Contra la autoridad

Pablo Toussaint

Desesperado ante la ausencia de ideas originales, cualquier ser pensante ha de decantarse por una de dos vías que orienten su camino: rendirse ante el desasosiego de la desesperante incapacidad humana de controlar aquello que nos controla (entiéndase, nuestra propia materia gris), o rendirse ante el mundo en contemplación de aquello que, en su infinita complejidad, es capaz de suplir cualquier carencia que podamos encontrar en nosotros mismos. En el espíritu de estas palabras, hemos decidido hacer honor a la segunda vía, la de la observación más heterogénea, más plural, más paciente y más libre: la contemplación misma de todo lo que, como simples espectadores en un universo de fenómenos, podemos llegar a entrever a través de una mirada curiosa e interesada.

Cualquier contemplación, por más mínima que sea, se topará con el antagonismo —o el protagonismo, en algunos casos— de las contemplaciones pasadas. La existencia en el vacío pertenece en exclusividad a las estrellas y a los demás entes cósmicos, los cuales, no obstante, no existen —en lo que a los seres humanos compete— mas que en un vacío físico, independiente y separado del vacío de significación, reservado para todo aquello que aún no ha sido creado ni pensado.

Toda contemplación supone un chapuzón en aguas heladas y oscuras, un salto con los ojos cerrados, una ligereza como la de la hoja que es llevada por el vendaval. Toda inmersión en el pensamiento del mundo comprende una inmersión en el mismo: una claudicación de la voz misma ante algo que es más grande —porque no es independiente— que todo aquello que podamos llegar a expresar. De esta forma, no sería injusto considerar una contemplación como una empresa banal, incompleta: una mera impresión de los sentidos ante una fortaleza impenetrable.

¿Por qué, entonces, llevarla a cabo? ¿Por qué sumergirse en un mar sin fondo? ¿Por qué atreverse, como Aquiles, a no alcanzar nunca a esa “velocísima” tortuga? No atreverse a responder sería desviarse de aquel camino elegido, resignarse al estatismo; suponer, como Zenón, que el movimiento no existe, que el cambio es sólo una ilusión de los sentidos, y que, en efecto, pese a lo que podemos observar, Aquiles nunca llega a alcanzar a la tortuga. El ávido lector de estas palabras habrá notado —con la agudeza que le corresponde— la ausencia de una respuesta; la indecisión por encontrar la satisfacción a las cuestiones planteadas; en resumen, la cobardía en la encrucijada. La realidad no dista demasiado de esta apreciación: el temor al paso en falso, la inoperancia de los conceptos y —sobre todo— la caducidad de las ideas, detienen el fluctuante y acelerado movimiento de los ojos, las sinapsis cerebrales se entrecruzan y las palabras salen tenues, como el sol en las mañanas con niebla. Y, no obstante, el sólo hecho de escribir resulta ya una declaración de intenciones.

Desafortunadamente para el pensador indeciso, las intenciones, por bien orientadas que estén, no implican una respuesta, pues no existen como elementos sobre los que podamos ejercer un juicio si no van acompañadas de un acto —ya sea propiciado por o relacionado con éstas—, en tanto que es el acto el que las revela ante nosotros. La respuesta, sin embargo, no necesita ser nuestra. Ya en su Metafísica, Aristóteles responde a nuestra interrogante: “Por naturaleza, todos los hombres desean saber”.

Pero el filósofo sabía que el saber no era suficiente si permanecía oculto; además de la contemplación, era imperativa la traducción de este proceso de ordenamiento de las ideas a la palabra escrita, es decir, de la verbalización precisa de lo comprendido, del conocimiento profundo de los conceptos: del mundo mismo. Pero, siendo tan vasto, el mundo es inabarcable desde cualquier perspectiva que no sea reduccionista; y, aun así, no podemos dejar de observar cierta esencia del mundo en expresiones tan breves como la palabra poética, en la sabiduría popular o en los aforismos, sentencias, máximas, y hasta en las citas famosas que se repiten hasta la saciedad, o en otras más oscuras que algún alma caritativa rescata de la penumbra de los libros cerrados durante mucho tiempo. En esta línea, el escritor indeciso puede refugiarse en las palabras de un tweet reciente de Margot Rot, que decía: “se escribe desde el ímpetu, porque las ideas son siempre las mismas, pero nunca brillan con la misma intensidad”; también podría recordar las palabras de un buen amigo que, hablando de un libro que le había parecido demasiado corto, me comentaba, con cierta sorna, que el autor de aquel refrán de “lo bueno, si breve, dos veces bueno” no tenía razón alguna.

