De fantasías en fantasías: el mito del eterno retorno del PRI

Por Alonso Vázquez Moyers

Todas las naciones cuentan con una mitología, una serie de ideas, elaboraciones sobre el tiempo y el espacio y narraciones que le dan cohesión, identidad y, también, que marcan una especie de rumbo histórico. No son necesariamente falsas en el sentido más estricto. Hay sin duda muchas inercias en las formas sociales y, desde luego, políticas, que dan cuenta de cómo se ha construido la comunidad política, los valores centrales, las resistencias y posiciones, las particularidades en la lucha de clases (presente en toda sociedad capitalista) que cristalizan en formas jurídicas, instituciones y formas de resolver los conflictos.

En como cuentan esas historias está la manera en que cada nación entiende la problemática socio política y las reformas necesarias para alcanzar el progreso, que es el horizonte temporal contemporáneo. Sea para mantenerlo o, en todo caso, lograrlo, que implica romper inercias, trascender las ataduras históricas. Es esta también una fantasía, pero por ahora eso no importa.

La idea de la democracia contemporánea va atada a reformas jurídicas y de instrumentación de política pública. Hay una narrativa de por medio que hasta hace poco aparecía poco disputada. Los cambios, todos, buscaban afianzar un modelo social y político y dejar atrás el eterno retorno de lo idéntico: crisis económicas, inestabilidad financiera, inseguridad para la inversión. Un acento en lo económico.

Uno de los mitos mexicanos más poderosos ha sido, sin duda, el priismo. No es sorprendente, hasta hace relativamente poco ocupaba la presidencia de la República, gobernaba la mayoría de las entidades federativas y tenía en la clase empresarial, en la mayoría de los medios de comunicación y hasta en entidades extranjeras, aliados políticos.

Décadas atrás, había sido el partido de Estado, hegemónico, que monopolizaba el poder político formal, tejía alianzas con los medios de comunicación, el sector empresarial y controlaba, no sin ciertos vaivenes, a buena parte del sistema político.

El PRI significaba, en el imaginario nacional, una forma de hacer política: corrupción, dedazos, más corrupción, autoritarismo, obediencia, alianzas, y más corrupción. Y sin duda había todo eso. Eran las formas priistas de hacer política. Llama la atención que el PRI y el priismo se hayan estudiado y pensado como una curiosidad, como algo netamente mexicano; que la política priista era diferente a las de otros países. Volveré a esto más adelante.

Ya en los últimos años de la década de los ochenta y durante buena parte de los noventa, el significado de la democracia y el principal quehacer de la política formal mexicana era sacar al PRI del poder. No era el único derrotero, valga decir. El EZLN sacudió al régimen no por presentarse como una fuerza opositora electoral, sino por hacer evidente uno, que el gobierno no tenía control absoluto del Estado y dos, que la lucha política, en pleno nacimiento de la idea del final de la historia, también se hacía a través de la movilización, incluso armada.

Pero en el campo político electoral, la solución obvia era romper con la hegemonía del PRI. El primero (y segundo) gobierno de la transición mostró más continuos que otra cosa. Y no es raro, el PRI de los años ochenta era mucho más parecido a cualquier partido de centro-derecha que a un partido de Estado, aunque fuera las dos cosas.

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Hay que ser justos: cambiaron muchas cosas. La mayoría, para bien. Salvo la clase política, que siguió (y sigue) siendo la misma. Tampoco es raro. Como cualquier burocracia (la clase política es una burocracia), está compuesta por personas que ocupan distintos puestos, distribuyen el trabajo, ascienden en la jerarquía, aprenden y reproducen un orden, una manera de hacer las cosas.

Y sin embargo, aún a pesar del aparentemente exitoso retorno del PRI al poder, el pasado autoritario, decían, estaba lejos de volver. Las inercias subsistentes eran resabios, pero nada más. Ayotzinapa, por ejemplo, o La Casa Blanca.

Curiosamente, la política pública más atroz del siglo —la “guerra contra el narcotráfico— nunca fue leída como un continuo. Al contrario, las hipótesis más poderosas (mediáticamente, apoyadas por el relato oficial) marcaban una ruptura: en vez de negociar, como el PRI de antaño, les hacemos frente. Y luego vino Andrés Manuel López Obrador. Aunque menos que él, el movimiento que lo llevó y mantuvo en el centro de la discusión pública y, después, al poder.

López Obrador se formó en el PRI. Fue presidente estatal en Tabasco. Y, según un par de biografías[1], renunció a dicho partido porque buscaba imponer una política de austeridad en todos los consejos municipales.

Acaso su salto más sobresaliente en la arena pública lo dio cuando se opuso al Fobaproa, ya como presidente del PRD; aunque ya había ocasionado algún ruido antes, en protestas en los pozos petroleros en Tabasco y en la —así autodenominada— caminata por la democracia contra los resultados electorales que le dieron la gubernatura a Roberto Madrazo.

Ya como gobernante de la capital de la República, López Obrador se convirtió en el centro de la política mexicana y desde entonces, ha sido el actor político más relevante, cuestionado, admirado, atacado, escrutado de la historia reciente.

