Ilustración del balón "Allen", utilizado para los partidos oficiales del Mundial de la FIFA Francia 1938. Autor: Pablo Toussaint

Francia 1938

Por Patricio Urruchúa

Francia, 19 de junio del año 1938. El lugar y la fecha demarcan, entre otras múltiples cosas, la final del campeonato mundial de fútbol que Italia y Hungría disputaron en el Stade Olympique de Colombes, a las afueras de París. Tomando exactamente esa misma fecha y ese mismo emplazamiento geográfico, podemos precisar, también, otros acontecimientos. A tan solo 800 kilómetros de allí, por ejemplo, la sociedad española se encontraba sumida en una cruenta guerra civil y, a unos 1200 kilómetros, Austria sufría los efectos de la anexión producida el 12 de marzo por la Alemania de Adolf Hitler. 

Volksabstimmung und Großdeutscher Reichstag. Stimmsettel, 10 de abril de 1938. (Boleta electoral del 10 de abril de 1938): «Referendum e Imperio de la Gran Alemania; Boleta Electoral; ¿Estás de acuerdo con la reunificación de Austria con el imperio alemán que fue promulgado el 13 de marzo de 1938 y votas por el partido de nuestro lider, Adolf Hitler?; Sí; No», vía Wikimedia Commons

El entrecruzamiento de estos acontecimientos le otorgó al Mundial de ese año una textura singular que expresaba la paulatina expansión de la violencia a lo largo y ancho del continente europeo. Múltiples son los hechos que podemos recordar para afincar aquella expansión visible incluso en el propio campo de juego: la vestimenta completamente negra con la cual participaba la selección italiana en honor a los Camicie Nere, las ausencias de Austria y España por las razones ya mencionadas, e incluso el brutal partido que jugaron Brasil y Checoslovaquia por los cuartos de final conocido como La Batalla de Burdeos, a razón de los múltiples expulsados y las lesiones de gravedad que sufrieron jugadores de ambos equipos por la aparente permisibilidad del árbitro. Ahora bien, sugiramos dos preguntas precisas y puntuales que de estos hechos se desprenden: ¿Hasta dónde pueden convivir las dinámicas de la guerra con las dinámicas del fútbol? ¿Existe la posibilidad de una frontera radical que escinda una de otra? 

Silvio Piola (uniformado de negro) anota un tanto sobrepasando al portero Húngaro Antal Szabó en el minuto 16 del primer tiempo de la final de la Copa del Mundo de Francia 1938, poniendo a Italia adelante en el marcador, por 2 a 1.
«Finale de la Coupe du monde de football 1938 à Colombes, but de Piola à la 16e minute» (fotografía en prensa), L’Auto-vélo, 20 de junio de 1938, vía Wikimedia Commons

De arranque, y sin dar rodeos, nuestra respuesta es taxativa. El fútbol y la guerra se constituyen desde lógicas antitéticas, esto es, que se rechazan mutuamente. Para aludir a ello podríamos, quizás, apelar a una cuestión casi de sentido común que nos indica que en el fútbol nunca se juega nada serio. O dicho de forma más drástica, nunca se juega la vida. Por esa razón, el fútbol está siempre atravesado, primordialmente, por una relación amistosa. Se juega, se observa, se discute y hasta se pelea, sabiendo que, a fin de cuentas, todo ello resulta posible porque el rival nunca puede transformarse en un enemigo, pues ello implicaría la obliteración misma del juego y el desplazamiento hacia algún sitio ajeno al juego en sí mismo. En otras palabras, en el fútbol, ninguno de los contrincantes anhela la obtención de un triunfo definitivo, total, absoluto. Toda victoria es, simplemente, una invitación a una nueva partida, una apertura hacia nuevos enfrentamientos.

El fútbol y la guerra se constituyen desde lógicas antitéticas, esto es, que se rechazan mutuamente. […] en el fútbol nunca se juega nada serio. O dicho de forma más drástica, nunca se juega la vida. Por esa razón, el fútbol está siempre atravesado, primordialmente, por una relación amistosa.

