Cuauhtémoc, Ciudad de México, México, 2 de junio de 2022. Andrés Manuel López Obrador, presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos en conferencia de prensa matutina en el Salón Tesorería de Palacio Nacional. Lo acompañan Ricardo Mejía Berdeja, subsecretario de Seguridad Pública de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana y Carlos Torres Rosas, secretario técnico del Gabinete y coordinador general de Programas para el Desarrollo, Presidencia de la República. Foto: Presidencia

POR AMOR A LA PRECISIÓN: LO QUE SE DIJO Y NO LO QUE SE QUISO DECIR SOBRE EL NEOLIBERALISMO

Por Emmanuel Rosas Chávez

Dichos

Decir, pronunciar, hablar siempre es un acto traicionero que se le puede volver en contra a uno. Apenas alguien pronuncia unas palabras éstas ya no le pertenecen: son del aire, palabras al viento. Y con el soplo las letras se evanecen en nuevas silabas, y éstas en nuevas palabras, y éstas en nuevas frases, y así ad infinitum. Esta metamorfosis de lo dicho, desde luego, no ocurre de manera arbitraria ni depende del que pronuncia, sino del que lo escucha. Bien lo han advertido las películas sobre policías: al acusado se le explica que todo lo que diga puede ser usado en su contra. Si hubiera que sacar una lección de esto sería que debemos desconfiar de las palabras, de lo que nos cuentan, de lo que no escuchamos de viva voz, de lo que a nuestros oídos llega como puro eco e incluso de lo que de nuestra propia boca sale, porque los dichos penden de un hilo y la mentira y la tergiversación los amenazan. Y sin embargo.

Aunque a veces se esfumen en el aire, los dichos siempre permanecen como grabados sobre piedra y se puede volver a ellos. Podemos volver y corroborar si esto o aquello fue dicho o no fue dicho. Las palabras dicen, no parecen decir: una obviedad que hay que recordar en estos tiempos. Y pese a estar expuestas a la manipulación, las palabras nos llaman para recobrar su significado. Todo esto lo digo para recuperar las palabras del presidente Andrés Manuel López Obrador, luego de que en su conferencia de prensa del pasado 24 de mayo hiciera unas declaraciones a propósito del neoliberalismo —del que hablaré más adelante—. Las declaraciones, como suele suceder con algunos dichos del presidente, causaron polémica y no se leyeron al pie de la letra sino según lo que cada cual quiso entender. Por eso vale la pena citarlas textualmente:[1]

Bueno, dicho esto, cuando se habla del modelo neoliberal yo he llegado a sostener que, si el modelo neoliberal se aplicara sin corrupción, no sería del todo malo. Es que se puede tratar del modelo económico más perfecto, pero con el agravante de la corrupción no sirve nada. Entonces, el fondo es ese, el que impera la corrupción.

Por amor a la precisión, como en otra discusión sobre términos y definiciones dijo Octavio Paz, diría que de la frase del presidente se pueden extraer dos conclusiones. Por un lado, que lo que en el fondo rechaza el presidente es la corrupción y no el neoliberalismo, pues este último no le parecería “del todo malo” si se aplicara sin la primera. Por otro, dado que la corrupción es lo que le parece más grave para una sociedad, el presidente considera que cualquier modelo económico —sea este el neoliberalismo o incluso el modelo “más perfecto” — no sirve si hay corrupción.

En ningún momento las palabras de López Obrador, como quisieron interpretar algunos, sugieren que el neoliberalismo es el modelo más perfecto, pero tampoco, como quisieron negar otros, muestran su total rechazo a dicho modelo. Sobre esto último hay que agregar que en esa misma conferencia el presidente no expresó desacuerdo con que las empresas sean las que administren la distribución del agua, pues a su juicio lo más grave es la corrupción. De nuevo, por amor a la precisión, cito textualmente:

Mi recomendación pues es que se tenga mucho cuidado. No, como dicen los académicos, no es malo per se el que una empresa administre la distribución del agua, lo que sucede por lo general es que hay corrupción. La variable, dirían los tecnócratas, corrupción es la que lo echa a perder todo.

Las palabras importan, pero parecen haber perdido su valor. Ya nadie empeña el honor en lo que dice. Se olvida que las palabras esconden realidad o, mejor dicho, no hay realidad posible sin ellas. “La realidad más allá del lenguaje no es del todo realidad”, escribió Octavio Paz, pues “realidad que no habla ni dice no es realidad”.[2] Pero como en estos tiempos las palabras se desprecian, pasemos a los hechos.

