Desde siempre he considerado a las derechas y ultraderechas un objeto de estudio que despierta mi interés; esto, por mi formación de izquierdas y por mi paso como estudiante en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Sin embargo, al igual que muchos otros, reconozco que no logro comprender del todo a las derechas contemporáneas. Parece que hay más o menos claridad del origen del cambio en estas derechas, pero sus alcances, su público y su capacidad de movilización son toda una incógnita.
La crisis financiera de 2008 marcó un quiebre profundo en el horizonte político y cultural. El llamado “centro” político, durante décadas defendido por analistas como espacio de consensos, prácticamente se desvaneció y dejó paso a comunidades ideológicas cada vez más rígidas, excluyentes y poco dispuestas al diálogo. Este desplazamiento no fue un accidente: fue la consecuencia de un sistema que, mientras imponía un marco neoliberal homogéneo sobre partidos y gobiernos, alentaba simultáneamente la exaltación de la individualidad, el consumo y la diferencia.
En ese contexto emergió el populismo como síntoma y no como enfermedad. Lejos de ser la raíz de la polarización, fue la respuesta a la crisis de legitimidad del neoliberalismo. Con su narrativa de antagonismo —el pueblo contra las élites, el 99% contra el 1%—, ofreció una revolución pasiva: recuperaba la categoría común de “pueblo”, pero al mismo tiempo universalizaba identidades parciales, como el nativismo o la reivindicación étnica. No obstante, el desgaste de estas fórmulas quedó pronto en evidencia. La mayoría de los populismos no lograron transformar las estructuras de fondo; el neoliberalismo sobrevivió intacto y, tras una pandemia que profundizó las desigualdades, los más ricos salieron aún más beneficiados.
Así, lo que comenzó como esperanza democrática ha mutado en un resentimiento canalizado por discursos vengativos. En vez de ampliar la democracia, tales discursos señalan culpables y prometen revancha: feministas, migrantes o quienes denuncian el racismo estructural se convierten en enemigos de ocasión. De ahí brota la ultraderecha, no como anomalía, sino como producto lógico de un proceso donde el desencanto se transfigura en ira organizada.
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Aunque llevo un rato dándole vueltas a los orígenes de las derechas, me sorprendí y horroricé cuando me enteré del lamentable acontecimiento del asesinato de un estudiante del CCH Sur a manos de un compañero «incel». Mi sorpresa fue aún mayor cuando comenzaron a circular notas que contextualizaban el caso y aparecieron términos e ideas completamente ajenos para mí. Se hablaba, por ejemplo, de incel —abreviatura de involuntary celibate (célibe involuntario)— para referirse a hombres jóvenes que expresan frustración por no poder establecer vínculos sexuales o afectivos; de Chad, estereotipo de varón atractivo, exitoso y popular, presentado como su contraparte; y de Stacy, imagen de la mujer deseada que, en la narrativa incel, se relaciona únicamente con “Chads”. Estos conceptos conforman parte del léxico de la llamada comunidad incel: agrupaciones virtuales —foros, redes sociales, subreddits— donde circulan experiencias de soledad, rechazo y, con frecuencia, discursos de resentimiento.
Aunque las comunidades incel se desarrollan en un entorno digital y muchas veces bajo el anonimato, no se quedan en lo virtual: su influencia ha llegado a traducirse en acciones concretas y violentas, como lo evidencia el homicidio ocurrido en el CCH. Dichos grupos, desde luego, surgen también como resultado de la desigualdad, la desconexión social y los problemas de salud mental; pero ante la falta de respuesta del Estado y de la comunidad para enfrentar esas carencias, terminan siendo, en buena medida, movilizados y articulados por liderazgos de derecha como Javier Milei o Donald Trump.

En mi búsqueda por respuestas sobre esto me encontré con una lectura que hice hace tiempo y sobre la cual también escribí una reseña: Derechas y ultraderechas en México, de Octavio Rodríguez Araujo (Orfila, 2013). Volví a ese libro preguntándome qué nuevas ideas podría suscitar su relectura a la luz de dos hechos concretos: por un lado, el lopezobradorismo en el poder, que pese a proclamarse de izquierda convive con priistas neoliberales, con personajes del Yunque como Manuel Espino y con figuras cercanas a la agrupación religiosa y cuyo líder fue condenado por abuso sexual de menores: La Luz del Mundo. Por otro lado, la influencia creciente de las nuevas derechas que emergen en distintas partes del mundo.
