La sequía más allá de la coyuntura

Por Itzcoatl Jacinto Vergara

Con la reciente temporada de huracanes, la conversación pública transitó de advertir sobre las consecuencias de las sequías en el bienestar social a la alerta por las inundaciones. Esto es un indicador de que nuestra atención respecto a los riesgos climáticos permanece centrada en las amenazas y contingencias, dejando de lado las condiciones preexistentes que hacen posible los escenarios de crisis, así como los procesos que configuran esas condiciones. Transformar nuestra comprensión de estos asuntos implicaría mayores exigencias para reforzar la prevención de los desastres mediante la gestión integral de los riesgos, al tiempo que podríamos trabajar más a fondo en las causas estructurales relacionadas con injusticias sociales, como la marginación, la pobreza, las desigualdades o la exclusión.

La intención de este texto es explicar por qué es importante atender las sequías más allá de las coyunturas y de enfocarse sólo en las características biofísicas de los eventos hidrometeorológicos. Para ello, en principio, es esencial –aunque sea una obviedad para los “entendidos”– diferenciar sequía de escasez, debido a que ambos términos suelen usarse en medios y discusiones como si fuesen lo mismo. La sequía es un evento propio de la variabilidad climática natural de cada región que inicia con una disminución en la cantidad de lluvia respecto al promedio histórico de la temporada en que se presente. La escasez tiene que ver con la reducción de agua disponible en cuerpos naturales o artificiales a causa del exceso en las extracciones, es decir, por consecuencia de la acción humana, y que vuelve insuficiente la disponibilidad del recurso con relación a las necesidades de consumo. Ambas pueden presentarse al mismo tiempo y recrudecer las crisis.

Medir y anunciar un evento de sequía entraña cierta complejidad. No sólo se trata de decir que llueve menos, sino que es necesario atender las condiciones hidrológicas, climáticas, edafológicas, entre otras, de cada región para determinar un evento. No es lo mismo hablar de una sequía en el desierto de Altar, en Sonora, donde el promedio de precipitación es bajo, pero suficiente para el mantenimiento de una diversidad biológica que puede resistir más tiempo la ausencia de lluvias, que en la Huasteca potosina, caracterizada por vegetación que requiere de una humedad alta.

Dicho lo anterior, cabe desmenuzar un poco qué es la sequía para entender cómo amenaza las condiciones de vida de las personas según evoluciona. A diferencia de otros fenómenos, como los huracanes, la sequía se desenvuelve de forma gradual en el tiempo y el territorio; sus consecuencias no son súbitas, sino que las vemos con el paso de los días, las semanas, incluso, los meses. En este sentido, existe una clasificación de los tipos de sequía en función de su intensidad (qué tanto han disminuido la precipitación pluvial y la humedad en el ambiente) y su magnitud (durante cuánto tiempo han persistido esas condiciones). La definición dada párrafos atrás es relativa a la sequía meteorológica, ligada al déficit de lluvias que da inicio a los eventos de sequía. La sequía agrícola es una fase posterior que conlleva la pérdida de humedad en suelos y los consecuentes perjuicios a la vegetación o a los cultivos. La sequía hidrológica implica descensos en los niveles promedio de cuerpos de agua superficiales o subterráneos, e indica que el evento ha alcanzado una gravedad significativa. Un cuarto tipo de sequía es el socioeconómico, referente a los daños que ocasiona el decremento de la precipitación en las actividades productivas y el bienestar de las personas, por lo que puede estar aparejada con la sequía agrícola y extenderse (y recrudecerse) con la hidrológica.

