Desempleo pandémico: Inestabilidad laboral de jóvenes y no tan jóvenes

Gianinna Ferreyro

Corren tiempos difíciles. Todos lo sabemos. Hace un tiempo, en 2019, año que se siente más lejano de lo que en realidad está, escribí un artículo sobre la inestabilidad laboral. Entrevisté a aproximadamente diez personas en un rango de edad de 24 a 35 años, todos con educación universitaria, de diferentes carreras, que oscilaban entre la clase media-baja y la ilusoria “clase media”. Las comillas son porque apenas algunos de ellos rascan el salario y las condiciones de salud, educación y seguridad social que, según el afamado artículo del New York Times “No, no eres de clase media”, de julio del año pasado[1], hacen que una persona en México forme parte de la clase media, con todas sus letras.

Si ahora les preguntara de nuevo a esas personas su situación laboral, la mitad se encontrarían otra vez desempleadas y la otra mitad con apenas un año de “antigüedad”[2] en sus nuevos trabajos. A quienes mejor les va tienen horarios de casi doce horas al día, o han saltado de trabajo en trabajo desde que iniciaron su carrera hasta ahora; es decir, unos cinco años. Ni hablar de las muy relativas prestaciones de ley, las supuestas ocho horas de jornada laboral o los salarios acordes a la experiencia. En cuanto a los ahorros para el retiro, mejor nos ponemos a llorar. Las, los y les millenials somos la primera generación desde la Segunda Guerra Mundial que definitivamente no va a lograr tener un mejor nivel de vida que sus padres.

¿Qué hemos hecho tan mal como generación? Por un lado, tal vez no seguimos al pie de la letra las indicaciones de nuestros padres: nos rebelamos al eliminar las ideas de que los tatuajes son para reos; al estudiar artes sin bajar (tanto) la cabeza; al marchar por la legalización del aborto; al visibilizar la salud mental en ámbitos que otras generaciones no se atrevían a tocar. ¿Son éstas las consecuencias?

Es cierto que somos la generación con mayor porcentaje de estudios superiores en la historia de México, y tendemos políticamente a identificarnos con la izquierda; prueba es el gobierno que tenemos hoy. Sin embargo, no hay que olvidar que la mayor parte de nuestra generación apenas logra concluir la preparatoria, y muchas de estas personas pasan a formar parte del creciente empleo informal, ya que la pandemia ha limitado enormemente el acceso a otras opciones. Por esta misma situación, la población joven menos favorecida tampoco logrará, según la prospectiva, movilidad social en los próximos años.

Con un destino bastante similar, pero en el otro lado del espectro —el de los que hemos podido recibir una educación universitaria: un grupo no tan grande, pero de igual manera relevante para la economía nacional y para el grueso poblacional—, nos encontramos con una generación que persigue la educación superior hasta el cansancio, desde la preparatoria obligatoria, hasta los posdoctorados que repiten los patrones de cualquier trabajo en los sectores público o privado. Pero no nos limitamos a eso, también nos saturamos de cursos, talleres, diplomados, seminarios, conferencias, y cualquier forma académica que añada un valor, aunque sea mínimo, a nuestro CV.

La primera vez que escribí sobre la inestabilidad laboral apenas había pasado un año desde que terminó mi trabajo más estable hasta entonces (y además, mi favorito). Apenas un año, ¡qué tiempos! En ese momento pensaba que era la transición de gobierno, que siempre desestabiliza todo. Llevábamos apenas seis meses gobernados por nuestro actual presidente y había tantas opiniones encontradas como posibilidades abiertas sobre el futuro. Un año más tarde, es decir, a mediados de 2020, la pandemia se había unido al ya tambaleante barco de las tristes estadísticas sobre la Población Económicamente Activa (PEA).

El Instituto Nacional de Estadística, Geografía, e Informática (INEGI) indica que de 2019 al primer trimestre de 2020 la tasa de desocupación[3] subió un punto porcentual; la tasa de subocupación[4] dos y, en apariencia, la informalidad laboral disminuyó un punto. A este año no tenemos información nueva para nuestro país, debido al Covid.