Los problemas del AMLO presidente son muchísimos, y ninguno de ellos es motivo del presente ensayo. Pero el problema más grande para la oposición, conversación pública y la mayoría de los académicos es que han construido un relato del eterno priismo de antaño. Ven al PRI de los años setenta en López Obrador, en sus formas, en el partido que fundó y logró ganar la presidencia y fincar un poder territorial impresionante. Es un argumento absolutamente falaz. Sin embargo, personalmente, no me sorprende.

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La narración de la transición a la democracia (no sólo en México, valga decir) suponía romper con una idea de pasado; fantasiosa, como todas. No sólo electoral, sino económico. Tanto, que incluso antes de que el PRI perdiera la presidencia en 2000, ya había sido trazada la senda de la modernidad, que cristalizaba en la economía de mercado y todas sus derivas; incluso, la manera de pensar a los partidos políticos, las y los votantes y los conceptos para el comportamiento electoral: útil, de castigo; todas extensiones de la racionalidad instrumental. Fue la era del auge de la democracia como las reglas del juego. Morena, podemos convenir, está en las antípodas; al menos, como idea.

Como el resto de las formas políticas y jurídicas, los partidos políticos tienen asimismo sus mitologías. Son ideas, también, que orientan y dan sentido al quehacer de sus militantes. La fantasía de Morena era, también, oponerse al PRI, pero al de la tecnocracia, que incluye también al PAN y a buena parte de las élites políticas, académicas, burocráticas y económicas. Han tenido éxito en imponer esa visión.

Se trata de un éxito que poco o nada tiene que ver con el PRI de antaño, salvo para el relato de quienes se han visto afectados por el actual gobierno, que son muchos. Es una specie de consuelo, al mismo tiempo que una explicación ad hoc. Que en la academia y conversación pública se insista con la idea de la permanencia del PRI otorga seguridad: sí sabemos que está pasando, aunque parezca que no. Uno de los grandes problemas de la academia, esa sí hegemónica, es que ha construido elaboraciones conceptuales aparentemente infalibles. De ahí que todo lo que se salga del modelo debe pertenecer a una sola categoría: populismo. Y si es latinoamericano, debe ser el regreso del pasado, un retroceso democrático.

Valga hacer un paréntesis: sí hay retrocesos democráticos en este gobierno. El más palpable lo acabamos de observar en el bastante cínico apoyo de las y los gobernadores de Morena a las y los candidatos para las gubernaturas. No es el único ni será el último. Hay en el ejercicio del poder permanentes tentaciones de ir más allá de las reglas. Especialmente cuando ir contra ellas permite construir un relato diferenciador: ellos contra nosotros. Del otro lado están incluso las autoridades.

Salvo por lo último, no es una característica de este gobierno, ni necesariamente un resabio priista; baste recordar, por ejemplo, la injerencia del entonces presidente de la República en la elección de 2006. Y, también, para salirnos de nuestro excepcionalismo, las acusaciones que en la elección presidencial de 2000 hizo Al Gore sobre el gobernador de Florida, hermano de quien al final fue declarado presidente de los Estados Unidos.

Volviendo al punto, en el relato de Morena, en la construcción de su poder, hay una disputa con todo el aparato del Estado; incluso, con toda la historia reciente. Pero se trata de una disputa distinta a la que gustan imaginar nuestros narradores políticos.

Fuente: PRI

Primero, porque Morena nació, a diferencia del PRI, como una forma de lucha por el poder político electoral, no como una estructura del Estado para mantenerlo. A diferencia del PRI, el poder territorial de Morena no se ha construido por medio del corporativismo. Y aunque en buena medida se han valido de ciertas estructuras caciquiles existentes, hay un trabajo de militancia y ciudadanía previo: la llegada a la presidencia de López Obrador se debió no al poder del Estado, sino a la movilización y al trabajo territorial, a la construcción de una red de apoyo que no se basaba en el intercambio, sino en la expectativa de la representación popular.

A nuestros narradores políticos no les gusta la idea de ciudadanía popular; porque se distancia de la racionalidad que supuestamente nos define a todas y todos. Tampoco les gusta la movilización como forma política, porque no apela al individuo, sino a las masas, estúpidas, manipulables y latinoamericanas según su propia mitología. Por eso resulta útil expresarlo en términos del priismo de los setenta, que controlaba a las masas a través de la demagogia, las dádivas y la movilización. Poco importan las dádivas de los gobiernos anteriores, porque tenían nombres jurídicos sofisticados: condonaciones, devoluciones de impuestos, concesiones mineras.

El mito del priismo latente es una reiteración del atraso que tanto molesta a las élites del país. El priismo es algo que sólo podría existir en México —como AMLO—, parecen sugerir: sui géneris, folclórico.

El símil es forzado, pero dice mucho de cómo piensan al país. Al menos Quadri tuvo la decencia de decirlo sin tapujos: ojalá que no existieran.

 

[1] Avilés, Jaime (2012) AMLO: vida privada de un hombre público. México: Random House; Gómez Blanca (2018) ¿Y quién es AMLO? Historia de un hombre enigmático. México [edición Kindle].

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