Victorias tristes

Por Javier Franzé (Universidad Complutense de Madrid)

Alivio y pena. Son las sensaciones después del triunfo de Argentina contra México. Desahogo porque se sorteó un match-ball. Si perdía, la selección argentina hubiera quedado eliminada en el segundo partido de la fase de grupos, cosa que no le ha ocurrido nunca. Además, le habría sucedido integrando un grupo con equipos de menor calidad y con un orden de partidos inmejorable: del más débil (Arabia) al más fuerte (Polonia). Para más inri, Argentina es cabeza de grupo y la actual campeona de América, tras vencer nada menos que a Brasil en la final en Maracaná. Habría sido la eliminación más inesperada y dura posible, superando con creces la performance más negativa de los últimos mundiales, la eliminación de 2002 en fase de grupos, perdiendo con Inglaterra y habiendo llegado como equipo candidato, tras ganar el grupo sudamericano con holgura y jugando muy bien.

¿Por qué pena entonces, si parece que se ha sorteado el peor escenario? Porque la euforia parece confirmar todo lo que Argentina se ha achicado, futbolísticamente hablando. Ya no se autoexige, como los grandes, ganar jugando bien, al ataque, arriesgando. Sólo le basta ganar e, incluso, como ya es casi vox populi entre los hinchas argentinos, “ganar como sea”. Sí, el fútbol nacional que enseñó a jugar a Di Stéfano, Maradona y Messi, y a cientos de maravillosos cracks, hoy se conforma con “ganar como sea”, ese oxímoron tamaño baño, porque lo que más te acerca a la derrota es no jugar a nada (como sea), que te lleva paradójicamente —para los que quieren controlar el juego desde el pizarrón— a depender de la pura suerte. Por más que también sea un producto comercial, el fútbol sigue siendo un juego, y no se puede jugar sin arriesgar. No depende de la voluntad de los jugadores ni de los técnicos: el riesgo está en la lógica de todo juego. Por eso, los que sacralizan el “equilibrio” arriesgan, es decir, sacrifican —lo sepan o no— el juego ofensivo en pos del defensivo.

A mí me apena como hincha argentino ver que España, por ejemplo, tiene un estilo de juego más parecido al histórico sudamericano (sin gambeta, eso sí) que la propia Argentina, que merced a la exportación de jugadores y técnicos contribuyó —junto a la escuela holandesa de Rinus Michels y Joahnn Cruyff— a que España dejara de ser la Furia y pasara a ser el toque, la circulación y el juego asociado de la Roja de 2010, quizá el último gran campeón mundial. Y me apena como hincha argentino que mis amigos españoles me digan que le sangran los ojos viendo a Argentina. Más que nada porque tienen razón. Y porque me imagino a muchos argentinos mirando por encima del hombro a “los gallegos”, que tocan y tocan, y la última vez nos hicieron ¡6! Y la cosa pasa ya a convertirse en vergüenza cuando veo jugar a Dinamarca, a Canadá, a Arabia (sí, leyeron bien: Dinamarca, Canadá y Arabia) que al menos intentan jugar, combinan, se juntan para tocar, “juegan a los pases”, como decíamos en el potrero. De Francia y Brasil, ni hablemos.

Mientras, nosotros celebramos que somos los más vivos del planeta, que inventamos el fútbol, que nos las sabemos todas, que a guapos no nos gana nadie. Pero cada vez jugamos peor, y se pierde el gusto futbolístico. Pero lo peor no es eso, que podría atribuirse a la pura necesidad (Argentina exporta jugadores cada vez más jóvenes), sino que lo celebramos gustosos, como si fuera un gesto de superioridad, de condescendencia con el resto de los mortales. Algo así como “mirá qué piola que soy que jugando peor de lo que puedo te gano igual”. Podemos ganar, sí, pero ¿cuál fue la última gran selección argentina, alguien lo recuerda? ¿Cuándo fue la última vez que nos sentimos orgullosos de una selección por cómo jugaba?

Para mí esto es especialmente triste porque Argentina es un país que históricamente ha adorado y cultivado el fútbol, con un espíritu amateur, un talento y una ambición competitiva del todo infrecuentes. Millares de clubes de pueblo y de barrio siguen formando hoy, como pueden y con lo que pueden, a jugadores que serán maravillosos. Sigue habiendo maestros del fútbol, distintas escuelas sobre cómo entender el juego, que discutirán hasta el final de los días si es mejor jugar con líbero y stopper o marcar en zona. Hinchas genuinos que destripan en Twitter una jugada, un pique al vacío, un control orientado, o que se emocionan evocando equipos de hace décadas. Argentina es como un universo académico del fútbol, con sus epistemólogos, sus corrientes científicas, sus profesores y sus jefes de trabajos prácticos. En Argentina se puede cultivar esa maravilla socrática que es conversar sobre una actividad humana imprevisible (ahora me refiero al fútbol, no a la política) durante horas, rememorando partidos, jugadores, canchas, trampas y detés de medio pelo.

Y, sin embargo, como si no quisiéramos darnos un gusto, como si por un momento traicionáramos nuestro espíritu competitivo y le obsequiáramos a los rivales aquello que nos negamos a nosotros, seguimos festejando el “ganar como sea”, renunciando a intentar siquiera eso que el mercado, que dice que el que gana tiene razón, tilda de ingenuo: ganar, gustar y —si se puede— golear, que es lo más parecido a la gloria.

 

@Argentina
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