Reseña del libro “El derecho como una conversación entre iguales”[1]

Por Luis Octavio Vado Grajales

La intención de este texto es dar razones para leer la nueva obra de Roberto Gargarella, en clave mexicana. Aunque parezca paradójico, para logarlo, empezaré citando los primeros versos del poema “Conjertural”, de Borges:

Zumban las balas en la tarde última.

Hay viento y hay cenizas en el viento,

se dispersan el día y la batalla

deforme, y la victoria es de los otros.

Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.

Yo, que estudié las leyes y los cánones,

yo, Francisco Narciso de Laprida,

cuya voz declaró la independencia

de estas crueles provincias,…

Borges, improbable pero certero constitucionalista, delinea en estas pocas palabras el sentido profundo del constitucionalismo elitista que se desarrolló en América Latina, y que explica Roberto Gargarella en el libro que nos ocupa.

Sí, en México, tenemos mucho de ese constitucionalismo elitista, al menos de origen. Porque ese Laprida del poema, que desde luego imaginamos blanco, educado y terrateniente, así como la clase a la que pertenecía, tuvo muchos hermanos en todo el continente.

Esos Lapridas, lo digo con todo respeto para la figura histórica y sirviéndome solo del personaje del poema, veían a aquellos distintos, ya sea por cuestiones de piel, forma de vida o educación, como bárbaros. Pero ya sabemos, a estas alturas de la humanidad, que si le hubiéramos preguntado a los godos, los romanos hubieran sido los bárbaros.

Ese constitucionalismo poco ofrecía al pueblo. Mejor diré, poco ofrece, al pueblo, porque de entrada el término mismo le es incómodo, los efectos políticos le espantan, y además, no entra fácilmente en las categorías jurídicas que ha construido.

La forma clásica del constitucionalismo latinoamericano, recuerda Gargarella en este libro, retomando un tema que ha expuesto en “La sala de máquinas de la Constitución”, se da en tres matrices diferentes: el conservador, el liberal y el radical, fusionándose los dos primeros hacia finales del siglo XIX. En México, un poco pasó justamente así.

La primera razón para leer este libro es, pues, que compartimos el origen elitista de nuestro constitucionalismo.  Esto, más allá de los méritos que sin duda tenían nuestras constituciones históricas.

El Laprida que esbozó Borges en su poema, estuvo presente en toda América Latina.

La segunda causa para leer esta obra, en clave mexicana, radica en la visión diferente del constitucionalismo que presenta. Me explico: en nuestro país, parece dominante una cultura constitucionalista que comparte estos elementos:

  • Un cuadro robusto de derechos humanos, que fortalecidos por los que se encuentran en tratados internacionales, se ven mas como límites a las mayorías que como mínimos para una sociedad democrática.
  • Una justicia constitucional cuya función primordial, nos recuerda Story en sus “Comentarios sobre la Constitución Federal de los Estados Unidos” es la protección de los derechos, y sin la cual ningún gobierno es adecuado para una comunidad libre. Esencialmente contramayoritaria.
  • Una visión de la “democracia” más preocupada por (algunas) minorías y desconfiada de la toma de decisiones mediante la regla de la mayoría.
  • Una falta de mecanismos para lograr “colar” al pueblo en la discusión constitucional.
  • La priorización de textos, plumas y debates que nos vienen de Europa, con poca atención a lo que sucede en otros continentes o en otras tradiciones jurídicas.

Es cierto que la reconstrucción anterior admite matices. Sin embargo, me parece no estar muy lejano de la realidad; en todo caso, se trata de una descripción; esta postura mayoritaria acepta como piedra de toque, ya sea de manera expresa o implícita, ciertos presupuestos, como los siguientes:

  1. División de poderes, profundizada con el surgimiento de los órganos constitucionales autónomos, que retiran poder al Ejecutivo.
  2. Crisis de la democracia (representativa liberal) por culpa de políticos populistas, sin una precisión de este último término.
  3. Incapacidad de las mayorías para tomar decisiones en materia de derechos humanos.
  4. Asunción de que el concepto “pueblo” no es jurídico, sino político o sociológico, y por tanto, no encuentra espacio en el discurso constitucional.

Frente a esta visión existe otra, la que reivindica el poder de la decisión popular, recupera la noción de soberanía popular, y presenta como necesario el someter a la consideración mayoritaria  una amplia panoplia de temas.

Ahora bien, Gargarella propone una tercera opción: reconoce, por razones que muy bien se explican en el libro y que no pretendo resumir, porqué la visión del constitucionalismo tradicional de América Latina está rebasada y los problemas que, desde su diseño inicial tuvo, sobre todo, en cuanto a su raigambre aristocrática.