En el panorama internacional todo lo que podemos hacer son estimaciones, de las cuales ya se han visto varias en los titulares en línea: “generación perdida en Japón”, “diez años de retroceso para el mercado laboral de mujeres en América Latina”, “la probable automatización del trabajo en Europa”. El panorama no pinta bien para nadie, pero como siempre, las desigualdades se acentúan: migrantes, trabajadores informales, mujeres y, algo históricamente inusual, la desocupación en el rango de edad de 20 a 29 años: gente que tiene pocos años de vida laboral, que está en miras de adquirir nuevas responsabilidades económicas… O no.

En relación con esta situación, tres preguntas rondan mi mente a menudo (y seguro las de muchos otros): ¿Hasta dónde estás dispuesta a llegar? ¿Qué estás dispuesta a hacer para mantenerte donde estás? ¿Qué no estás dispuesta a hacer, aunque lo necesites? Muy probablemente, si estás leyendo esto, tienes el privilegio de poder detenerte a darle vueltas a esas preguntas todavía, pero, con toda seguridad, una sola palabra, que no es precisamente una respuesta, se ha repetido desde que inició la pandemia: sobrevivir.

Para nuestra generación, y muy probablemente para la que viene, no existen respuestas correctas; hay respuestas prácticas para el “apocalipsis” que vivimos, y ninguna es incorrecta.

Poco se habla en este vórtice situacional de nuestra salud mental, de lo que arrastramos dentro de nosotros mismos: desempleo, pandemia e incertidumbre. Es muchísimo, tal vez demasiado. En un año he visto a mis amigas y amigos entrar en episodios de depresión, tener más de un ataque de ansiedad. También he sido testigo del regreso de episodios antes controlados de TOC, vigorexia, e innumerables conflictos internos reflejados en el cuerpo y la mente.

Hay que aceptar la realidad: no estamos bien, y el sistema no favorece a nadie; ni al trabajo, ni a la salud física o mental, ni al medio ambiente. En resumen, este sistema no favorece la vida como la conocemos. Estamos en el mismo barco, eso es cierto, aun si no en la misma parte del Titanic. No todos estamos en primera clase, ni tenemos botes, o siquiera chalecos salvavidas. A muchos —a la mayoría de la población— más bien le llueve sobre mojado.

Los tiempos difíciles corren para todos, por lo que lo mínimo que podemos hacer, el cambio más pequeño por el que podemos empezar, es tener empatía. No sabemos cuánto tiempo lleva cada uno de nosotros con sus luchas internas, cuánto tiempo ha pasado en desempleo, o subempleo, cuántas personas en su entorno cercano han padecido Covid, cuál ha sido el costo mental y emocional de la pandemia en la otra persona.

A diferencia de hace dos años, cuando escribí mi primer artículo sobre el desempleo, no estoy ansiosa (ni para bien ni para mal) sobre mi futuro laboral. Una de las pocas ventajas de la cuarentena es que he aprendido a vivir en el presente. Sin embargo, hay que ser claros y saber que se aproximan crisis y depresiones, tanto afuera como adentro. Mi experiencia quiere creer que estamos preparados, que seremos la generación perdida para la productividad, pero que seremos la generación del aprendizaje; la generación que tendrá que construir un nuevo tipo de trabajo, de salud y de vida. Por un lado, porque esta forma es insostenible, pero, por otro, porque somos una generación que sabe que merece algo mejor.

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[1] Verónica Ríos, “No, no eres clase media”. Disponible en https://www.nytimes.com/es/2020/07/06/espanol/opinion/clase-media-mexico.html

[2] Comillas de nuevo, porque todos sabemos que para los millenials no existe la antigüedad.

[3] Población Económicamente Activa que no cuenta con ningún tipo de empleo.

[4] Población Económicamente Activa que tiene un empleo, formal o informal, pero que no cubre sus necesidades y está en búsqueda de ampliar o modificar su fuente de ingresos.

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