Hechos

A riesgo de que a algunos pueda parecerles abstracto —lo que esto quiera que sea—, hay que advertir que el neoliberalismo existe. Se trata de un programa intelectual, económico y político. Son dos las premisas básicas del neoliberalismo: primero, el supuesto de que el mercado es la mejor forma de organización técnica y moralmente, segundo, la preminencia de las libertades económicas sobre las libertades políticas. Así, el neoliberalismo plantea una serie de ideas acerca del Estado, la democracia, la superioridad de lo privado frente a lo público, y la naturaleza humana —según la cual, las personas no somos más que individuos egoístas que buscan maximizar sus propios intereses—.[3]

Según Fernando Escalante, la historia del neoliberalismo es historia de las ideas, pero también historia política e institucional. La historia es de sobra conocida. En 1938, ante lo que consideraban la amenaza del fascismo y el comunismo, un grupo de intelectuales —entre ellos Friedrich Hayek, Ludwig von Mises o Walter Lippmann— se reunió en París con el propósito de recuperar el liberalismo clásico. Eran años de guerra en Europa y una vez que ésta terminó el programa neoliberal no hizo eco sino hasta la década de 1970. Esta es la historia más conocida del neoliberalismo: toma el poder en Reino Unido y en Estados Unidos con Margaret Thatcher (1979) y Ronald Reagan (1981), respectivamente; sus economistas son laureados con el premio Nobel (Hayek en 1974, Friedman en 1976); y sus ideas se imponen en importantes universidades, particularmente en la Universidad de Chicago. Siguieron años en los que el neoliberalismo se expandió por todo el mundo hasta lo que se creyó su colapso con la crisis del 2008.

Y aquí estamos. Con la pandemia hoy en el mundo los pobres son más pobres y los ricos son más ricos. Y aunque la crisis económica surgida de esta tragedia mundial ha puesto en entredicho las ideas neoliberales, éstas no parecen más debilitadas que después de la crisis del 2008. En tanto, en México tenemos un gobierno que se dice antineoliberal —o al menos así llegó—, pero al mismo tiempo plantea que la privatización del agua no es mala per se. La pregunta, entonces, es si este gobierno realmente es antineoliberal.

Por honestidad intelectual no puedo negar que la administración del presidente López Obrador ha emprendido políticas sociales en beneficio de los más pobres, antes desprotegidos por los sucesivos gobiernos neoliberales. Ahí están, por ejemplo, el aumento al salario mínimo o el enorme gasto social en programas sociales destinados a poblaciones como adultos mayores, personas con discapacidades físicas y jóvenes con falta de oportunidades laborales y educativas. También se pueden referir el fin de la condonación de impuestos a grandes contribuyentes (que en los dos sexenios anteriores ascendieron a 366 174 millones de pesos) o la terminación de los jugosos contratos que ponían en manos de privados la administración de los centros penitenciarios.[4] Por no hablar de la propuesta de reforma a la industria eléctrica —pese a no haber sido aprobada—, la cual pretendía recuperar la rectoría del Estado en esta materia.

No obstante, más allá de estas acciones encomiables, es posible plantear serias dudas respecto a si las políticas de este gobierno han atenuado del todo los problemas del neoliberalismo o si en algunos casos incluso los han profundizado. ¿Los programas sociales han beneficiado a los hogares más pobres de México? ¿Pese al fin de la condonación de impuestos a grandes contribuyentes, esta administración está recaudando más impuestos que en anteriores sexenios?

La crítica histórica —como la llaman por ahí— del obradorismo al neoliberalismo hace hincapié en la lucha contra la corrupción, lo cual ha provocado que en nombre de esta bandera se eliminen algunos servicios públicos o programas sociales en lugar de corregirlos y mejorarlos. Pienso, por ejemplo, si detrás de la sustitución de las estancias infantiles por apoyos económicos directos a las familias está la idea de que los problemas sociales se solucionan mejor en la esfera privada; además de que acciones como esta perpetúan la carga de las tareas de cuidados en las mujeres. Y así se puede hablar de otros casos como la eliminación del programa de escuelas de tiempo completo, pues su presupuesto fue reorientado al programa La Escuela es Nuestra, el cual ha sido señalado por casos de corrupción.

Aquí surge otra duda. Si según la crítica histórica del obradorismo al neoliberalismo lo primordial es la lucha contra la corrupción, cabe preguntarnos qué se ha hecho al respecto y cuál es el legado obradorista en la materia. Están documentadas, por ejemplo, diversas irregularidades e ilegalidades que involucran a funcionarios de la Secretaría del Bienestar, los llamados súperdelegados y los servidores de la nación. Esto por no mencionar las acusaciones cruzadas entre altos funcionarios del gobierno como Julio Scherer Ibarra, otrora consejero jurídico del Ejecutivo federal, y el fiscal general de la República Alejandro Gertz Manero. ¿La lucha contra el neoliberalismo es la lucha contra la corrupción o cómo era?

