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El mito del futbolista mexicano: la falta de tradición. Claves para entender nuestras desgracias

Por Alonso Vázquez Moyers

Sobre México y lo mexicano se han escrito numerosos textos que buscan explicar algunos de nuestros males y rasgos de carácter. El ensayo clásico es el Laberinto de la Soledad, que es, sobre todo, un elogio y nostalgia del liberalismo norteamericano. No es una peculiaridad que pensemos en nosotros mismos como seres excepcionales: en la corrupción, formas políticas y sociales. Así se ha construido también, la idea de América Latina, que llenó de billetes y premió (y sigue premiando) a quienes lucran con el supuesto folklor. En los años de auge del realismo mágico, entre más picante fuera la salsa o más inverosímiles las representaciones del atraso, mejor.

Enrique Florescano coordinó el libro Mitos mexicanos. En sus páginas, encontramos las elaboraciones del sentido común nacional. Del PRI a la religión católica (otro de nuestros malentendidos, sin agradecer a Rius), pasando por los personajes que nos dieron patria: el indigenista, el narcotraficante (pero por supuesto), el caudillo, las secretarias y el macho. Y, sin embargo, falta el futbolista. Y es raro porque ahí podríamos encontrar no respuestas a nuestros porqués, sino mistificaciones de cómo somos y hemos sido, simplificaciones en la narración de nuestro atraso y la culpa individual como sello de los tiempos.

Hace muchos años, el mito del futbolista se construyó con la figura del Jamaicón Villegas, que hacía eco de nuestras elaboraciones más cursis y frustraciones: Como México no hay dos.

La idea de patria se construye a partir de ciertas prácticas simbólicas: el himno a la bandera o el juramento, la bandera misma, las fechas que celebran o rememoran gestas, estatuas y figuras, próceres, mártires, héroes y heroínas. Ser nacional de un país implica reconocer como comunes ciertos significados y rituales.

La idealización del México lindo y querido, de los tequilas, el pollo con pipián, la cortesía excesiva (que, dicho sea de paso, para algunos extranjeros resulta indigna; los argentinos, por ejemplo, no conciben nuestro mande, y lo asocian a subordinación), choca también con otras ideas sobre México, el lugar del que todo mundo se quiere ir. O debe irse. No es nuevo, ni propio de la whitexicanidad, aunque algún componente de clase tendrá, seguramente. Lo cuenta bien Fernando Escalante en Ciudadanos Imaginarios:

“El día en que hizo su espectacular ingreso a la Academia de Letrán, alguien le preguntó a Ignacio Ramírez qué era lo que más le gustaba de México: “Veracruz, dijo, porque por Veracruz se sale de él”

Es posible -continúa- que estuviera haciendo una broma. Pero muchos otros de sus contemporáneos lo pensaron en serio. Escritores, políticos, militaries, hombres casi todos de prestigio, y muchos de los más íntegros, de los más empeñosos de la pequeña élite del siglo pasado”

El México post revolucionario confeccionó el mito (la narrativa) de la justicia social, que retrataron los muralistas y chocaba, como ha chocado, con el mito del México atrasado, bárbaro e incivilizado del que buscan escapar -o que de plano no conocen- las élites.

Hay una suerte de mitología en salir y regresar triunfante a México: lo mismo las y los migrantes que, una vez legalizados sus papeles, vuelven en camionetas 4×4 a pasearse por los pueblos de Guanajuato que las hijas de familias clasemedieras que van a aprender (debo decir perfeccionar su) inglés a Vancouver al terminar la preparatoria. Salir de México es casi una obligación. Y para el futbolista lo es, igualmente.

Sin embargo, salvo por Hugo Sánchez, el futbolista mexicano de mi generación era más bien doméstico. Y, en los hechos, no sería del todo condenable, aunque en su momento lo haya sido. Benjamín Galindo no jugó en el Real Madrid, pero tenía el toque de David Beckham. Ramón Ramírez, en estos tiempos, hubiera fichado en Holanda, al menos.

La derrota del ’94 en penales ante Bulgaria se explicaba, en parte, por la falta de personalidad, tan (supuestamente) mexicana. Aspe, el tirador más seguro en nuestra historia futbolística erró el primer disparo; Campos atajó el siguiente, pero vinieron más yerros. Faltó meter a Hugo, el goleador acostumbrado a ver de frente a los Stoichkov. A la selección del fatídico 1994, el año del magnicidio, levantamiento en Chiapas, del asesinato de Andrés Escobar y la vergonzosa manera en que la FIFA se deshizo de Maradona, le faltaba volverse cosmopolita. Sólo Luis García se burló, en inglés, de Irlanda, a quien marcó dos goles.

