Trilema de nuestro tiempo

Por Ricardo Becerra

Convulsionado, el siglo XXl no ha traído ninguna de las promesas celebratorias que anunció el nuevo milenio: ni el progreso, ni la prosperidad, ni el bienestar. Por el contrario, nos ha entregado ya dos de las peores crisis que se han visto en un siglo: la quiebra del sistema financiero mundial de 2008 y la pandemia del Covid 19, en 2020.

Para naciones como México -y para gente entrado en años, como yo- sin embargo, la experiencia de las crisis viene de más lejos: 1982, 1986-87 y la muy estelar de 1994. Es un arco de tiempo que ha detenido el desarrollo, el crecimiento, los ingresos y que ha creado oleadas de empobrecimiento una y otra vez en crueles y recurrentes ciclos que ya marcan, al menos, a dos generaciones de mexicanos, arrumbándolos a eso que los economistas llaman el estancamiento secular.

La pregunta es: ¿en México, como en el resto del mundo, aguantaríamos otra crisis? Nuestras sociedades tan lastimadas, malheridas, malhumoradas y angustiadas por el futuro ¿soportarían una nueva caída como la de 2008 o como la del gran confinamiento en la pandemia? ¿Otra recesión severa o larga, es asimilable por nuestro ya de suyo asediado sistema democrático?

Lo más probable es que no, porque lo que queda de instituciones autónomas, organismos independientes, servicios públicos, instituciones de salud, infraestructura material o educativa y un largo etcétera, acusa signos de destrucción o de agotamiento crítico que se expresan en la captura de la Suprema Corte por ejemplo, o más dramáticamente en el estado de las presas del país, en su estructura hidráulica o los cada vez más frecuentes accidentes trágicos en el metro de la Ciudad de México.

Los niveles de desarreglo, miedo y expectativas rotas entre millones y millones, nos colocan, a México, América Latina, Europa, África e incluso a Estados Unidos, en escenarios más cercanos a los años 20 del siglo pasado, dentro de esos parajes previos a los fascismos. O sea: creo que el mundo está en un riesgo de retroceso civilizatorio muy real como consecuencia de grandes shocks -incluida la invasión de Ucrania- que retratan una convulsión mayor.

EL MUNDO DE ANTIER.

Conocemos cómo llegamos aquí: después de la Segunda Guerra Mundial el capitalismo y la democracia (que nunca han sido lo mismo) lograron un acuerdo, un arreglo social que dio estabilidad y prosperidad como nunca antes habíase visto y a la que llamó Estado de Bienestar, el acuerdo socialdemócrata de medio siglo.

Sobre todas las cosas, era un compromiso político y social en el cual se admitían como legítimas la propiedad, la riqueza, la ganancia, las disparidades de clase, pero donde, los más ricos, se comprometían a una fórmula de redistribución vía impuestos suficientes y con salarios crecientes para constituir vigorosas clases medias.

De modo que todos los habitantes de esos países quedarían incluidos en un sistema que proveía educación, salud, pensiones y una protección puntual del Estado ante las contingencias de la vida.

El welfare state basado en la teoría económica keynesiana, edificó la mejor época del capitalismo hasta hoy conocida: crecimiento económico sostenido a lo largo de décadas, estabilidad, certidumbre para empresarios y trabajadores, distribución del ingreso y certezas esenciales para la población. Todo eso que ahora llamaríamos cohesión social. Así, se volvieron ejemplos a seguir las sociedades escandinavas, Canadá, Estado Unidos, Japón, Francia, Alemania y en general, así y por eso se bautizó al mundo desarrollado. En esa época de posguerra, el capitalismo fue, por primera vez, también legítimo.

 

EL DILUVIO.

En lo fundamental los Estados de Bienestar dieron eso a dos generaciones, entre 1940 y 1980; estaban soportados por una estructura tributaria muy robusta pero… hizo crisis. Un coctel de razones que estallaron en los años setenta, minaron las capacidades para dar esa calidad y esa expectativa de vida a la siguiente generación, que estaría condenada a la intemperie insolidaria del neoliberalismo. Y aunque en México nunca tuvimos algo parecido al walfare, lo cierto es que su ciclo de expansión y crecimiento también fue interrumpido: desde 1982, entró a la vorágine descendente de las “expectativas rotas”[1].

En buena medida, éste es el marco de la lucha política e ideológica del último medio siglo: el capitalismo redistributivo o el capitalismo concentrador que ha venido a denunciar Piketty.

A finales de los años setenta, gracias a las facilidades de movimiento otorgadas a los capitales financieros, los grandes intereses, corporativos y empresas medianas comenzaron a cumplir su propia profecía, pues dejaron de pagar impuestos en sus países (8-10 por ciento del PIB, según Piketty) radicando en alguna otra parte del mundo su producción, su riqueza, su contabilidad y sus impuestos. En buena parte, por ello, los gobiernos entraron en crisis fiscales y los Estados de Bienestar ya no fueron sostenibles dada esa merma tributaria autocumplida.

El mundo se configuraba a imagen y semejanza de las teorías liberales, pues en efecto, la contrarrevolución de los más ricos popularizó los prejuicios en contra de los impuestos, en contra de los salarios ascendentes y más ampliamente, en contra de la acción del Estado. Al cabo, lo que tuvimos es la ansiedad y la inseguridad social que hoy estalla por todas partes bajo formas dramáticas y violentas y cuyo sino es la demanda por populismo: un gobierno que lance redes de auxilio social, aunque sean precarias, condicionadas y clientelares… pero que lance algo.

Mientras tanto, en Europa, Norteamérica o Asia lejana, los Estados de Bienestar siguen ahí, sobreviven, pero ya no pueden brindar las certezas vitales que le ofrecieron a dos generaciones, tampoco el ascenso social y su declive provoca un miedo generalizado. Las protestas de los chalecos amarillos en París de 2018, por ejemplo, tienen como trasfondo la pérdida del poder adquisitivo de las pensiones. Inglaterra decidió largarse de la Unión Europea por la quiebra de los servicios de salud, cuya culpa pública se transfiere “a los extranjeros”. Y Santiago de Chile escenificó la protesta más grande de su historia, con legiones de jóvenes que saben que no habrá futuro a través de su sistema educativo, que se ha vuelto, a las claras, un gran estacionamiento social.

De la posguerra al mundo del Covid-19 hemos cruzado dos eras económico-sociales y culturales más un coma global autoinducido: el consenso de la socialdemocracia, el diluvio neoliberal y la conmoción populista, larvada en este siglo pero catapultada en la segunda década del siglo XXI como expresión del resentimiento y el descontento del fiasco neoliberal.

Entonces, el debate del mundo es triple: mantener la globalización en los términos de fin de siglo, la liberalización de los mercados de capital, bajos impuestos, bajos salarios, insolidaridad e inestabilidad por escasa regulación. Populismo: respuesta a la angustia y los miedos de franjas sociales importantes  vía transferencias directas, líderes con popularidad que concentran “las soluciones”, quienes no se toman la molestia de revisar impuestos (para no perder esa misma popularidad), minando las instituciones de la democracia, sacrificando libertades y derechos. O la rehabilitación de la experiencia socialdemócrata (o de alguna vertiente socialcristiana) para rescatar el Estado de Bienestar, el contrato social redistributivo explícito para la cohesión de una sociedad desfigurada y, de paso, vivir en libertad, por un compromiso inéquivoco con la democracia.

Escojan.

[1] Véase, Becerra, Ricardo (coordinador). Informe sobre la democracia en México, en una era de expectativas rotas. IETD-FCE, México, 2016.

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