La marcha del 27 y la rebelión plebeya

Por Jacques Coste

Son las siete y fracción de la mañana del domingo 27 de noviembre. Inicio mi camino, a pie, desde la colonia Nápoles hacia la marcha organizada por el presidente López Obrador para celebrar el cuarto aniversario de su gobierno y, sobre todo, para mostrar músculo ante la manifestación en defensa del INE que se llevó a cabo el pasado 13 de noviembre.

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Desde la colonia Roma y, sobre todo, aproximándome a la Zona Rosa, veo más y más camiones, de los que bajan manifestantes para iniciar su camino hacia el Ángel de la Independencia, desde donde arrancará la marcha. Los vehículos tienen letreros que indican la procedencia de los asistentes: “Guerrero con AMLO”, “Michoacán es obradorista” y así sucesivamente.

Escucho a un periodista entrevistando a un contingente que acude a la manifestación con trajes típicos. No alcanzo a distinguir de dónde proceden, pero alcanzo a oír que uno de sus miembros comenta que “acuden a la marcha para apoyar al primer gobierno indigenista de México”. Sigo caminando. Veo más y más camiones. Me llama la atención cómo las autoridades capitalinas brindan apoyo vial y facilitan la llegada de los vehículos. Incluso, les proporcionan indicaciones a los conductores para que se estacionen con mayor sencillez.

Llego a Paseo de la Reforma, a la altura de la Embajada de Estados Unidos en México. Me reúno con un buen amigo, con el que decidí asistir a la marcha para observarla y analizarla. “Hay un chingo de gente”, nos dijimos. En efecto, la multitud no hace más que crecer.

A ambos nos llama la atención que es notoria la presencia de “acarreados”: servidores públicos llevados allí a rastras, sindicatos afines al gobierno, organizaciones cercanas a liderazgos de Morena y un largo etcétera. Pero también distinguimos la presencia de muchos manifestantes que están ahí por voluntad propia, con entusiasmo, con ganas de mostrar su respaldo al presidente y con mucha experiencia en movilizaciones sociales previas —se les percibe cómodos, tranquilos, acostumbrados—. Se puede ver que varios de ellos han acompañado al presidente en sus movilizaciones desde hace lustros: primero, como opositor; ahora, como mandatario. Es más, escuchamos a una mujer, ya entrada en años, comentar: “Me recuerda a la [marcha] del desafuero. Sentí la misma vibra. Creo que somos muchos otra vez”.

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Comentamos otro rasgo notorio, tras apenas unos minutos de estar ahí: la amplia presencia de adultos y adultos mayores, y la escasa asistencia de adolescentes, jóvenes y adultos jóvenes. Mi colega me dice: “También en la del INE [la del 13 de noviembre] había pocos jóvenes”. Eso me hace preguntarme: ¿A qué se debe la apatía de los jóvenes? ¿La juventud mexicana no se siente representada por alguna opción política? ¿Será que hay desencanto tanto con la transición a la democracia como con la autodesignada “cuarta transformación”?

Son preguntas para reflexionar en otro texto, pero mi respuesta a bote pronto es que, hoy en día, ningún partido y prácticamente ninguna figura política relevante les habla a los jóvenes, propone una agenda atractiva para ellos o tiene algún plan centrado en el desarrollo futuro de las juventudes mexicanas. Los jóvenes de nuestro país están políticamente abandonados.

En fin, la llegada de “las corcholatas” provoca que mi concentración regrese a la marcha. Primero, llega Marcelo Ebrard y su recepción es, más bien, modesta. Se escuchan algunos gritos de “presidente, presidente”, pero son tímidos y encuentran poco eco. Eso sí, el canciller se detiene a tomarse selfies a diestra y siniestra. Minutos después, arriba Claudia Sheinbaum y quizá las porras que recibe son ligeramente más sonoras y entusiastas, pero su llegada resulta más gris de lo que imaginaba.

La marcha arranca. Los contingentes caminan muy desorganizados. El avance es lento. Todos quieren esperar a que pase el presidente. Eso genera tapones y entorpece el tránsito. Prácticamente, sólo se escuchan consignas a favor del presidente: “Es un honor estar con Obrador”, “Honesto, valiente, así es mi presidente”, “No estás solo, no estás solo” y similares. Los cánticos a favor de una propuesta o un programa de gobierno son escasos: ni siquiera hay muchas referencias a la reforma electoral, el tema central en la agenda del gobierno en este momento y la razón por la cual se convocó a esta manifestación. Incluso, hay más consignas —o, mejor dicho, mentadas de madre e insultos grotescos— en contra del senador Ricardo Monreal, quien presentó su candidatura presidencial recientemente, con la reconciliación como eje central de su plataforma de campaña.