La elaboración doméstica del futbolista daba para el folklor, Jorge Campos, sin haber salido de México, o quizás justamente por eso, era delantero y portero. Las tribunas del Estadio de Ciudad Universitaria explotaban cuando veían que el 9 (aunque también fue el 1), se quitaba los guantes y cambiaba su playera para irse de rematador. Como portero no fue menos espectacular, sus lances, abandonar el área en los tiros de esquina y sus uniformes vistosos, fueron la versión mexicana de los igualmente estrafalarios Air Jordan. Luego jugó en el Galaxi, de Los Ángeles, que entonces no era el lugar de retiro de super lujo para las estrellas que aún dan patadas de ahogado. La falta de verdaderas credenciales extranjeras no le impidieron protagonizar anuncios de Nike y compartir pantallas con Maldini o Cantoná.

Pero hubo una cierta vergüenza en nuestra falta de talento de exportación futbolística. El futbolista mexicano seguía siendo, en esencia, un provinciano. Y había quienes aseguraban, de la mano de Samuel Ramos, que el complejo de inferioridad mexicano no permitía que triunfáramos ni en el extranjero ni en los mundiales. Luis García jugó con bastante éxito en el Atlético de Madrid, fuera de él, Luis Flores no dio el ancho y a García Aspe y Luis Hernández no les dieron oportunidades en Argentina.

Después vino el mercado. Márquez fichó primero con el Mónaco luego de un paso brillante por el mejor Atlas, que perdió con el Toluca de Cardozo, uno de los mejores equipos en la historia del futbol nacional.

Curioso y no, México era y ha sido receptor de talentos. Y los ha habido de gran calidad: Reynoso, Cabinho, Ferretti, Aguinaga, Basay, Cardozo, Verón. Algunos extravagantes como Ronaldinho, Gignac y ahora Dani Álves. Muchos argentinos de gran calidad, también: Bruno Marioni, por mencionar a mi favorito.

Es parte de la tragedia mexicana. Magnánimo, Lázaro Cárdenas abrió la puerta a republicanos españoles; los gobiernos priistas recibieron a lo mejor de Chile; Neruda tenía ya un avión para trasladarlo, pero murió antes. En cambio, el país se muestra mezquino con los suyos: debutar en un equipo de primera división supone un viacrucis similar que quien obtiene una plaza académica en una universidad en la Ciudad de México, salvo que hayas completado el rito de paso en el extranjero o seas otra cosa que mexicano. Lo digo sin voluntad de agraviar.

La extranjería se premia en México. Aunque haya quienes quieran fingirse dormidos para que los regresen a su tierra si mueren lejos de ella, hay que triunfar afuera como un acto demostrativo: no tiene ningún mérito ganar aquí porque aquí cualquiera puede.

No obstante, los jugadores europeos, no han conquistado nada distinto a sus pares de generaciones atrás. Es más, una selección con varios jugadores en Europa hizo el peor ridículo en Copa América el 18 de junio de 2016; mientras que el equipo tricolor de 1993 debutó en el torneo continental para sólo perder contra la Argentina de Batistuta en la final.

La explicación a las derrotas, una vez superada la prueba de extranjería sigue siendo la misma, no obstante: el problema es cultural, diría Peña Nieto para explicar la corrupción.

Hay dos interpretaciones posibles, según qué entendamos por cultura. La ciencia política hegemónica y ciertamente alguna sociología de la cultura, considera que ésta es mucho poco menos que determinante y estructurante del mundo. En cambio, si entendemos a la cultura como símbolos, significados y rituales, la corrupción y el fracaso colectivo son parte de nuestra práctica, aunque no la determinan. No sé qué quiso decir Peña Nieto, pero cabe la posibilidad de que haya tenido razón.

Hace muchos años, le pregunté a un amigo de mi papá, investigador -también- de la UNAM en el Centro de Física Aplicada, por qué México no tenía premios nobel en física. Me contestó seguro: porque no tenemos una tradición científica bien consolidada. Es decir, ni un sistema de recompensas ni estructuras de apoyo, políticas estatales ni interés público por producir investigaciones científicas acreedoras de premios.

Tenemos los recursos humanos, nuestros científicos publican en las mejores revistas internacionales, la UNAM está en los primeros lugares de los ránking, pero las plazas, los premios, las direcciones, se reparten bajo otros criterios, la disputa es por otro tipo de recursos simbólicos: económicos y políticos.

