How many deaths will it take
´til he knows
That too many people have died
Bob Dylan
La pregunta, provocadora, parece hecha por un apóstata. «La democracia es el mejor arreglo posible y punto», me dirán. «Garantiza la estabilidad política, procura la convivencia plural, trata de fomentar el debate público, protege las libertades individuales». Se me ocurren esas posibles respuestas, al menos. Y desde luego son más o menos ciertas o plausibles.
La democracia ordena y legitima el ejercicio del poder tomando en cuenta a la ciudadanía, que es su depositario esencial. Salvo cuando deja de serlo y se convierte, como ahora, en un botín en manos de la clase política. La idea misma de la representación presenta un desafío porque una vez constituida, no hay manera de obligarla a ser consecuente con el voto que le dio origen. Es más o menos obvio porque el electorado es heterogéneo, aunque pueda compartir, en algunos momentos, ciertas ideas que más o menos confluyan en una opción política determinada. Resulta normal que algunas decisiones no gocen del apoyo completo del electorado que les votó. No es la única razón, sin embargo.
La política como actividad profesional, es un espacio específico, donde suceden cierto tipo de relaciones sociales. Es, por tanto, una red de interacciones, intercambios, posiciones. En otras palabras, es una esfera o un espacio diferenciado, donde tiene lugar la toma de decisiones públicas. Aunque lo que sucede en este suele afectar a toda la esfera social, su funcionamiento es relativamente autónomo. Más allá del deber ser, no es infrecuente que los intereses y relaciones de la esfera política difieran de los intereses colectivos. Por la misma lógica de interacciones e intereses, cuando las y los actores políticos optan por mantener la estabilidad de la esfera política; es decir, dejar intocados los intereses de la clase política, pueden producir crisis de legitimidad, cuya magnitud suele ser proporcional a lo que quieren proteger.
Lo anterior no es un problema exclusivo de las democracias, que, en todo caso, contarían con mecanismos para resolver las crisis del sistema político y equilibrar las relaciones gobernantes-gobernados. Incluso, es en la manera en que se resuelven las tensiones entre la esfera política y la civil donde se encuentra la clave para saber cuándo un arreglo político es funcional o deja de serlo.
Lo que sucedió en el México del autoritarismo electoral fue una muestra de un régimen que dejó de ser funcional y que como consecuencia perdió legitimidad. La brutal represión del ’68, no sólo exhibió la lejanía entre una y otra esfera, sino que mostró (por contraintuitivo que parezca) la debilidad del régimen para procesar las demandas sociales. Ante la posible ruptura, cambiaron -aun si de manera discreta- las formas del régimen. La transición a la democracia fue también una respuesta a la fractura entre las formas políticas del autoritarismo electoral del PRI y la sociedad.
La crisis de la democracia actual se explica en buena medida por el divorcio entre las esferas civiles y política. Y aunque viene desde hace tiempo, al menos a partir de las crisis económicas de 2008 y las endebles respuestas de los gobiernos, que abdicaron a su responsabilidad de crear mejores condiciones sociales para privilegiar el modelo del mercado, hoy la democracia convive además con una crisis moral sin precedentes.
Hemos visto cientos de miles de protestas en todos lados: calles en Irlanda, perfiles de redes sociales, eventos culturales, deportivos. Millones de personas han salido a las calles, decenas o quizá cientos de artistas han mostrado su apoyo a Palestina, medios de comunicación de gran influencia pública han documentado masacres; y, sin embargo, no hay acciones efectivas contra el Estado israelí.
¿Qué nos dice, pues el silencio, la represión a los manifestantes, la falta de acciones contundentes contra Israel, las declaraciones timoratas cuando las hay y la inacción ante el constante desdén cuando no abierto desafío al orden internacional?
Mi hipótesis: que la esfera política prefiere mantener su estabilidad interna – que en realidad supone no tensar demasiado la relación con Estados Unidos- a pesar del descrédito social. La consecuencia es que la democracia ha dejado de ser la manera de establecer y ordenar las relaciones entre la esfera política y civil. Me explico.
Que dentro de la esfera política las relaciones e intereses (legítimos e ilegítimos) marquen el rumbo de acción de la clase política no debe sorprender a nadie. El parámetro de acción interno no es (y no sé si debería serlo) ni la ética ni la democracia. En todo caso, como ya he sostenido, la democracia es una manera específica de vincular a la esfera civil con la política basada en el consenso, el sistema de libertades, la opinión pública, los límites en el ejercicio del poder y algo así como un parámetro racional de justica. Ese vínculo es la esencia del concepto de gobierno en manos del pueblo.
Sin embargo, la manera en que nos vinculamos responde menos a una realidad natural que a consensos artificiales. Es por tal motivo, por ejemplo, que pasaba como obvia la existencia de la esclavitud para Aristóteles, que hoy nos escandaliza.
Pero para el pensador griego la existencia de esclavos era solamente parte del orden de las cosas. Nuestra idea de la persona es otra y toda la trayectoria histórico-social del concepto nos lleva a entenderla como algo esencialmente distinto al pensamiento de la antigüedad. Pero para que existan los conceptos tiene que haber actos que le den sentido.
Una comunidad política comparte símbolos que orientan y que por lo mismo generan confianza recíproca. Si creemos en el valor esencial de los demás, si problematizamos sobre el valor esencial de otras criaturas más allá de las personas humanas, transformamos el sistema de significados, así como la forma de vincularnos.
Las acciones en Gaza han terminado por romper el ya de por sí delgado vínculo que todavía hacía pensar que quizás el proyecto civilizador tenía sentido y con ello la democracia liberal. La democracia no es más un vínculo de credibilidad entre la sociedad y la clase política, que está más preocupada por mantener sus intereses.
Tal vez por eso empiezan a aparecer voces que denotan cierta desesperación. El Rey de España, hoy, 24 de septiembre, llamaba a detener la masacre y condenaba, no sin algunos matices, el actuar demencial de Israel. Tal vez los gobiernos de Canadá, Gran Bretaña, Francia, sepan que todo el proyecto civilizatorio occidental, del que son beneficiarios con creces, está como en riesgo como nunca. Pero ¿qué podrían ofrecer hoy al mundo esos líderes, ese sistema? No parece factible que vayan a lograr frenar la maquinaria bélica israelí, pero si pudieran, ¿qué tendrían para ofrecer en adelante? ¿Cómo lograrían recomponer o rehacer los lazos con la sociedad?
La democracia puede y debe subsistir como arreglo político, pero tenemos que expropiarla de la clase política. Falta imaginar cómo. Porque de momento, la democracia de hoy, incapaz de frenar un genocidio, no significa absolutamente nada.

Alonso Vázquez Moyers (@alonsomoyers) es doctor en Investigación en Ciencias Sociales por Flacsco-México