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Otro aspecto relevante es la categorización que se le da a cada evento por su intensidad. En México, la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) dispone de un Monitor de Sequía que presenta informes quincenales de los que se generan mapas con la distribución por niveles de intensidad de la sequía en el territorio. Contempla 5 escalas: sin sequía, anormalmente seco (D0), sequía moderada (D1), sequía severa (D2), sequía extrema (D3) y sequía excepcional (D4). Las escalas se obtienen por medio de índices que estiman el déficit de precipitación, anomalías en lluvias y temperaturas, la humedad en suelos, el estado de la vegetación, así como con información de disponibilidad de agua en presas, ríos, entre otros. Los datos que alimentan al Monitor de Sequía de México provienen de la observación que diferentes áreas de la CONAGUA hacen en campo, además de la vinculación con los servicios de monitoreo satelital del Monitor de Sequía de América del Norte.

Finalmente, cabe agregar a esta breve caracterización de la sequía que los estados del norte de México son más proclives a resentir sus efectos por las condiciones climáticas que hacen más escasa la disponibilidad de agua, lo que se problematiza si consideramos que algunas de sus principales actividades productivas demandan grandes cantidades del recurso, por ejemplo, la agricultura y la ganadería industriales. Sin embargo, esto no quiere decir que el resto del país esté exento de sufrir perjuicios por la sequía, sobre todo, ahora que el cambio climático global ha comenzado a producir variaciones en la precipitación de algunas regiones, y que se acentúa con la degradación de los ecosistemas, que conduce a una menor retención de humedad y a la erosión de los suelos. De este modo, no debería extrañarnos que continúe la tendencia de que gran parte del territorio nacional presente algún nivel de sequía, pues no sobra acotar que en ciertas zonas los eventos encadenan varios años y la última temporada de huracanes no ha podido resolver el déficit con sus lluvias.

 

Ante la sequía, no somos iguales

Los daños y pérdidas que puede ocasionar una sequía están parcialmente vinculados con la intensidad y la duración de un evento. Las crisis se detonan cuando la sequía se encuentra con una serie de condiciones sociales, políticas, económicas y culturales que generan desventajas en determinadas comunidades o grupos sociales. Ahí entran en juego procesos que estructuran de modo diferenciado las capacidades de individuos y colectivos para afrontar situaciones de emergencia o para prevenirlas.

El término clave para entender esta problemática es vulnerabilidad social, al que se le puede definir como la proclividad de una sociedad o de sectores de la misma a sufrir algún tipo de perjuicio por efecto de alguna amenaza1. La vulnerabilidad social ante sequías es, entonces, lo que propicia que las personas tengan pérdidas a causa de un déficit en las lluvias y sus posteriores consecuencias en el ambiente. Además, es un elemento que marca distinciones dentro de las sociedades, pues los grupos que las componen no son igualmente vulnerables. Esto tiene que ver con las capacidades de las que se dispone para mitigar los impactos de las sequías o para evitarlos. Mientras hay quienes poseen infraestructura, seguros financieros o alternativas económicas para enfrentar un evento extremo, otros dependen de medios de vida y actividades productivas en los que concentran buena parte de sus recursos, y cuya rentabilidad está sujeta a condiciones estables de humedad.

La construcción de capacidades de los sectores expuestos a las sequías está ligada a una variedad de factores que abarca aspectos tanto individuales como colectivos. Por ejemplo, la pobreza influye en la posibilidad de solventar la falta de agua durante contingencias por medio de servicios particulares de abastecimiento, como pipas, o con la adquisición de equipamiento que brinde alternativas al servicio público de agua potable. No obstante, la pobreza no implica vulnerabilidad ante sequías en automático. Los faltantes económicos individuales para acceder a recursos hídricos o proteger medios de vida pueden ser resueltos con acciones gubernamentales, el conocimiento del entorno para saber el tipo de actividades productivas que pueden ser llevadas a cabo en las distintas temporadas del año, el apoyo de redes familiares y sociales, la colaboración comunitaria, entre otras cuestiones similares. Por ello, es indispensable analizar cómo inciden otros procesos estructurales en la producción y reproducción de vulnerabilidades.