Esta píldora de sabiduría aparentemente popular por ser tan conocida no pertenece sino a Baltasar Gracián, epígono de la literatura más dorada en lengua española y, probablemente, uno de los hombres más ilustrados (sin el matiz dieciochesco, pues era del XVII) de su época. Gracián, como muchos otros autores, no es más que un grano de arena en el incalculable edificio del saber humano; su nombre se resbala de la boca con facilidad y, no obstante, su obra más conocida es, sin lugar a dudas, una apreciación tan breve como buena —si le hacemos caso a él—, o inexacta —si hacemos caso a mi amigo—. Como constructor de edificios de conocimiento, Gracián escribió monumentos a la lengua de Cervantes (que también era suya) y a la poesía; sus contemplaciones sobre la naturaleza humana, así como sus elucubraciones sobre el arte del ingenio, dan para confundir a hordas de estudiantes de literatura de forma tan desmesurada que, parafraseando aquella respuesta tan brillante de una participante en un concurso de belleza, no sería descabellado adjudicarle “la invención de la confusión”.

Gracián, al igual que los grandes eruditos de ayer y hoy —e incluso todos los no eruditos que, como quien entrega estas palabras al papel, pretendemos la escritura y el razonamiento desde una aparente seriedad—, se contempla a sí mismo y a su obra como consecuencia. Decíamos unos párrafos arriba que toda contemplación está destinada a encontrarse en ese no-vacío histórico de contemplaciones previas. Toda meditación sobre lo exterior se ve indefectiblemente empapada de ello, de la misma manera que toda meditación sobre lo interior sufre de las humedades de las primeras personas. Todo gigante no es más que un enano sobre los hombros de un gigante, y así, como mantra, ad libitum.

Lo que se puede sacar de estas palabras es una verdad tan conocida y, aún así, tan ignorada fuera de ciertos ámbitos, como que no existe conocimiento fuera del conocimiento, ni razonamiento fuera del razonamiento; que todo lo que pensemos tiene una simiente, y que lo que no se encuentre bien cimentado desaparecerá al pasar la duda como lo hace el polvo con las más mínimas ráfagas de viento. Pensamos en la desinformación (vocablo maravilloso) que plaga nuestra actual existencia hiperconectada, y que no es más que una consecuencia de la presente situación de miopía cerebral en la que el pensamiento se entiende como algo aislado, carente de referentes intelectuales, abocado al retorno a la primigeneidad del instinto y a la romantización del empobrecimiento como molde de la cultura. La desinformación es la ilusión facilista del proceso cognitivo y el destierro de la idea de “autoridad” por cuestiones nominalistas.

Con el fin de no ser malinterpretados, hemos de aclarar: esta autoridad a la que nos referimos ya no es la auctoritas latina y escolástica, ni debemos asignar este término al conjunto de personas que ejercen el control político y social. La autoridad no viene vestida de traje ni con chaleco antibalas y pistola al cinto, ni se aparece rodeada de un halo de santidad o de las credenciales de la oficialidad institucional. No se trata de esa autoridad que no pide perdón, ni de una aparente casta de seres elevados dotada de una conexión más pura con las esferas superiores. La autoridad no es la que ocupa el cargo más alto de acuerdo con un programa de promoción interna, ni gracias al voto de una mayoría más o menos informada. La autoridad que defendemos es la que no se sostiene en la persona ni en la institución sino en el contenido: en las palabras.

En esta línea, recuerdo vivamente una escena de una de tanta películas apocalípticas que vieron la luz desde el cambio del milenio, en la que ante la pregunta de uno de los invasores alienígenas sobre el líder humano con el que debía reunirse, una mujer, contraviniendo el protocolo, descarta llevarlo con el presidente de Estados Unidos, y concierta una cita con un reticente científico y premio Nobel quien, por azar, se encuentra escuchando una pieza de Bach cuando recibe al extraterrestre en su sala de estar. Más que por la redefinición del concepto de líder, la escena me marcó profundamente —pese a la flaqueza narrativa del guion de la película—, porque este ser ajeno a nuestro planeta y sus costumbres decide que vale la pena salvarlo gracias a la música que escucha en ese momento.

