El paisaje va cobrando sentido

Por Isabel Garibay Toussaint

Paisaje es una palabra que encontramos inmersa en nuestras conversaciones cotidianas; es común llegar a lugares con vistas hermosas y exclamar: ¡qué lindo paisaje! Pero a la vez, el paisaje es un concepto abordado desde diversas disciplinas, tanto por la arquitectura, la literatura, la música y la pintura, como por la antropología y la geografía. El paisaje es algo físico, algo que podemos observar y apreciar, pero también es algo que podemos leer y nos habla de la historia y los procesos que ha vivido un lugar, región, espacio o territorio. Desde la geografía, podemos encontrar diversos autores que han decidido trabajar el paisaje, por ejemplo, el autor Yi-Fu Tuan[1] —geógrafo y académico— propone que, al momento de leer el paisaje, debemos de involucrar los sentidos, las percepciones, las emociones y la diversidad cultural.

Si bien es cierto que categorías como “paisaje” se utilizan dentro de la academia, no podemos negar que la noción de paisaje es algo que se encuentra presente en gran variedad de culturas, sociedades e idiomas. Incluso, si buscamos dentro de un diccionario común —el primero que nos bote un buscador de internet— podemos leer que las definiciones pululan sobre la observación, la apreciación o la admiración; pero ¿dónde queda la historia, los significados y los sentidos que involucramos al encontrarnos dentro o frente a un paisaje? Cuando los académicos hablan sobre el paisaje, desde sus diferentes trincheras, consideran fundamental definirlo. El catedrático y geógrafo Eduardo Martínez de Pisón argumenta que el paisaje es “una estructura y una morfología territorial identificada como tal con cuerpo, profundidad y volumen, con dinámica y con funcionalidad, con valores objetivos y subjetivos. Un orden material y un objeto de conocimiento para comprenderlo, disfrutarlo, ponderarlo y administrarlo”[2] (pág. 408).  Es decir, que el paisaje no es simplemente algo que nos sentamos a contemplar cuando vamos por la carretera o de excursión, o simplemente algo que se pueda pintar o retratar.

El paisaje es algo mucho más profundo, ya que los seres humanos lo habitamos y lo hemos hecho por milenios. Lo hemos utilizado, disfrutado y transformado directa o indirectamente. Teniendo esto claro, Tuan nos permite entender e indagar cómo conocemos el mundo a partir de los sentidos y nuestro contexto cultural. El autor argumenta que es necesario comprender cómo los seres humanos percibimos y organizamos el mundo, así como los sentimientos que nos generan ciertos espacios o, en este caso, paisajes. Propone que desde la geografía estudiemos las acciones constantes e históricas que generamos en el paisaje, partiendo desde el entendimiento de que éstas vienen de una constante interacción entre seres humanos y entornos dentro de un paradigma subjetivo.

Tuan plantea la posibilidad de que existan maneras distintas de valorar estos entornos de acuerdo a los valores culturales de cada contexto; por lo tanto, es necesario entender los significados que asignamos a estos entornos, así como la historia que ha tenido lugar en ellos, partiendo de los sentidos y de lo que utilizamos para describir lo que percibimos del paisaje: los colores, por ejemplo, los olores, los sonidos; y desde nuestra ontología y epistemología, es decir, desde cómo conocemos, cómo categorizamos y cómo relacionamos todo lo que nos rodea.

Es en este momento en el que el etnocentrismo —en palabras de Tuan, la expresión colectiva del egocentrismo— cobra sentido, ya que construimos nuestra idea del mundo, del entorno, de lo que nos rodea desde el “yo”, para posteriormente —y a mayor escala— construirlo desde el “nosotros”. Yi-Fu Tuan argumenta que todas las culturas —en diferentes niveles y en distintas formas— somos etnocentristas. Pensamos que la manera en la que percibimos en mundo es la única, la verdadera y la correcta, lo cual suele provocar choques epistemológicos fuertes cuando una idea del mundo se antepone a otra.

Este es un elemento fundamental que considerar al momento de leer el paisaje. Me gusta pensar en mi caso particular, en cómo entendí lo anterior desde mi ser de la Ciudad de México, específicamente con el paisaje familiar “más allá de los edificios”, que eran los volcanes; primero el Iztaccíhuatl y luego el Popocatépetl (leídos de izquierda a derecha). Recuerdo que en los días despejados, cuando mi papá me llevaba a la escuela por el distribuidor vial (o segundo piso del Periférico), siempre me decía: ¡mira los volcanes, están nevados! Recuerdo apreciar el amanecer desde algún punto alto de la ciudad, ya que detrás de ellos salía el sol y era lindo recordar esa historia en la que el guerrero muere porque su doncella, al pensar que él había caído en batalla, se quita la vida, y así él, esperando a que despertara, junto a ella se convirtió en montaña, en volcanes.

