4 de octubre
La sala está apenas iluminada por siete velas (¿por qué siete? —preguntar después). El humo del copal forma remolinos densos; recuerdo haber estudiado sobre el uso del incienso como mediador entre mundos, pero aquí la explicación sobra: todos respiran el mismo aire espeso como si fuera condición para ver lo invisible.
La médium (palabra francesa que significa estar entre dos partes) se sienta en el centro. Deja caer la cabeza hacia atrás y, en segundos, su voz se quiebra. Algunos asistentes agachan la mirada (¿por respeto o miedo?): “modulación vocal: tono grave, pausado, no corresponde a la voz previa de la mujer”. Al escucharla, mi piel se erizó.
Un hombre llora cuando la voz de la mujer dijo su nombre. Nadie duda de que el espíritu convocado fuera real. Intento mantener la distancia —anotar, registrar, clasificar— pero en medio de las frases entrecortadas escucho algo que parece dirigido a mí: “el forastero también carga con sus muertos”. Cerré el cuaderno un instante (¿autosugestión?). Lo abro enseguida, como si reconocerlo en papel fuera una forma de control. (Nota: investigar cómo los rituales pueden absorber al que mira. ¿Es posible mantener la distancia sin dejarse afectar?)

Me habían dicho que la sesión iba a tratar de quitarle un mal de ojo a un hombre que hace dos años había comenzado a sentir inexplicables dolores de cabeza, fatiga constante y una sensación de carga y malestar sobre su ánimo. Aquel hombre (que había mencionado la mujer) tiene el rostro encogido, como si cargara un peso invisible.
La médium le pide que se siente en el centro del círculo. Coloca un vaso de agua frente a él y un huevo sobre la mesa, mientras recita oraciones que no comprende del todo, pero cuyo ritmo genera una tensión palpable en la sala. Observo cómo sus manos tiemblan ligeramente (“posible efecto sugestivo o verdadero malestar corporal”).
La mujer pasa el huevo suavemente por la frente, los hombros y los brazos del hombre, murmura palabras que parecen maldiciones. Cuando rompe el huevo en el vaso de agua, la yema sale turbia y oscura. Un silencio llena la habitación.
Tras unos minutos, el hombre respira hondo y su expresión se suaviza. Algunos participantes afirman que el mal de ojo había sido removido. (“Independientemente de la interpretación literal, el ritual tiene un efecto tangible sobre los participantes: calma, alivio, sensación de renovación”).
***
5 de octubre. No me he sentido bien desde ayer. Me duele la cabeza y parece que mis piernas no responden a mis necesidades. ¿Es posible que….? No, no creo.
Nota: buscar más sobre la autosugestión. ¿Mis muertos?

Fernanda Carbajal es comunicóloga de formación, periodista de momentos e integrante del Consejo Nacional de la Quesadilla con Queso.






