El 19 de junio de 1938, Giuseppe “Peppino” Meazza alzó su segunda Copa Mundial, después de haberla conseguido por primera vez para él, y para Italia, cuatro años antes. “Vencer o Morir”, le había dicho Benito Mussolini antes de la final en París. Fue la gloria antes del desastre. Un año después, Europa estaría en guerra. El escenario de esa gloria italiana, París, sería conquistada por los alemanes dos años después, mientras Meazza estaba lesionado y sin poder jugar al fútbol. No lo sabía, pero el de 1938 sería su último Mundial, y el último del reino de Italia.
Mientras la Blitzkrieg extendía la mancha nazi por Europa, el fútbol buscó mantenerse en el continente que lo inventó. En Inglaterra, sin embargo, las canchas enmudecieron. El Blitz y la guerra en el continente impidieron que la pelota rodara en Gran Bretaña, siendo el Everton el último campeón antes de un parón de 7 años, algo inconcebible en la actual Premier League.1 Lo mismo sucedió en la primera división de Francia, pues entre 1939 y 1945 no se disputaron partidos oficiales, siendo el Lille el primer campeón de la preguerra.

Sin embargo, el fútbol y la política siempre han estado unidos umbilicalmente. El poder ha buscado que el deporte sea, a la vez, una mecánica de realce del nacionalismo, que funcione como pegamento social, así como una exclusa, una válvula que expulse la presión contenida. El “Pan y Circo” romano fue reinventado en el siglo XX, especialmente a través del fútbol.2

El dictador alemán lo entendía, asesorado por aquel despreciable personaje: Joseph Goebbels. En 1936, Berlín fue la sede de los Juegos Olímpicos. Ese mismo año, el gobierno nazi propuso que Alemania fuera la sede para el Mundial de 1942, frente a las candidaturas de Argentina y Brasil. No lo lograron, pues el conflicto bélico iniciado en 1939 obligó a la FIFA a suspender, primero el certamen de 1942, y posteriormente el de 1946.

Detenido por la invasión alemana, el fútbol se volvió una forma de desentenderse de la brutal realidad.
El fútbol puede ser catarsis, especialmente en contextos bélicos. Basta recordar los partidos jugados en las treguas de la Primera Guerra Mundial. Pero en la Segunda Guerra, lo catártico se volvió, como todo, oscuro. Dos ejemplos, dos partidos, ambos en 1942. El primero tuvo lugar en la Kiev ocupada por los nazis. El fútbol ucraniano había vivido una gran popularidad en los últimos años, especialmente por las grandes temporadas del Dinamo. Detenido por la invasión alemana, el fútbol se volvió una forma de desentenderse de la brutal realidad. En los campos de prisioneros de Ucrania se congregaron hombres para jugar al fútbol contra los soldados alemanes. La victoria, sabían los ucranianos, podría resultarles cara. Así sucedió en agosto de 1942 cuando, después de vapulear a los rivales alemanes, el FC Start, compuesto por 8 jugadores del Dinamo y 3 jugadores del Lokomotiv, todos prisioneros de guerra, derrotaron al once de la Luftwaffe, 5 goles a 3. El destino de los futbolistas ganadores fue variado, algunos fueron torturados y asesinados por supuestamente pertenecer a la NKVD, la policía secreta soviética.3

