¿Muerto el rey, viva la reina? Maquiavelismo a la mexicana

Por César Martínez

Una mueca acompañada de una mirada incrédula han sido las reacciones más elocuentes de la presidenta Claudia Sheinbaum ante las preguntas hechas en Palacio Nacional que sugieren que ella está detrás de la cobertura mediática que exhibe a familiares y colaboradores del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Más allá de si tal conjetura se verifica o no, se trata de una cuestión fascinante: saber si estamos ante un caso de política maquiavélica en el que el fin justifica los medios.

Pero antes de examinar si el tratadista florentino Nicolás Maquiavelo realmente merece ese estigma que pesa en su contra como el gran apologista de una forma de hacer política despiadada y sin principios, vale contextualizar los escándalos mediáticos que han estropeado aquel retiro tranquilo de la vida pública que el expresidente tenía proyectado gozar en su quinta en Tabasco. Lo que serían amaneceres de calma caminando entre ceibas y encinos, escribiendo un nuevo libro después de merendar y tomar café, hoy son atardeceres de zozobra al no poder defenderse, ni ejercer derecho de réplica en persona, según esa vieja costumbre que jamás perdió.

Basta echar un vistazo al reciente artículo de la primera plana del New York Times para leer una narrativa que ha ido volviéndose hegemónica entre la prensa mexicana durante el primer año del sexenio Sheinbaum: escándalos como los de las fotos vacacionando en Tokio de Andrés López Beltrán y los documentos del SAT filtrados a una televisora apuntando a que Adán Augusto López Hernández evade impuestos, funcionan como el medio de contraste respecto a una mujer quizá sin carisma; pero eficiente, responsable, seria y profesional, cuyo liderazgo habría logrado disminuir la violencia y combatir la corrupción en puntos sensibles del Estado mexicano como la Secretaría de Marina. El déscredito contra uno solo, en este algoritmo maquiavélico, se transforma en crédito para una sola.

La reina Ana, sosteniendo un orbe y un cetro. Mezzotinta de J. Faber según J. Closterman, siglo XVIII.  Wellcome Collection.

Paradójicamente, el artículo intitulado Mexico’s Party of the Poor has its own Embarrassment of Riches (El partido de los Pobres en México da vergüenza por sus propias opulencias), omite el escándalo orgánico del matrimonio de legisladores panistas hechos morenistas/petistas Sergio Gutiérrez Luna y Diana Barreras, cuyo opulento estilo de vida fue evidenciado a raíz de la censura y acoso legal contra la ciudadana Karla Estrella. En lo esencial, el texto firmado por el corresponsal James Wagner apunta hacia competidores políticos de Sheinbaum, como el mismo senador López Hernández y el también senador Gerardo Fernández Noroña, así como el diputado Ricardo Monreal. Todos ellos, contendientes en 2023 por la candidatura presidencial de 2024. Sus actuales puestos en el Poder Legislativo fueron resultado de un pacto propuesto por el propio López Obrador con el propósito, sostenía el tabasqueño, de mantener la unidad y evitar la división.

“El fin justifica los medios”, reza el dicho falsamente atribuido a Maquiavelo, cuyo mensaje indica que actos debatibles como sembrar la discordia, pisotear subrepticiamente la reputación del gobernante retirado y la de los adversarios reales, así como co-optar (comprar) a los antiguos enemigos y contratar mercenarios nos sugiere cierta idea aceptada casi universalmente: la diferencia entre la política y la moral es la diferencia entre lo que es y lo que debe ser. Lo que sí escribió Maquiavelo en El Príncipe fue que “hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir que aquel que deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha hacia su ruina”. Así pues, la verdadera lección maquiavélica sugiere a “todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a practicarlo o no de acuerdo con la necesidad.”[1]

De modo que una versión a la mexicana de este maquiavelismo apócrifo concibe al poder como algo ni creado ni destruido, solamente administrado: es decir, divide y vencerás. Los economistas dirían que el poder es naturalmente escaso, y que este no es un flujo, sino un acervo (stock), lo cual coincide con la historia del presidencialismo mexicano del siglo XX. Según don Daniel Cosío Villegas, “el poder proviene de la institución de la presidencia y no de la persona del Presidente.”[2] Luego entonces, un poder sin carisma, esto es, sin apelar a la autoridad moral o auctoritas latina cuya fuerza proviene de la virtud, es un poder ajeno, surgido de la fuerza material del aparato de Estado: de sus recursos económicos, burocráticos, ideológicos y corporativistas.

Al final, Maquiavelo, hombre nostálgico de la tradición greco-romana, en realidad abogó por una política con principios como el arrojo, la coherencia, la paciencia, la perseverancia y la búsqueda de la unidad en la diversidad. Acérrimo crítico del “divide-y-vencerás”, conocido por él como la estrategia “güelfos y gibelinos”, el florentino decía: “Semejantes recursos inducen a sospechar la existencia de alguna debilidad en el príncipe, porque un príncipe fuerte jamás tolerará tales divisiones…”

El verdadero y más genial Maquiavelo chocaría por tanto con un maquiavelismo a la mexicana del fin justifica los medios, o del decir algo y hacer lo opuesto. Partiendo de la magnífica distinción hecha por Cosío Villegas entre un poder surgido de la autoridad moral o carisma y otro poder surgido de la fuerza del aparato de Estado, característico de nuestro presidencialismo rancio, se halla lo que el tratadista florentino comprendía como el luchar con armas propias (la virtud) y el luchar con armas prestadas (la suerte o fortuna). Así, usar el poder para dividir y someter, en efecto, “induce a sospechar la existencia de alguna debilidad.” ¿Es posible olvidar al viejo rey por aplaudir a rabiar a la nueva reina sin que eso afecte en definitiva la fortaleza del reinado?

Un dormitorio en un palacio: una reina o dama noble está sentada frente a un tocador mientras sus doncellas la visten. Grabado, siglo XIX. Wellcome Collection.

[1] Nicolás Maquiavelo, El Príncipe, Leyenda, México, 1999. p. 68.

[2] Daniel Cosío Villegas, La Sucesión Presidencial, Joaquín Mortiz,México, 1976. p. 25.


César Martínez (@cesar19_87) es en maestro Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en Literatura de Estados Unidos por Universidad de Exeter.

Más artículos
El dinero no hace la felicidad: el bienestar psicológico y la calidad de vida