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La exclusión social es clave para entender las dinámicas con que las oportunidades y los beneficios del desarrollo se acumulan en determinados sectores, en tanto otros carecen de un acceso mínimo a los mismos. Si tomamos el caso de las comunidades dedicadas al trabajo agrícola, se hace más notoria la influencia de la exclusión en la vulnerabilidad social ante sequías y la manera en que se remarcan las desigualdades socioeconómicas entre los grupos productivos. Contar con sistemas de riego es un punto de distinción fundamental en la construcción de capacidades para afrontar eventos de sequía. Sin embargo, en un contexto como el mexicano, no toda las tierras agrícolas disponen de esta ventaja, pues alrededor del 80% son de temporal, es decir que dependen por entero de las lluvias y la humedad en los suelos para producir2. Adicionalmente, las tierras con acceso a riego suelen estar capturadas por grandes productores, los cuales tienen también otro tipo de ventajas tecnológicas y financieras que les ayudan a obtener mayores réditos, a diversificar el origen de sus ingresos y a invertir en mecanismos de protección ante emergencias climáticas. La exclusión se revela aquí en el sentido de que las diferencias entre productores agrícolas generan desventajas para acceder a recursos que les permitan sobrellevar o evitar los impactos de la sequía, aun cuando su trabajo no sólo conlleva el sustento familiar (casi 30% de la producción agrícola es para autoconsumo y otro porcentaje importante es vendido por agricultores de pequeña escala para lograr sus ingresos anuales o con los que sobreviven por temporadas3), sino el suministro de alimentos a precios más accesibles para localidades y regiones.

Discutir la vulnerabilidad social ante sequías en estos términos da cuenta de las raíces sociales, políticas, económicas y culturales de la problemática. Posibilita observarla como un proceso complejo y cambiante a lo largo del tiempo, a la vez que se muestra como un condicionante producto de injusticias estructurales y no como una característica congénita de las sociedades o los individuos. Las comunidades y los grupos vulnerables no siempre tienen las mismas desventajas, toda vez que las circunstancias en que éstas se generan se modifican por acción de los propios sectores expuestos a las sequías o por intervención de otros actores, como entidades públicas. Asimismo, los factores y las dinámicas con que se crean las vulnerabilidades obligan a actuar sobre ellos, abandonando la idea de que las crisis detonadas por eventos extremos son consecuencia de contingencias climáticas que no pueden anticiparse.

La vulnerabilidad social ante sequías está ahí y se recrudece mientras no se transformen los procesos de empobrecimiento, exclusión, marginación y desigualdad. La continuación de este problema, en un contexto de cambio climático global que multiplica e intensifica los eventos de sequía, facilita la suscitación de daños y pérdidas más graves que si bien repercuten con mayor fuerza en regiones con alta degradación ambiental y sobreexplotación de recursos hídricos, los costos pueden trasladarse a otras escalas, en especial, con el encarecimiento de alimentos por afectaciones a cultivos. Debe insistirse en que no es la sequía por sí misma la que provoca las crisis, sino las circunstancias en que viven las personas con exposición a la amenaza. Con base en este cambio de perspectiva, podremos comprender de forma integral por qué hay quienes padecen los impactos negativos más que otros y así avanzar en esquemas de gestión que sirvan para transitar de la reacción a la prevención de las emergencias mediante la reducción de vulnerabilidades.

 

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Fuentes consultadas:

 

  1. Naxhelli Ruiz Rivera, La definición y medición de la vulnerabilidad social. Un enfoque normativo, Investigaciones Geográfica, 2011.
  2. Felipe Torres Torres y Agustín Rojas Martínez, Suelo agrícola en México: retrospección y prospectiva para la seguridad alimentaria, Realidad, Datos y Espacio. Revista Internacional de Estadística y Geografía, 2018.
  3. INEGI y SADER, Nota técnica de la Encuesta Nacional Agropecuaria 2019, 2020. Disponible en: https://www.inegi.org.mx/contenidos/saladeprensa/boletines/2020/ENA/Ena2019.pdf
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