El otro encuentro, en septiembre de 1942, fue el amistoso internacional entre Alemania y Suecia. Esta última se había mantenido neutral en la guerra, lo que permitió que el encuentro se llevara a cabo sin inconvenientes. El antecedente había sido la dura derrota de la selección alemana en abril de ese año, en un partido de exhibición en honor al cumpleaños del Führer. La derrota caló hondo en el líder alemán, quien promovió la realización de más exhibiciones contra países aliados, con victorias alemanas. Finalmente, la revancha se llevó a cabo en el Estadio Olímpico de Berlín frente a casi cien mil aficionados. El incentivo de Hitler para sus jugadores era la victoria o el envío al frente.
El equipo sueco, empero, estaba plagado de grandes figuras que, una vez terminada la guerra, se convertirían en auténticas leyendas del balompié nórdico, como Gunnar Gren y Gunnar Nordhal.4 El equipo escandinavo derrotó a los germanos por 3 goles a 2, con anotación final de Malte Martensson.5 Con el avance de la guerra y la retirada alemana, la promesa de Hitler llegó, pues algunos de los futbolistas que perdieron ese partido fueron enviados a la guerra. Entre estos se encontraba August Klinger, delantero de la selección alemana que murió en el frente oriental.6
Ese mismo año, Ottorino Barassi, el vicepresidente italiano de la FIFA, escondió el trofeo Jules Rimet en una caja de zapatos bajo su cama durante el resto de la guerra para evitar que los nazis lo confiscaran.7 La rapiña de obras de arte no era solo una afición del controversial Hermann Göring, sino que fue una actuación sistemática de la Wehrmatch. Incluso, este fenómeno tuvo un nombre en alemán: Raubkunst, que se puede traducir como “arte expoliado”. Los italianos, últimos ganadores del Mundial en la preguerra, tenían a resguardo el trofeo creado por Abel Lefleur, que representaba a Niké, la diosa griega de la victoria. El temor a que el Raubkunst arrastrara también a esta copa hizo que Barassi lo escondiera, y con razón, pues efectivamente los alemanes intentaron robarlo. Aunque, finalmente, este llegaría a manos teutonas tras la final de 1954; aunque por última vez, pues en la victoria alemana del Mundial 1974, el trofeo levantado fue el actual, realizado por Silvio Gazzaniga.
La devastadora guerra, que dejó alrededor de setenta millones de muertos, también impidió que la mayor competición deportiva del mundo se jugara en dos ocasiones, lo que implicó que, entre los mundiales de 1938 y 1950, pasaran doce años. Esto significó toda una generación perdida que no pudo disputar el torneo inmortal.
No es ociosa la pregunta, ¿quién se pudo haber llevado esos dos campeonatos?
No es ociosa la pregunta, ¿quién se pudo haber llevado esos dos campeonatos? Sin duda, Argentina es una opción, teniendo como base a “La Máquina” de River Plate, esa generación dorada que ganó diez títulos en la década de los cuarenta, con jugadores como Ángel Labruna, el Charro Moreno, Adolfo Pedernera y Alfredo Di Stéfano. O tal vez se hubiera consolidado un tricampeonato italiano, con Peppino Meazza al frente, pues también habían ganado los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. O seguramente la Uruguay del “Negro Jefe”, Obdulio Valera, y un joven Juan Alberto Schiaffino. En el 46, las generaciones de Brasil y Suecia pudieron haber aparecido, mismas que serían las finalistas del Mundial 1950, que significó el regreso, hasta ahora ininterrumpido, de la justa mundialista.
Textos de Ricardo Arredondo Yucupicio en la Revista Presente
- Ni el COVID-19 impidió que la Premier League siguiera disputándose, pues el Liverpool ganó la temporada 19-20 y el Manchester City la 2020-2021. ↩︎
- De esto da buena cuenta la serie documental Los entresijos de la FIFA (Daniel Gordon, 2022), que explora la relación histórica entre la institución rectora del fútbol mundial y el poder. ↩︎
- Santiago Siguero, “69 años del ‘Partido de la Muerte’”, Marca, 9 de agosto de 2011, en https://www.marca.com/2011/08/09/futbol/futbol_internacional/1312870663.html ↩︎
- Nordahl, leyenda del A.C. Milán, ganó cinco veces el Capocannonieri. ↩︎
- Francisco De Laurentis, “Alemania 2-3 Suecia: Cómo fue la ‘final’ de la Copa del Mundo de 1942, el torneo que nunca sucedió”, ESPN, 28 de marzo de 2020, en https://www.espn.com.do/futbol/nota/_/id/6800691/alemania-2-3-suecia-como-fue-la-final-de-la-copa-del-mundo-de-1942-el-torneo-que-nunca-sucedio ↩︎
- Miguel Ángel Lara, “Klingler, el gran goleador alemán al que se tragó el frente oriental en 1944”, Marca, 12 de diciembre de 2017, en https://www.marca.com/futbol/2017/12/12/5a2d1c9dca4741036f8b4582.html ↩︎
- Eduardo López, “La Copa Jules Rimet se esconde de la guerra en una caja de zapatos”, as, 22 de otubre de 2022, en https://mexico.as.com/futbol/la-copa-jules-rimet-se-esconde-de-la-guerra-en-una-caja-de-zapatos-n/ ↩︎

Ilustración de portada: Un balón con el símbolo de la esvástica nazi bañado de sangre. Autor: Pablo Toussaint







