En 1997 el popular cantante español, Alejandro Sanz, tomaba por sorpresa a los románticos y melancólicos con la letra del éxito musical Corazón partío. Embrujó con el ritmo flamenco a muchísima gente y continuó así hasta la fecha en la que se escribe esta historia de amor.
Cosme nació en 1991, hijo de Alejandra y Manuel. Creció en alguna colonia popular de la muy catastrófica Ciudad de México (en ese entonces, Distrito Federal), y empezó su vida escolar desde los tres meses de edad porque su madre debía regresar al trabajo. Su pronto encuentro con la enseñanza fue tan significativo que se cuenta que Cosme, más tarde, encontraría inspiración en aquellos años para volverse profesor.
El pequeño transitó con normalidad capitalina —una normalidad de clase media— su formación infantil, pero a los cinco años, o quizás seis, todo se fue al traste: le partieron el corazón. En 1997, al igual que el madrileño Sanz, Cosme se preguntaba ¿Quién me va a curar el corazón partío?.

El divorcio de sus padres no fue fácil. No lo fue. Ahora que los fines de semana se tenían que dividir, las tardes de reta cesaron y se transformaron en aburridas visitas familiares para que ambas abuelas pudieran llenar de grotescos besos las mejillas rosadas de Cosme. Dejó de quejarse, sólo podía concentrarse en sentir el corazón hecho trizas.
El ánimo del niño se había venido abajo y con ello toda clase de emociones se apoderaron de él. La ansiedad, la angustia e incluso la tristeza, trasformaron su personalidad. Si antes disfrutaba de montar coreografías poperas en la sala familiar, ahora prefería regresar de clases directo a dormir a la cama.
Afortunadamente —para algunos— el pleito de los adultos duró hasta que Manuel decidió no ser más el padre de Cosme. Se fue. La leyenda dice que se lo comieron los cangrejos del mar Caribe, pero nadie está seguro de eso porque ni rastro de sus viejas ropas dejaron los canijos. ¡Qué padre! (Para algunos).
(…) ya lo sé, que corazón que no ve, es corazón que no siente (…), dice la canción. Alejandra y su hijo se vieron en la necesidad de reducir gastos: los estudios en la escuela privada del barrio, pasaron a ser en una pública, los libros infantiles dejaron de coleccionarse en la repisa del nuevo departamento que habían conseguido rentar con el sueldo de Ale y los nuevos regalos de Navidad eran los viejos juguetes de sus primos.
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Pedro (un viejo peluche en forma de conejo que Cosme se había ganado en una rifa en el otoño del 96), Alejandra y Cosme sobrevivieron —afortunadamente— a toda clase de plagas en el tiempo en que los tres empezaban a tener una nueva vida en el descuidado departamento: una vez, unos organismos se robaron todos los muebles que Alejandra había comprado para el nuevo hogar; en otra ocasión, un rápido grupo de insectos se comió los billetes con los que se pretendía comprar el almuerzo de Cosme. Incluso, se enfrentaron a un inocente puñado de termitas que devoró lo poco que quedaba.
Con algunas cosas descompuestas, pero otras muy bien acondicionadas, llegó Mecho a la vida de Alejandra y luego, a la de Cosme —me disculpo con el lector por si llegará a pensar que Mecho se menciona de sopetón, pero así llegó él. En medio de una importante crisis.

“Ya lo ves, que no hay dos sin tres”, dice Sanz en las primeras líneas de su éxito musical. Y no podía tomar mayor sentido para Alejandra y Cosme aquella parte de la canción. Ellos ahora eran tres (o cuatro con Pedro). Y fue así, de un momento a otro, que Mecho había llegado a reconstruir lo que alguien más había decidido dejar hecho nada.
Mecho era un apasionado coleccionista de estampitas de fútbol y se tenía las de todos los jugadores que le gustaban a Cosme. De hecho, para el mes en que ambos se conocieron, Panini había sacado el álbum del mundial del 98 que se jugó en Francia. Mecho ya tenía la estampa de Dennis Bergkamp que a Cosme le faltaba. “Qué gran sujeto es, mamá”, “Es un gran papá”, decía el entusiasta infante todos los días. “Ojalá a él no se lo coman los cangrejos”.
Mario, como en realidad se llamaba “Mecho”, era todo lo que el pequeño podía pedir, le enseñaba matemáticas, sobre los griegos, le enseñó a reparar pequeñas figuritas, lo ayudó siempre a estudiar para los exámenes, era el primero en la fila de los festivales, lo acompañó en su primer enamoramiento, lo levantó después de su primera caída en bici y le presentó al mejor vasco de todo el mundo: el abuelo Fran. El personaje del 97.
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Fran era un tipo muy alegre, tenía una barba enorme como la de Olentzero, la voz gruesa y lenta, la manzana de Adán muy marcada, ojos verdes como las olivas, el pelo negro con bastantes canas plateadas, un par de orejas tan grandes como su nariz, lentes con un filo dorado y tenía dos pies izquierdos —eso aseguraba la abuela Tita.
Cuando Cosme conoció al señor Fran, el de la voz fuerte, pensó que estaba viendo a Mecho pero de viejo. Quedó fascinado.
—Ven Cosme, te presento a Fran. Él es mi papá, es tu abuelo.
—Venga muchacho, no seas tímido. ¿Te gusta el ajedrez? Si quieres te puedo enseñar a jugar y así me puedes contar más sobre tu hermoso conejo. ¿Cómo se llama?
—Es Pedro.
—Pues venga Pedro. ¡Vamos enseñarle a Cosme que el abuelo Fran juega ajedrez mejor que cualquier otro vasco!
Nunca pudo olvidar Cosme aquella conversación. Luego de haber tenido tanto miedo, tanta angustia por pensar en que nadie le iba a querer en la familia de Mecho, todo desapareció. Nunca pudo olvidar como Fran lo fue a sacar de una esquina de la enorme casa de Puebla para que no se sintiera un extraño. Nunca pudo olvidar lo que fue tocar su mano. Nunca pudo olvidar el aliento cálido en la primera partida de ajedrez. Nunca pudo olvidar la primera vez que vio a su abuelo. Le habían curado el corazón.
A esa partida, le siguieron muchas otras. Para Cosme ya era una tradición pasar los puentes en la casa de Puebla.
—Mecho, ¿cuándo podemos ir con el abuelo Fran?