Una vez que me mudé a Puebla, no sólo se invirtió la lectura de este paisaje en donde ahora, primero estaba el Popo y luego el Izta, y en ellos podía ver hermosos atardeceres y emocionarme cada vez que amanecían nevados, incluso, al vivir en Cholula, podía sentirlos más cerca y escuchar cómo los vidrios retumbaban cada vez que el volcán, activo ya desde hace varias décadas, hacía erupción; sino que al hacer trabajo de campo en las comunidades cercanas a los volcanes, la lectura dejó de ser sobre lo que mi ontología me permitía ver: montañas o volcanes con un romántico mito detrás.

Al escuchar a la gente local hablar de ellos no sólo dejé de verlos como volcanes sino que adopté sus nombres para referirme a ellos: Don Goyo o Gregorio Chino Popocatépetl era el volcán, mientras que doña Rosita o Iztaccíhuatl se convirtió en la volcana. Me di cuenta que la historia era mucho más compleja que la “leyenda” que se nos narraba en los libros de la Secretaría de Educación Pública (SEP), parecida a la conocida tragedia de Romeo y Julieta de Shakespeare pero con protagonistas prehispánicos. Se trata de un drama mucho más complejo que involucra celos, una lucha de hermanas entre Rosita Iztaccíhuatl y La Malinche (ubicada en el estado de Tlaxcala, vecino a Puebla) por conquistar a Gregorio Chino Popócatépetl, desamor y, en ocasiones, otros volcanes —como el Pico de Orizaba— aparecen en la jugada; incluso, las historias cambian dependiendo del pueblo, ya que en Ozolco (comunidad que se encuentra a las faldas del Iztaccíhuatl) doña Rosita es víctima de la malvada Malinche, mientras que en los pueblos de Tlaxcala se dice que la canija fue la Rosita.

Pero esto no fue lo más impresionante, pues, para la gente de estas comunidades, don Goyo y doña Rosita no son únicamente volcanes imponentes y que en cualquier momento pueden hacer erupción y achicharrarnos a todos, sino que don Chino Popocatépetl suele aparecerse a las personas como un anciano, con un sinfín de peticiones y hostigamientos hacia los tiemperos de la comunidad. Su cumpleaños es el 12 de marzo y este día los habitantes de las comunidades suben a festejarlo, le llevan mole, ruta y alcohol. La banda le toca las mañanitas y lanzan cuetes para celebrarlo. De igual manera doña Rosita, la volcana, es una joven bella, con su propia fecha de cumpleaños —el 30 de agosto—, a quien no le gusta fumar porque se le quema su cabello; le encantan las frutas acuosas —como la sandía—; y, al igual que a su compañero, le gusta hostigar y “rayar” a los tiemperos para que cumplan sus demandas a cambio de regalarles agua y buenas cosechas.

Pienso que este ejemplo es perfecto —o por o menos lo es para mí— para entender lo que Yi-Fu Tuan nos dice. Sí, es necesario leer que el Izta acaba de perder su último glaciar cuyo deshielo surte de agua a gran variedad de comunidades; que el Popo ha hecho grandes erupciones y, en época prehispánica, enterró y devastó pueblos enteros, como Tetimpa. También es necesario ver que varias comunidades agrícolas-campesinas se asientan en sus faldas; ver Paso de Cortés, el turismo y la preciosa Ermita del Silencio que un sacerdote catalán construyó. A la vez, hay que complejizar la lectura que le damos al paisaje y entender la gran variedad de percepciones e intereses que se sobreponen; en ese caso, a lo largo de este paisaje se encuentra la lucha contra el Proyecto Integral Morelos (PIM), el cual busca crear un gaseoducto que atraviesa este paisaje y los territorios que lo conforman, dejando ya varias desapariciones y muertes de activistas. Asimismo, existen luchas contra la extracción de agua por empresas como Bonafont, en las que cientos de habitantes de Puebla han tomado las instalaciones de esta empresa para frenar el robo y embotellamiento del agua de las personas, pero a la vez, dejando sin empleo a cientos de otras personas.

Sí, hay que buscar una imagen completa del paisaje y leerla a profundidad, pero al mismo tiempo hay que escuchar al paisaje y lo que las diferentes personas y culturas que lo habitan tienen que decir de él. La lectura que hagamos del paisaje es importantísima, pero también lo es la lectura que hagan otras personas, las personas que forman parte de él; y debemos entender que, como menciona Tuan, todas las lecturas de este son igual de importantes y valiosas. Mientras más lecturas escuchemos y observemos, más complejo se volverá este paisaje; los nudos que conforman su historia probablemente se irán desentramando; no podemos olvidar poner atención a todos los sentidos y entender que el paisaje no es algo que sólo se observa, sino algo que se oye, se huele, se siente y se vive.

Pixabay

[1] Yi-Fu Tuan, Topofilia, Melusina, Santa Cruz de Tenerife, 2007.

[2] Eduardo Martínez de Pisón “Saber ver el paisaje”, Estudios Geograficos, 71(269), 2010, p. 408.

Más artículos
Estado, derechos y pandemia: una mirada desde la experiencia argentina