Mi desaparecido

Mónica Nuño

Me llamó para decirme que no me fuera a poner mal, pero que el Güero estaba desaparecido. Al instante sentí un dolor en el pecho, pero también comprendí que no debía hacer un drama en ese momento, porque mi familia necesitaba escuchar palabras de fortaleza. Los primeros días tenía la sensación de no querer estorbar, de ayudar como fuera posible a la distancia.

Desde el 23 de septiembre somos víctimas, como cientos de miles de familias en México. Es difícil que los demás puedan comprender el tipo de dolor que se sufre por un familiar desaparecido. He pasado semanas en estado de alerta y al mismo tiempo sintiéndome como idiota, como si soñara mientras estoy despierta. Me sentía incapaz de estar bien, a la vez que me decía a mí misma que tenía que pensar, pensar, pensar… pensar en qué hacer para ayudar a mi familia.

La percepción de la vida cambia por completo e, insisto, sabes que sólo los que lo han sufrido pueden entenderlo, porque a los demás los delatan sus primeras preguntas, como a qué se dedicaba el desaparecido o si no se estaba juntando con malas amistades. Quienes preguntan esto antes de cualquier otra palabra no entienden absolutamente nada, no entienden que el punto es que nadie puede tomar la vida de una persona como si fuera un objeto o peor que eso.

Por las noches, estando en cama, ya con las luces apagadas, en cada intento por dormir, al cerrar los ojos, pensaba  que de un momento a otro podrían entrar a casa y romper la puerta con unos marros y matarme. También soñé que peleaba para rescatarte. También desperté cinco ocasiones en una noche, porque el corazón se exaltaba tanto que el sueño se interrumpía. Pensaba: ¿en dónde estás Güero? Sólo una de esas noches antes de dormir, después de hablar con la Gorda, y mientras escuchaba Be yourself de Audioslave, que tanto te gustaba, sentí tu presencia de paz para decirme que me tranquilizara y que te ayudáramos a cuidar al Güerito. Todo esto pasaba en las noches, pero también hay más en el día, como pensar de qué modo te podremos encontrar y cómo podremos gestionar este dolor.

Quisiera entender la desaparición forzada a través de otras personas y recursos, como la literatura, la ley, los colectivos y los testimonios, porque tengo una necesidad de entender más sobre esta putrefacción social que vivimos, luego de que el destino me pusiera a escuchar la historia de otra peregrina del mismo dolor.

Doña Lupe fue a pedirnos orientación. Tiene a su hija desaparecida, dijo que se cumpliría por esos días un año de lo ocurrido. Dijo que sabía que el esposo de su hija estaba en cosas malas, como en un tono de querer disculparse por ir a pedir ayuda. A estos niveles, la incomprensión de la sociedad ha hecho creer a las víctimas que no tienen derecho y que son culpables de su calamidad. Dijo que tres meses antes de la desaparición de su hija habían matado a su yerno y que la mañana del día de la desaparición, su hija había ido a dejar a sus tres nietos a casa de una amiga para que le ayudara a cuidarlos. Las categorías del «a qué se dedica tu hijo o hija» y «si no tenía malas amistades» salen sobrando, “porque no es humano que en este mundo puedan ser tan malditos y llevarse así a mi hija.” Asentí con la cabeza viéndola a los ojos. Doña Lupe no tiene estatus migratorio y le duele no poder ir a México a pedir información de su hija a la Fiscalía. Su otra hija, de 21 años, ha ido a preguntar qué pasa con la carpeta de investigación, pero no le hacen caso. Ella, como yo, quiere hacer algo desde acá para ayudar a su familia. Dijo que quizás su hija podría estar muerta en el desierto o prostituida en el norte, como le había pasado a algunas de sus vecinas, o que quizá su cuerpo estaba en la frontera, al haber intentado cruzar a los Estados Unidos. Para ella se trata de la esperanza de dar con el cuerpo de su hija. Doña Lupe preguntó qué se podía hacer desde el Gringo para pedir información al gobierno sobre los avances de la búsqueda. “Pues, sí, somos un país de desaparecidos y migrantes, deberíamos tener un mecanismo bien estructurado”, pensé. Agregó al final que esperaba que no se hubieran llevado a su hija al cerro de los narcosacrificios. “¿De los qué?” “Sí, de los narcosacrificos ejecutados por los narcosatánicos, que tienen una cultura de adoración a la Santa Muerte”, reafirmó. Después de un silencio, reaccioné y pensé que sería buena idea el mecanismo de atención a migrantes indocumentados con familiares desaparecidos para que puedan ver las carpetas de investigación vía electrónica, pero que igual valdría para pura mierda, porque en México ya hay grandes diseños legales y la sociedad sigue podrida.

Güero, somos cientos de miles así y recientemente salió en redes sociales el video de un perro callejero que caminaba en la noche por una banqueta, sosteniendo una cabeza humana con el hocico. Casi es Halloween y las personas cuestionaban la veracidad del video, en tono burlón. Eso ya no importa, porque en México es posible. Me pregunté qué sentiría la madre de la persona de la cabeza. Quizás está agradecida y prefiera el costo de la burla por haber dado con su hijo en las fauces de un perro que haber esperado a los policías del grupo de búsqueda, que entregan los cuerpos al forense donde hay un atraso de miles de cuerpos por identificar, más las decenas que se acumulan cada semana.

Anhelamos encontrarte pronto, hermano.

 

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