—Ahora en el puente de septiembre, ¿vale?
Mecho se ilusionaba de ver al pequeño Cosme pasar tiempo con su papá. Además de que siempre, en el camino de regreso al Distrito Federal, Cosme contaba más detalles sobre la vida de Fran que ni él mismo conocía.
—Pues vale.
—¿Tú sabías que el abuelo Fran vivía en una zona indufial?
—En una zona industrial, Cosme.
—¿Y que había un río grandote, grandote?
—Es la ría de Bilbao. Ahí nació mi papá.
—Hoy me contó que llegó a México huyendo de los malotes y que ya nunca pudo volver a su casa.
—Hace muchos, muchos años, cuando el abuelo Fran tenía tu edad, tuvo que salir huyendo de su casa junto con sus hermanos porque se decía que pronto habría un bombardeo en la ciudad.
—Eso me dijo y que fueron los malos.
—Mi abuelo era militar y a él le dijeron en donde estaban guardando las armas los malos para atacar pronto Bilbao. Por eso logra hacer que sus hijos y mi abuela se fueran justo a tiempo.
—¿Y no lo lastimaron, verdad?
—Sólo no volvió a ver a su papá.
—Me dijo que él tenía mi edad cuando iban camino a cruzar los Pirineos, para llegar a Francia, cuando escuchó avionetas y bombas explorar cerquita.
—Ya te iré contando más después. O que te cuente el abuelo porque yo ya no me acuerdo bien.
Los años no se detuvieron. Pasaron muchos puentes más en los que Cosme se sentaba en el regazo del abuelo para escuchar las interminables historias que Fran compartía con su nieto. Ambos se acompañaban del ajedrez, la música flamenca y de la fabada que Tita preparaba. Cosme no cabía en su pequeño cuerpo con todo el amor que le proveía el abuelo.
—Fíjate bien cómo se mueve la pieza del caballo, Cosme—decía Fran.
—Es en “L”, abuelo. Sí me acuerdo.
—Cuando yo vivía en mi tierra, había un señor que tallaba figuras de ajedrez hechas de madera. Y yo iba ahorrando cada peseta para comprar de a poco mi ajedrez. Esto es lo único que conservo de Bilbao. Fue prácticamente lo único que empaqué.
—Pensé que lo habías comprado en el mercado de las cemitas.
—No, mijo. Este es mi viejo ajedrez.
—¿Qué fue de tu papá, abuelo?
—Lo único que supe fue que, cuando nos obligó a dejar la ciudad, cruzó la ría para advertir al cuartel sobre el próximo ataque. Parece ser que no cayó muy en gracia que él tuviera esa información porque nadie más volvió a saber de él.
—¿Murió?
—A manos de sus amigos.
—¿Lo extrañas?
—Como no tienes una idea. Él me curaba cuando estaba herido y me tapaba las noches de frío, como dice esa canción de Alejandro Sanz que tu abuela Tita no se cansa de escuchar.
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Cosme eventualmente dejó de ser un niño y se convirtió en un hombre —de barba necia y gafas redondas— que gustaba de jugar ajedrez, de escuchar música flamenca y de ver los partidos del Athletic Club. Creció sabiendo que el pasado de su familia estaba tejido con pérdidas y despedidas, pero también con encuentros inesperados.
Cuando Cosme se graduó como Licenciado en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México, llevó consigo el viejo ajedrez de Fran. Lo colocó en su escritorio, como un recordatorio de todas las partidas que jugaron juntos y de las historias que nunca se cansó de escuchar.
El abuelo Fran vivió lo suficiente para ver a Cosme volverse un hombre. Y una tarde, en una partida que pareció nunca tener fin, el abuelo le entregó su última enseñanza a su nieto: “El ajedrez es como la vida, Cosme. A veces sacrificamos piezas, pero si jugamos con paciencia, podemos ganar la partida”.
Aquel fue el último juego que compartieron juntos. Semanas después, Fran y el cáncer de estómago partieron en silencio a donde no “existe el tiempo ni el dolor”, dice Sanz. Y aunque la tristeza arañó de nuevo el corazón de Cosme, entendió que, esta vez, su corazón no se rompería en pedazos. No estaba solo. No lo había estado desde que Mecho, Tita y Fran lo abrazaron como suyo.

Fernanda Carbajal es comunicóloga de formación, periodista de momentos e integrante del Consejo Nacional de la Quesadilla con Queso