El problema no es que el gobierno de López Obrador no haya frenado del todo al neoliberalismo, una tarea que se antoja titánica sólo para un sexenio cuantimás si en medio ha habido una pandemia y una crisis económica mundial. El problema es que desde el gobierno se ha decretado la muerte del neoliberalismo, una muerte que corean los partidarios del oficialismo mientras el neoliberalismo sigue ahí, inmune al coro.

Escenario

Vuelvo a Paz y vuelvo a las palabras. “Cuando una sociedad se corrompe”, escribió el poeta mexicano, “lo primero que se gangrena es el lenguaje. La crítica de la sociedad, en consecuencia, comienza con la gramática y con el restablecimiento de los significados.”[5] No sé si nuestra sociedad esté corrompida, pero sí que nuestra conversación publica está gangrenada. Las palabras poco importan y sus significados se deforman de acuerdo a la epopeya que unos se quieren contar o según la tragedia que otros dicen padecer. En este clima político todo es simpatía o rechazo al gobierno de López Obrador. No se puede hablar de los grandes problemas de México sin que a uno, de un lado de la tribuna, lo acusen de traidor o, desde el otro lado, lo instrumentalicen para confirmar la debacle que según ellos se vive desde el 2018. Este es el escenario de nuestra conversación pública.

El presidente López Obrador ha inundado nuestra conversación y nuestro lenguaje. Pareciera que en sus conferencias de prensa no informa, configura la realidad. Cuando el presidente dice que estamos asistiendo a una nueva época en la historia de México todos le creen, aunque para unos se trate de una épica y para otros de una catástrofe. Pero tiempos nuevos al fin. Como ya ha apuntado Jesús Silva-Herzog Márquez[6], nos hemos apropiado del vocabulario del presidente. Sus dichos definen la discusión pública, como si en ellos estuvieran los grandes problemas del país. Y así estamos muchos, escribiendo sobre lo que dice el presidente.

Se han vaciado los significados de las palabras en nuestra conversación. Y así nos va con el neoliberalismo, que se ha reducido a una consigna que sirve para señalar lo que desde sexenios atrás va mal. Se corre el riesgo de que los contornos del neoliberalismo se vuelvan tenues e irreconocibles, de modo que le sea más fácil ocultarse a pesar de que su esquela ya haya sido publicada en el diario oficial. Nos quedamos con lo que se dijo o lo que no, mientras la realidad material nos pasa por encima.

[1] Las palabras del presidente se pueden consultar en la página oficial de la presidencia de la República: https://presidente.gob.mx/24-05-22-version-estenografica-de-la-conferencia-de-prensa-matutina-del-presidente-andres-manuel-lopez-obrador/

[2] Octavio Paz. El Mono Gramático, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1996, p. 52.

[3] Sobre los rasgos esenciales del neoliberalismo y su formación como programa intelectual pueden consultarse dos trabajos de Fernando Escalante Gonzalbo: Historia mínima del neoliberalismo, El Colegio de México, Ciudad de México, 2015, y Así empezó todo: Orígenes del neoliberalismo, Cal y Arena, Ciudad de México, 2018. Sobre la idea de Estado que defiende el neoliberalismo, su relación con la democracia y sus nociones sobre la ciencia y la naturaleza humana, también del mismo autor, pueden revisarse: Senderos que se bifurcan: Reflexiones sobre neoliberalismo y democracia, Instituto Nacional Electoral, Ciudad de México, 2020, y Se supone que es ciencia: Reflexiones sobre la nueva ciencia económica, El Colegio de México, Ciudad de México, 2016. Aquellos que gustan más de las críticas históricas, que también la hay en los libros de Escalante Gonzalbo, sugiero revisar Rafael Lemus. Breve historia de nuestro neoliberalismo: Poder y cultura en México, Debate, Ciudad de México, 2021.

[4] Estos casos los explica detalladamente el presidente en: Andrés Manuel López Obrador. A la mitad del camino, Planeta, Ciudad de México, 2021, pp. 49-55 y 69-77.

[5] Octavio Paz. El laberinto de la soledad, Postdata y Vuelta a “El laberinto de la soledad”, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1999, p. 274.

[6] Jesús Silva-Herzog Márquez. La casa de la contradicción, Taurus, Ciudad de México, 2021.

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