Definitivamente podemos tener más seguridad en una fuga de Bach que en casi cualquier otra estructura —ya sea política, económica o social— que se haya creado en este mundo y, sin embargo, entendemos perfectamente que, pese a tratarse de (probablemente) el más excelso compositor del que tengamos noticia, la autoridad del Kantor se encuentra en su música, no en su gestión de conflictos interplanetarios. Ante una invasión extraterrestre, si Bach siguiese vivo, la única razón para enviarlo como emisario sería en calidad de intérprete de sus obras, pues la autoridad de Bach, como creador de un producto, que podríamos denominar intelectual, se encuentra en ese producto.

Como la música en Bach, la fortaleza de la autoridad (en tanto que autoridad creativa o intelectual) reside en su capacidad depositaria, en su sentido arácnido (en tanto tejedor de redes interconectadas); y aún así, parece necesario replantear la cuestión por completo y desmontarla para darle sentido. Volviendo a Aristóteles, para él (autoridad como pocas), la autoridad reside en el principio de legitimidad; si bien hemos de conceder que el rechazo a este concepto, cada vez más arraigado en la sociedad en general, tiene que ver, no solamente con la apatía ni la estupidez (siempre presentes, no obstante), sino con la deificación de los nombres, la legitimidad como encumbramiento de las figuras. Y aún así, los jóvenes intelectuales de hoy en día todavía queremos ser la próxima copia mal escaneada de un Aristóteles bien digerido por 2000 años de cultura occidental; filósofo que, habiendo escrito hace más de dos milenios, sigue siendo causante de más derramamiento de tinta para impresora que cualquier pensador moderno.

No refutamos —porque sería idiótico hacerlo— la necesidad de la segmentación y de la catalogación como herramientas de aproximación al conocimiento; al fin y al cabo, sería imposible acceder a él si los libros no pudiesen ser distinguidos por su título y su autor. Refutamos, no obstante, la idea del conocimiento como elemento democrático, pues la autoridad no lo es. Si el llamado a la eliminación de la autoridad (política, social, etc.) puede ser considerado promoción de valores antidemocráticos; el llamado a la eliminación de la autoridad del conocimiento es lo que necesita éste para democratizarse. No hablamos aquí del destierro de Gracián, Aristóteles o Bach al olvido —¿Por qué haríamos tal cosa? —, ni de la desaparición de la filosofía aristotélica o de las artes de ingenio y de la fuga; hablamos de la extinción de la propiedad de los conceptos, de la propiedad del conocimiento.

No es difícil encontrar la relación etimológica entre autor y autoridad y, por lo tanto, sabemos que lo que planteamos no es nuevo, dista demasiado poco de Barthes y su “muerte del autor”, pero, a diferencia de ésta, no está interesada en su aspecto literario. El autor, en tanto que autoridad, sería para nosotros no un antagonista —porque necesitamos autores, somos autores—, sino una voz que opaca la voz del texto si busca prevalecer sobre él. Cuando el autor es más importante que el texto, este último perece. Y, aún así, un autor es importante solamente por la obra que produce (olvidemos —si es posible— la producción “literaria” o “intelectual” de personalidades que, por serlo, encuentran relevancia en el mundo de las ideas no platónico); un autor es tan grande como sus textos, como sus ideas, como sus palabras; pero las palabras, las ideas y los textos son capaces de muy poco si están sujetos a un nombre que los domina y los posee con el yugo académico de la pertenencia.

Resulta claro que lo que aquí decimos no es más que una aparente contradicción, pues no concebimos el conocimiento sin autores ni autoridades —por lo menos no el conocimiento de calidad que nos permitiría, sin caer en positivismos, buscar alguna versión de su progreso—, ni concebimos que ésta sea la vía definitiva: un cierto tipo de anarquismo del saber. La cuestión que buscamos contemplar aquí no es más que una batalla milenaria entre el elitismo intelectual y el deseo de adquisición del conocimiento de los meros mortales; una suerte de aproximación hacia una divinidad inventada, manida e inflada por los nombres que busca en ellos el baluarte de su impenetrabilidad. Destruir la autoridad y abrazarla al mismo tiempo es la contradicción con la que debemos contemplar nuestra existencia como seres conscientes en un mundo en busca de nuevas formas de saber. Destruirla como concepto que nos impide acercarnos desde nuestra infinita limitación a lo que, en definitiva, no lograremos aprehender de forma plena; abrazarla como huella en la que se reflejan los caminos seguidos y por seguir en una búsqueda constante por no rendirse ante el desasosiego del infinito desconocimiento y la totalidad de la duda.

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