Algo similar ocurre en el terreno laboral. A pesar de la tradición obrera vinculada al viejo comunismo mexicano, la reforma para reducir la jornada laboral a cuarenta horas semanales se planteó de forma gradual y sin la obligación de establecer dos días de descanso. En una conferencia matutina, ante la pregunta de por qué no incluir dos días de descanso seguidos obligatorios, la presidenta respondió: “la demanda histórica de los trabajadores es de 40 horas y estamos cumpliendo”. 

Otra contradicción aparece en el terreno internacional. Cano reproduce en su libro una carta publicada en La Jornada en 2009. En ese texto Sheinbaum condenaba la operación Plomo Endurecido que concluyó con la muerte de mil 400 palestinos. La crítica se formulaba desde una doble identidad: la militancia política de izquierda y su propia historia familiar judía. La ahora presidenta decía: 

“No puedo ni quiero negar mi historia; hacerlo sería como dice León Gieco, negar el alma de mi vida […] Por ello, por mi origen judío, por mi amor a México y por sentirme ciudadana del mundo, comparto con millones el deseo de justicia, igualdad, fraternidad y paz, y por tanto, sólo puedo ver con horror las imágenes de los bombardeos del Estado israelí en Gaza. Ninguna razón justifica el asesinato de civiles palestinos. Nada, nada, nada, puede justificar el asesinato de un niño. Por ello me uno al grito de millones en el mundo que piden el alto al fuego…” (p.53).

El contraste con el presente resulta evidente. Durante el genocidio en Gaza, el gobierno mexicano ha mantenido una participación discreta dentro de las condenas internacionales y ha evitado asumir un papel más activo frente a las denuncias de genocidio. 

Estas tensiones sugieren una conclusión incómoda. La presidenta parece abrazar las contradicciones que forman parte inevitable del ejercicio del poder, en detrimento de todo lo demás. El objetivo para ella, según dijo, consiste, como en su juventud, en seguir trabajando y en el camino “apoyar a la gente” (p.10). No obstante, tal como muestra su propia biografía política, ella ejerce el liderazgo desde una lógica de protección hacia los suyos, por encima de las causas abstractas o de la preservación del sistema en su conjunto. Sin la herencia crítica de 1968, sin la memoria democrática y de derechos que alguna vez formó parte del comunismo mexicano, sin una voz firme frente a las injusticias internacionales, y con su grupo político bajo amenaza, parece quedar únicamente la política asamblearia: resistir, prolongar la confrontación y apostar a que el desgaste termine por inclinar la balanza a su favor o por disolver la asamblea misma. El asunto es cuánto vale esa resistencia cuando en el camino puede quedar abandonada la mayor parte del pliego petitorio. O dicho de otro modo. Es presidenta: ¿para qué?

Foto: Presidencia de la república
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