El mito del nacionalismo mexicano

Por María Fernanda Alarcón, internacionalista y periodista

México no existe

Septiembre, afanado mes patrio; la fecha perfecta para disfrutar de nuestras ricas tradiciones mexicanas, nuestra característica unidad compatriota, el rugir de México en nuestra piel … De antemano me disculpo por esta ironía que –incluso– cae en el absurdo.

Año con año, septiembre tras septiembre, vemos las calles pintadas tricolor, escuchamos mariachi y se celebra a aquellos héroes patrios por su rescate al sentido de autonomía e independencia, sin ver como la construcción del nacionalismo proviene de la misma raíz colonizadora, y sí, oscila entre lo fascinante y lo caótico la manera en la que el colonialismo ha logrado ser tan efectivo que lo seguimos no solo replicando, sino nombrando un acto revolucionario solo porque le cambiamos el nombre.

¿De dónde viene el nacionalismo mexicano? Bueno, antes habría que definir de dónde viene México como nación o si siquiera existe más allá del concepto mismo. El supuesto de la nación mexicana nace del mestizaje, de la pretendida mimetización del indigenismo con el occidentalismo en un proceso de aparente compatibilidad cultural y el posicionamiento de una falsa finalidad: un bien mayor.

Posterior al movimiento independentista, el territorio parecía necesitar de orden político y social, con ello, el mestizaje se volvió la herramienta para construir formas identitarias, que reubicaran a la población de acuerdo con la nueva agenda: la de crear una sociedad civil que se guiara por valores comunes, convirtiéndose en la más enfermiza obsesión desde el siglo XIX a la fecha en la narrativa territorial, ignorando que para alcanzarla resulta indispensable hacer uso del despojo; bien decía Canek “Los blancos hicieron que estas tierras fueran extranjeras para el indio; hicieron que el indio comprara con su sangre el aire que respira” (Ermilo Abreu Gómez).

 

 

Una nación con vocación política

 

Álvarez Junco, criticaba al nacionalismo español a través del concepto ‘nación con vocación política’, planteando que el Estado-Nación se formula con finalidades de dominancia, dado que al establecer un contrato social en el cual se regulen aspiraciones y conductas también se
cimienta una relación de poder y apego. Por tanto, “la nación es un invento del nacionalismo”,

tal cual señala el historiador, porque solo provocando la sensación de vacío y la necesidad de integración es que puedes construir un territorio nacionalista, la ciclicidad de la colonización.

 

Gutiérrez Chong, N. (2012)[1]

 

Con al menos 56 grupos étnicos en este imaginario al que llamamos México, vale la pena seguirnos preguntando de donde viene la necesidad por amalgamar la diversidad. Quizás de un sentido paternalista o posiblemente, como muchos estudiosos del tema han señalado, se trata del borrado histórico, pero también surge de las mismas inconsistencias del propio nacionalismo. Empecemos por el principio, la nación surge cuando un Estado está consolidado, es decir, que una delimitación geográfica concentra una sociedad civil cuyo orden social se regula a través de un aparato jurídico y constitucional, que atiende la urgente necesidad de un sentido de pertenencia tal, que despierte la disposición a defender; esto es en realidad lo que da el significado a la nación. Partiendo de ahí, la intención de homogenización con destellos de diversidad funciona como recolección de elementos lo suficientemente fuertes para crear una ideología que posteriormente se vuelva la base del sistema educativo de Estado.

Pero más allá del mito que es el nacionalismo mexicano por naturaleza propia, lo verdaderamente relevante es como el mito genera heridas sociales irreconciliables. Si bien_ pretender estandarizar el sentimiento colectivo me resulta una completa imprecisión, no me parece un sinsentido que procuremos identificar y canalizar los daños, por tanto, yo identificaría dos heridas profundas: la invisibilización y apropiación cultural, y la inherente perdida de lo colectivo en nombre de lo universal.

Ya antes habíamos abordado el tema del mestizaje, pero no es descabellado elaborar más pues el elemento cultural es el dañado en esta maquinaria nacionalista. Durante la década de los 40 en México se formulaba “lo mexicano” siendo la cumbre del “folklore, el aparato que colocó finalmente a México como un referente al ser construido desde lo occidental, desde el disfraz ciudadano a los pueblos originarios qué se apropió culturalmente de sus conductas y tradiciones para borrar su memoria de abusos y objetivarlos a través de la exotización a conveniencia y la invisibilización por normalidad; no hay posibilidad de construir un Estado étnicamente homogéneo sin antes pasar por un proceso similar pues “ajustar los límites estatales a los culturales obligaría a una ingente tarea de cirugía geopolítica; y en las intervenciones quirúrgicas suele derramarse sangre” (Contreras Peláez, F.)[2]

Recordaré, por último, la inquietante manera en la que el concepto de acción colectiva se pierde ante la marea de la universalización que propicia el nacionalismo y nos hace actuar conforme a normas que nos convergen a una civilización tan forzada y estigmatizante, de aquí que perdamos esta noción de identidad propia a cambio de asumir una falsa en nombre de la nación que logra aislar las problemáticas y necesidades. Esto representa un fallo en el espectro político pues no habla de la posición del Estado sobre la política, de la nación sobre el pueblo; dejándonos solos y sin identidad pues cuando todo es nada lo es realmente.

Quedan muchas preguntas al aire, pero quizás la más importante es ¿qué hacemos con este mito? Eliminarlo y arriesgarnos a perder un sentido de unión que, aunque imaginario, nos alberga o por fin daremos el paso de verdadera independencia que nos ayude a replantearnos todos nuestros constructos. Personalmente me atrevo a pensar que los absolutos no son la respuesta por lo que quizás lo que no está haciendo falta es inventar nuevas formas de hacer política social desde los regionalismos, la paradiplomacia se podría ser una primera parada, pero la realidad es que primero debemos empezar por la desconfiguración del pensamiento colonialista.

María Fernanda Alarcón, la autora del texto, es internacionalista y periodista

[1] Mitos nacionalistas e identidades étnicas: los intelectuales indígenas y el Estado mexicano. UNAM-Instituto de Investigaciones Sociales.

[2] Contreras Peláez, F. J. (2002). Cinco tesis sobre el nacionalismo.

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