En el futbol ha pasado lo mismo. Es verdad que los jugadores mexicanos de primera división ganan muchísimo dinero aún sin tener que salir de México, que ha habido talentos con las condiciones necesarias para jugar en los clubes de élite y les falta disciplina y les sobran dólares. En el colmo de nuestra elaboración individual, regresamos al jugador: Marco Fabián es, en mi opinión, el jugador más talentoso del futbol mexicano de los últimos años. Su paso por Alemania dejó garabatos que pudieron ser algo más. Capaz de pintar cuadros dignos del renacimiento, se conformó con vender bocetos en las galerías de Zapopan. También en Chivas y en la selección hizo algunos trazos casi exquisitos, pero fugaces. Se sienten dioses, exclaman algunos indignados por verlos conducir Maseratis.

Pocos reparan en la tradición futboliística y la cultura que premia, fabrica, enriquece y desecha. Ismael Sosa fue acaso el último gran jugador extranjero en Pumas (Dani Álves recién llegó). Días antes de su traspaso, Rodrigo Ares de Parga, que representa bien los valores de la tradición futbolística que antepone los dólares a cualquier otra cosa, lo dijo sin miramientos. Parafraseo:

¿Que si está a la venta? (Sosa). Cuando mi esposa me pregunta si está a la venta la casa en que vivimos, le digo que siempre. Si hay alguien que me pague lo que pido por ella, la vendo.

Si el futbolista crece en el medio donde se privilegian las ventas por encima del bienestar (Sosa estaba muy contento en Pumas, y pasó con poca gloria el equipo millonario de México) y de los deseos del jugador, no debería ser raro que este se comporte como un mercenario. En la época de la normalización de los conflictos de interés, da lo mismo que Messi haya fichado para un equipo que no abraza ninguna causa que la de ganar con dinero.

Es cierto, Cristiano Ronaldo también es ultra millonario -y lo es cualquier titular de la selección española, holandesa, francesa o alemana- pero él gana títulos, aún con su selección.

La respuesta no es la falta de incentivos, vocablo de la academia de la ciencia política norteamericana para explicar el éxito o fracaso de cualquier cosa, sino nuestra tradición. Nuestra liga no está hecha para formar talentos, aunque surjan y llenen las chequeras de los dueños, sino para que los promotores hagan negocio, las televisoras tengan el control de los equipos, árbitros y venta de jugadores. Ellos también buscan recursos simbólicos que no pasan por ganar títulos para la selección, sino para tener instrumentos de influencia y poder. Da lo mismo que el técnico nacional sea argentino y no tenga ningún porqué, más allá de ejecutar un trabajo, para ganarle a la selección de su país.

Aspe falló el penal contra Bulgaria, Luis Hernández el gol que mataba a los alemanes, Aguirre no pudo con Estados Unidos y dos mundiales después, alineó al Bofo Bautista, cuyo mérito más recordado fue recibir un escupitajo del DT del Boca Júniors. Lavolpe, más mexicano que argentino, no podía creer el gol de Maxi Rodríguez en 2006.

En el país donde los juegos de las ferias se equilibran sobre tablitas de madera y cada año explotan fabricas de cohetes en Tultitlán, donde puedes morir al asistir a un concierto por una coladera destapada, y que basa parte de su identidad con la improbable aparición de una virgen en un cerro, nuestros males se explican porque así son las cosas. Porque como dice Dahlia de la Cerda, en esto Dios no hace el paro. No es una fatalidad, pero tampoco requerimos un exorcismo o un psicoanálisis nacional. La suma de toda nuestra disfuncionalidad y las tragedias encuentra una curiosa cristalización en el futbol.

En la Ciudad de México llueven más centímetros cúbicos que en Londres, pero sufrimos de estrés hídrico. En el México de las paradojas que buscan explicarse por la fatalidad de ser mexicanos, nuestra tradición nos obliga a ser fieles a la derrota o, en su defecto, a buscar venganza de la manera menos elegante: El Canelo amenazó con golpear a Messi. Ganamos, perdimos (…) les metimos, cantaban mis compañeros en la primaria (no me atrevo a escribir la frase completa la frase, pero seguramente Google podrá hacer su tarea). Los mexicanos podemos perder, pero no nos rajamos, dicen. México mágico, tuitean muchachos privilegiados cuando ven que un señor limpia una BMW con un trapeador en Polanco. No es paradójico que perdamos siempre de la misma forma, ni una curiosidad más del mexicanísimo quedarse en la orilla; es una consecuencia de nuestra tradición. Lo milagroso sería que fuera de otra forma.

En un episodio de Los Simpson, el vendedor y fabricante del monorriel escapa de Springfield antes de la tragedia. No es una conspiración porque no les doy tanto crédito, pero seguramente los directivos del futbol mexicano regresarán de Catar para pensar en el siguiente técnico de la selección, si es extranjero, tanto mejor.

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