Lo primero que encontré en mi relectura fue la claridad conceptual que siempre acompañó a Rodríguez Araujo: explica que la democracia no puede entenderse en sí misma como de izquierda, pues puede ser utilizada tanto para acceder al poder y reforzar las desigualdades. Lo decisivo, subraya, es el contenido de los proyectos políticos. Así, la izquierda se define como una tendencia hacia el igualitarismo, entendida no como la anulación de las diferencias, sino como la afirmación de la diversidad desde un enfoque de no dominación. En contraste, la derecha se caracteriza por un proyecto político e ideológico orientado a reforzar las desigualdades.
Dentro de este espectro, existen matices que permiten diferenciar entre derechas y ultraderechas: estas últimas llevan el afán de profundizar la desigualdad hasta su expresión más extrema. Usando este esquema podríamos decir que las nuevas derechas, aunque a veces en su forma enarbolen un discurso democrático o prometan revancha o restitución de una dignidad perdida, en el fondo pretenden reforzar las desigualdades, como, por ejemplo, aquella producida por la desigualdad de género.
A partir de esta distinción, el autor identifica tres corrientes históricas de las derechas mexicanas: el nacionalismo xenofóbico, el anticomunismo y el antilaicismo, expresadas principalmente a través de dos estructuras de poder: la iglesia y los empresarios. A mi juicio, estas vertientes persisten en el presente, aunque con transformaciones significativas en cuanto a actores, discursos y fuerzas sociales.
Rodríguez Araujo explica que el nacionalismo xenofóbico surgió al calor de la crisis mundial de 1929 y de las deportaciones masivas de mexicanos en un contexto de desempleo tanto en Estados Unidos como en México. Por ello surgieron diversos movimientos y consignas en contra de chinos, libaneses, judíos, etcétera. En este sentido, el autor interpreta el cardenismo como una respuesta que marcó un viraje igualitario frente a esa tendencia excluyente.
En el libro se muestran ejemplos claros de las ultraderechas como el movimiento sinarquista y el Partido Nacionalista de México (PNM). Este partido resulta especialmente interesante porque en él confluyen de manera clara las tres corrientes que marcaron a la derecha mexicana del siglo XX: el anticomunismo, la xenofobia y el catolicismo. Dichas vertientes no sólo se articularon en el plano ideológico, sino que encontraron un cauce práctico en su vínculo con empresarios dispuestos a sostener el proyecto, entre los que destacó Hugo Salinas Price, padre del actual propietario de TV Azteca, Ricardo Salinas Pliego.

El Partido Nacionalista de México surgió a finales de los años cuarenta, bajo el liderazgo del cristero Salvador Rivero y Martínez. Su programa político se definió desde un inicio por su marcado anticomunismo, su xenofobia y su estrecha vinculación con el catolicismo, configurando un ideario que exaltaba la herencia hispánica y defendía valores como la patria, la familia, la moralidad y el orden, al tiempo que proponía un sindicalismo “nacional, hispánico y católico” inspirado en el falangismo español. Con el paso del tiempo, el partido matizó su discurso para acercarse al régimen priista, subordinando el hispanismo a la Revolución Mexicana y presentando el cristianismo como afín a los postulados revolucionarios.
En la década de 1960, el partido tomó un nuevo rumbo con la llegada del empresario Hugo Salinas Price, quien asumió la presidencia del PNM en 1963 tras una asamblea que desplazó a Alejandro Corral. Su participación aportó recursos económicos y un programa liberal que reivindicaba la libre empresa y la pequeña propiedad, con la promesa de un “milagro mexicano” en un intento por revitalizar a una organización que para entonces ya mostraba claros signos de desgaste. El partido que imaginaba Salinas Price unía a las tres corrientes mencionadas bajo el antiestatismo y la anticorrupción.