La propuesta de Roberto es un modelo de diálogo, lo que en alguna página llama conversación constitucional, en la que, idealmente, participen todas las voces que quieran hacerlo. Este planteamiento surge de estimar que la crisis de la representación política, así como de la división de poderes, requiere una solución por fuera de esas instituciones, y que lejos de buscarla en un modelo que potencie el elitismo o que implique una decisión dictómica (lo que llama la extorsión democrática), parte de considerar una discusión pública, en la que puedan participar todas las personas que tengan algo que decir, y lo hagan en pie de igualdad.

Así, la segunda razón para leer El derecho como una conversación entre iguales se encuentra en la posibilidad de conocer o profundizar en un modelo acerca del constitucionalismo y la democracia, que es distinto del dominante en nuestra cultura jurídica, así como del alternativo que se ancla en una visión de la democracia popular.

El tercer motivo que encuentro para leer desde México a Gargarella, radica en su análisis de la crisis de la democracia. No sé si existe en realidad una crisis de la democracia, o existía una crisis de la industria editorial que provocó la explosión de libros sobre la primera; en todo caso, pareciera ser que lo que se encuentra en cuestión es cierta forma de entender la democracia, no todas sus posibles manifestaciones.

Roberto, mediante el recorrido de las instituciones jurídicas que nos hemos dado, demuestra cómo ha existido una desconfianza hacia las mayorías. Por razones que se explican en el libro, se construyó desde los Estados Unidos de Norteamérica, y se adaptó de forma reforzada en nuestro subcontinente, una forma de desconfianza amurallada detrás de barreras tan fuertes como el presidencialismo, los partidos políticos, así como una cierta manera de entender a la justicia constitucional.

El voto quedó como única forma de participación.

Frente a esto, la pregunta es, ¿cómo podemos diseñar una democracia constitucional que tome en cuenta a la ciudadanía? La respuesta que se nos ofrece no se va por el camino de negar la representación política, tampoco por el de mejorarla, sino por el de complementarla con el modelo que ya he apuntado, lo que se presenta mostrando ejercicios dialógicos que abarcan distintos países, tales como Islandia, Irlanda o Argentina, que, diversos y con distintas suertes, tuvieron la virtud de obligar a un debate público de los asuntos, justamente, públicos.

En México tenemos mecanismos similares, incluso por mandato constituiconal. Así, los pueblos y comunidades indígenas, las personas adultas mayores o con discapacidad, tienen derecho a la consulta. Pero esta no puede ser un mero ejercicio de legitimación de lo ya resuelto, sino auténticos ejercicios dialógicos que permitan construir la decisión con las personas que van a vivir con ellas.

A final de cuentas, se nos recuerda en este libro, el objetivo principal es tomar una decisión imparcial, mediante la escucha de las personas que tienen interés en exponer sus ideas y opiniones, basadas en principios y no en meros intereses.

La cuarta razón para leer este libro en clave mexicana, radica en que plantea, algunas voces dirán, provocadoramente, que la crisis que nos aqueja es de la democracia, y no de los derechos. No porque estos estén conseguidos de una vez y para siempre, sino porque existe un desconcierto o descontento profundo con nuestra democracia real, en todo el subcontinente.

Este libro nos permite enmarcar de distinta forma esta discusión, a la vez que nos da las bases teóricas para crear, si me lo permiten decir así, un constitucionalismo de la escucha activa, en el cual existan mecanismos para que la ciudadanía opine y participe en decisiones complejas, que no son dicotómicas y que exigen una larga discusión, que nunca puede considerarse inacabada.

El modelo clásico al que hacía referencia al inicio de esta reseña ya no nos da lo suficiente para nuestras sociedades actuales. El multiculturalismo, la complejidad de la vida moderna, los modelos de producción, entre otros, nos reclaman un traje distinto. Digamos pues que el constitucionalismo clásico quedó desbordado, y que no debemos temer la discusión pública de los temas que son eso, públicos.

Hemos agotado el constituiconalismo-Laprida. Gargarella nos presenta otro mundo posible.

 

Pixabay

Semblanza del autor, Dr. Luis Octavio Vado Grajales

48 años. Doctor en Derecho. Profesor investigador de la Escuela Judicial Electoral, profesor de tiempo libre en la Universidad Autónoma de Querétaro, y de asignatura en la Universidad Iberoamericana; sus áreas de interés son justicia constitucional, derecho electoral y derecho procesal electoral. Twitter: @lovadograjales, blog: elconstituiconalista.blogspot.

Teléfono: 4423568440

Correo electónico: [email protected]yahoo.com.mx

[1] Siglo XXI editores, Argentina, 2021.

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