Esto me hace pensar en tres cosas. En primer lugar, que los cánticos se centren en López Obrador —y nada más— es representativo de cómo se ha ido erosionando la agenda del obradorismo: el combate a la corrupción y la pobreza quedaron atrás; ahora sólo queda el liderazgo personal de AMLO, no hay más. En segundo término, me parece que dice mucho de quién es López Obrador que sólo haya convocado a esta movilización masiva para una fiesta autocelebratoria y no para impulsar una política o programa. Históricamente, otros mandatarios de corte populista han llamado al pueblo a las calles para apoyar una decisión controversial del gobierno en favor de los sectores populares (Cárdenas lo hizo con la expropiación petrolera, por ejemplo); AMLO, no. Él recurrió a este recurso simplemente para reafirmar su popularidad. En tercer lugar, pienso, con preocupación, que es muy significativo que los manifestantes insulten y vilipendien a Monreal con tanto ahínco. Me hace preguntarme si la reconciliación es verdaderamente posible en este país tan polarizado y dividido.

Regreso de mis reflexiones mientras nos detenemos un momento para observar el paso de la manifestación con un poco más de distancia. Vemos desfilar a varios liderazgos de Morena: el gobernador de Baja California Sur, Víctor Manuel Castro; el presidente de Morena, Mario Delgado; algunos alcaldes capitalinos y la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, quien se lleva una gran cantidad de porras y aplausos, y ella responde mandando besos y saludos.

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La manifestación continúa. Mi amigo y yo nos acercamos a una zona donde hay una gran cantidad de gente conglomerada. “Ya va a pasar el presidente”, nos dice una señora visiblemente emocionada. Nos acercamos más y la expectativa, la alegría y una extraña tensión se perciben en el ambiente. Otra mujer nos comenta: “Ya me siento muy sofocada, pero quiero mucho a mi presidente como para no verlo pasar”. Varios hombres cargan a sus hijos e hijas en hombros para que tengan más visibilidad: sus caras infantiles lucen entusiasmadas, como si estuvieran viendo desfilar a botargas de su caricatura favorita.

Después de unos minutos, pasa López Obrador junto con Adán Augusto López, quien lo ayuda a mantenerse en pie y no trastabillar cuando tropieza debido a lo mucho que busca acercarse a él la gente. El presidente va repartiendo palabras y apretones de manos. Los “afortunados” que los reciben quedan prácticamente conmocionados de la emoción. Mi amigo y yo comentamos asombrados: “Es increíble lo que la gente está dispuesta a hacer con tal de acercarse al presidente, con tal de verlo y tocarlo”. Esa foto que tanto se ha difundido en redes sociales, en la que se ve a una muchedumbre rodeando a AMLO, es la descripción perfecta de la marcha: todo giró en torno a López Obrador, todo mundo quería estar cerca de él, su paso dejaba a la multitud cariacontecida y sobrecogida. “Ningún otro líder mexicano puede generar esto”, comenta mi amigo. Le doy la razón.

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También charlo con mi colega acerca de la importancia de Adán Augusto para López Obrador. Iba ahí, junto a él: por momentos, hombro a hombro; otras veces, más bien, abriéndole paso entre la gente para que el presidente pudiera seguir su camino. Se notó que es su hombre de confianza, su amigo, su respaldo personal y político. Sin embargo, al mismo tiempo, parecía que era invisible: el presidente lo opacaba, es como si lo acompañara un fantasma, no un aspirante presidencial.

Poco después, recuerdo que el historiador Ariel Rodríguez Kuri caracterizó la elección de 2018, en la que triunfó López Obrador, como una “respuesta política plebeya a los desequilibrios del modelo de la transición […] una verdadera revuelta política contra un estado de cosas”. Esta marcha ya no es de rebelión; más bien, es una muestra de apoyo al poder. Aun así, la épica de la rebelión plebeya quedó impregnada en el movimiento obradorista. Como canta un grupo de manifestantes: “No soy fifí, y libre [esto es, no acarreado] estoy aquí”.

En el camino a casa, pienso que es indudable que la coalición de sectores sociales que llevó al poder a López Obrador se ha roto. El presidente ha perdido el apoyo de parte importante de las clases medias y de la población con mayor nivel educativo. Sin embargo, caminando por Avenida de los Insurgentes, también me digo que el obradorismo mantiene el apoyo de las clases populares y que el presidente conserva intacta su capacidad para conectar con la gente. El pueblo de México al que alude López Obrador en sus mañaneras puede ser más pequeño que en 2018, pero sigue siendo real, significativo y potente.

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Jacques Coste (Twitter: @jacquescoste94) es historiador y autor del libro Derechos humanos y política en México: La reforma constitucional de 2011 en perspectiva histórica (Instituto Mora y Tirant Lo Blanch, 2022). También realiza actividades de consultoría en materia de análisis político.

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