Según relata el empresario en sus memorias, mantenía una estrecha amistad con Agustín Navarro Vázquez, a quien Rodríguez Araujo identifica como un ideólogo clave de la derecha empresarial y uno de los principales impulsores del Movimiento Universitario de Renovadora Orientación (MURO), una organización estudiantil de corte ultraderechista. En palabras del autor:
Entre los dirigentes estudiantiles del MURO destacaban dos: Víctor Manuel Sánchez Steinpreis, actualmente profesor de la reaccionaria y confesional Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla, y Fernando Baños Urquijo, hermano de Emi lio Baños Urquijo (ya fallecido), quien fuera suegro de César Nava, esposo de Cecilia Romero (Emilio, no César) y beneficiario de Felipe Calderón cuando fungió como director de Banobras. Cecilia Romero, quien fuera obligada a renunciar del Instituto Nacional de Migración el 14 de septiembre de 2010, es cuñada de Luis Felipe Bravo Mena, uno de los secretarios particulares de Calderón. Todos del Yunque. Se decía, en el momento de su renuncia, que Bravo Mena aspiraba a dirigir el PAN en sustitución de César Nava. Como relevo de éste quedó Gustavo Madero Muñoz. El órgano de difusión del MURO era Puño (“Para golpear con la verdad”). (p. 109)
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El 13 de septiembre de 2025, Ricardo Salinas Pliego, propietario de Elektra y TV Azteca, lanzó el Movimiento Anticorrupción y Anticrimen (MAAC). El gesto no es menor: el empresario, quien alguna vez formó parte del Consejo Asesor del presidente Andrés Manuel López Obrador y hoy es uno de los críticos de Morena, enfrenta un litigio con el Servicio de Administración Tributaria por un adeudo fiscal de casi 74 mil millones de pesos.
El contexto de confrontación con el Estado ha potenciado su discurso público, desplegado sobre todo en redes sociales, donde combina ataques al gobierno —al que despectivamente llama “gobiernícolas”— con expresiones misóginas, clasistas y antiizquierdistas. En su retórica se aprecian ecos de Javier Milei —a quien admira abiertamente — al llamar “zurdos” a sus opositores y celebrar la victoria electoral del argentino como una reivindicación global de quienes “creen en la libertad”. No obstante, su discurso también juega con un nacionalismo exacerbado, como se vio en el grito de independencia alterno al oficial, donde denunció un régimen “criminal y corrupto” y convocó a la defensa de un “México libre” que, paradójicamente, se engarza con su visión globalizada del capital.
Este giro no es nuevo si se observa en perspectiva histórica. Octavio Rodríguez Araujo señala en su capítulo dedicado a las nuevas derechas, que éstas no difieren sustancialmente de las viejas: unas usaban al Estado para favorecer al capital, mientras que las otras buscan limitar la acción estatal con el mismo objetivo. En ese marco, Salinas Pliego parece repetir la ruta de su padre, Hugo Salinas Price, quien en los años sesenta presidió el Partido Nacionalista de México y buscó reanimar a la derecha a partir de un programa liberal teñido de anticomunismo, antilaicismo y xenofobia. Hoy, esas mismas vertientes reaparecen en el discurso del magnate, ahora aderezadas con un abierto rechazo al feminismo y con una narrativa de resentimiento que conecta con sectores juveniles, algunos de ellos vinculados a subculturas como los incels. Hay que recordar que Javier Milei ganó las elecciones arrasando entre los jóvenes (muchos de ellos autodenominados incels): llegó a conseguir el 70% de los apoyos entre los menores de 24 años.
Aunque la extrema derecha en México ha tenido históricamente un techo de votación limitado, el abandono social que padecen los jóvenes, la creciente precariedad y el auge internacional de los movimientos reaccionarios abren un terreno fértil para sus banderas. En este escenario, bajar la guardia sería un error: lo que en apariencia es un intento individual de defensa frente al Estado, puede convertirse en una plataforma que reactive las pulsiones más autoritarias (incluso más de las que tenemos hoy día) de nuestra vida política.

Hugo Garciamarín es politólogo y director de la Revista Presente