De forma probable, al llegar a este punto, el lector habrá concluido rápidamente que el párrafo anterior está imbuido de cierto romanticismo, y en su imaginación se habrán construido miles de ejemplos donde la violencia y el fútbol se encuentran íntimamente imbricados. No niego que ello pueda suceder, pues la práctica misma del deporte admite cierto ejercicio de la violencia. Pero, sin embargo, se trata de un ejercicio que siempre está limitado, penado e incluso negado. Ello le otorga al propio juego una naturaleza radicalmente precaria y contingente que solo es posible en un escenario donde aquella posibilidad —la de la violencia— está constitutivamente negada. De esa forma, el fútbol no admite recetas definitivas. No existe algo así como la “fuerza” para pronosticar quién será el ganador. Aún más, no solo no podemos decir quién triunfará, sino que incluso puede lograrlo aquel que menos herramientas tiene y peor las utiliza. 

Vista aérea en blanco y negro del Estadio Olímpico de Colombes (Stade Yves-du-Manoir) en 1901, que sería sede de la final de la Copa del Mundo de Fútbol de la FIFA en 1938.
AN Paris, «Vue générale du stade de Colombes» (fotografía en tarjeta postal), 1901, vía Wikimedia Commons – Archives départementales des Hauts-de-Seine

Lo que se apuesta en la guerra es precisamente lo que nunca puede comprometerse en el juego, es decir, la propia vida.

La guerra, en contraposición, tiene siempre en su horizonte la victoria final que logre anular o suprimir a su enemigo. Eso le otorga un carácter totalizador. Su lógica lo inunda todo, sus gramáticas se desplazan hacia el más recóndito rincón de la vida comunitaria, anulando cualquier posibilidad ajena a sus dinámicas. Cuando ella comienza, el fuego de las armas suprime la propia posibilidad del juego, pues, como decíamos, éste supone la radical negación de la violencia. Lo que se apuesta en la guerra es precisamente lo que nunca puede comprometerse en el juego, es decir, la propia vida.

Tal vez una anécdota ocurrida en la final de 1938 sea razón suficiente para graficar la imposible convivencia entre las lógicas de la guerra y el fútbol. Según las crónicas de la época, el entrenador italiano Vittorio Pozzo recibió un telegrama de Benito Mussolini minutos antes de comenzar el encuentro. El mismo contenía solo tres palabras: “ganar o morir”.  Con esa fórmula, el dictador italiano expresaba un clima de época ciertamente desgarrador: la guerra lo invadía todo; y con ella, la propia posibilidad del fútbol se desgranaba. Luego del triunfo de Italia por 4-2, el arquero de Hungría, Antal Szabó, esgrimía el argumento más ajeno a las dinámicas del futbol que alguna vez se haya oído: “Nunca en mi vida me sentí tan feliz por haber perdido. Con los cuatro goles que me hicieron, salvé la vida a once seres humanos”.

El entrenador, Vitorio Pozzo, levanta la copa Jules Rimet en el Estadio Olímpico de Colombes, tras ganar la Copa del Mundo de la FIFA en 1938; a su alrededor se encuentran los jugadores del equipo nacional de Italia y miembros técnicos de la Federación Italiana de Fútbol. De izquierda a derecha: en la fila superior, Burlando, Biavati, Vaccaro, Pozzo, Piola, Ferrari y Colaussi. En la fila inferior, LocatellI, Meazza, Foni, Serantoni (en el suelo), Olivieri, Rava y Andreolo.
«L’équipe d’Italie championne du monde de football, le 19 juin 1938 à Paris.» (fotografía) Excelsior: journal illustré quotidien: informations, littérature, 20 de junio de 1938, p.3, vía Wikimedia Commons

Doce años debió esperar el mundo para que se celebrase otro mundial. Atrás quedaron miles de muertos y vidas desgarradas. A pesar de todo, la pelota volvió a rodar. Porque —y he aquí quizás la característica fundamental del fútbol—: la pelota siempre vuelve a rodar. En cualquier contexto y en cualquier lugar.


Textos de Patricio Urruchúa en la Revista Presente


Balón "Allen", utilizado para los partidos oficiales del Mundial de la FIFA Francia 1938. Ilustración: Pablo Toussaint

Ilustración del artículo. Balón «Allen», utilizado para los partidos oficiales del Mundial de la FIFA Francia 1938. Ilustración: Pablo Toussaint

Más artículos
Reseña del libro “El derecho como una conversación entre iguales”[1]