"Antique Clock" by cobblucas is licensed under CC BY 2.0

El presente como regalo

Dalmau Costa Villegas

Viene de ser que dice que fue aquel que nació y que tuvo consciencia no sólo de haber sido sino de que será. Aunque a veces no haya advertencias y las cosas ocurran en segundos, todo cambia de pronto. Estás vivo, estás muerto. Y todo sigue adelante. Soy delgado como el papel y existo solo a partir de la suerte. Entre porcentajes, temporalmente.  Eso es lo mejor y lo peor. No se puede hacer nada al respecto. Puedo sentarme aquí frente al ordenador y aprender a aceptar las cosas. Pero quizás eso también es un error. Porque finalmente siempre he sido así y siempre seré igual: el tiempo y el mundo, el dinero y el poder, pertenecen a los mediocres y superficiales. Así es como intento trazar líneas para entender que soy. Sin resignación y sin descanso, sin tragedia. Líneas con comienzos y con finales. Sentencias que son como fronteras invisibles. Muchas veces sin saber que todo es ilusión. Entre lo que he sido y lo que seré. Imposible dar cuenta de lo que estoy siendo. La equívoca visión del mundo siempre es el efecto de una causa. Soy lo que he sido y no lo que será. Estoy repleto únicamente de cosas que me han pasado a mí. Soy un ancla llena de febriles sueños. Y cuando hablo, el mundo estalla, y el tiempo sólo es algo abstracto, una huella, una excusa: una fugaz llama de certezas o de planes, de improbabilidades. El momento de aludir a los recuerdos y a los sueños. Por eso en mi distracción siempre pierdo de vista lo que está en medio, ocurriendo, en el instante: la fatal consciencia de que soy. Esa inexistencia acaso necesaria. Porque no puedo expresar el presente como acto. Lo expreso como futuro o como hábito. Como sentencia categórica o incluso como pasado para referirme a la historia. Luego hay también grandes odas a pasados gloriosos. O hermosas distopías sobre futuros que finalmente no son. Pero no puedo hablar nunca del presente. Porque no se puede ver. Ni imaginar. Se escurre entre mis dedos al momento de querer enunciarlo con mis dientes.

Caigo entonces en la conciencia de ser extraño y sólo entiendo el mundo a partir de las cosas que recuerdo, de las ilusiones que tengo. Siempre viendo hacia adelante o hacia atrás. Como oscilando entre la posibilidad y el acto. Pensando en que esta consciencia es simultánea: representa mi cielo y mi infierno. Pensando en que todas las noches me enfrento a ella, que me hace dormir tranquilo o revolcarme en pesadillas.  Y es que al nacer se nos otorga una doble ciudadanía. La del reino de los sanos y del reino de los enfermos. Tarde o temprano cada uno de nosotros tiene que elegir el camino que habrán de seguir sus pasos. Vivir atado a esta dualidad inclemente es mi fatalidad. A pesar de que intente pensar el mundo para entenderlo, liberarme de ese deseo oculto que tengo de construirme y destruirme. Una y mil veces: tener como objetivo sentirme vivo, no morirme de mediocridad, enloquecer por tanta consciencia de mí mismo. Y entonces busco una salida a mis historias y a mis vuelos. Algo que permita acallar todos mis anhelos, convertirlos en cajones que no se abren, en sustancias fácilmente disolventes. Que no me ataquen con sus garras venenosas, que se alejen de los bosques de mi pensamiento.

Así me aprisiono y me vuelvo “hombre-horas”, “hombre-tiempo”, “hombre- dios”. Invento mundos que me rodean y doy nombres a las cosas que existen. Invento también el nombre de las cosas que no existen. El más allá de incesantes cabalgatas con laureles. Esa es mi cruz: una calavera que me impone y que me arrastra. Porque el lenguaje muchas veces lo que tiene de hermoso, lo tiene también de perverso. Entonces dejo de ser piel para ser sangre e invocar al tiempo. Gano una carrera inútil. Burocratizo mis andanzas. A pesar de saber que los relojes no coinciden. Que el reloj interno corre apresurado y que el reloj externo sigue su marcha habitual, titubea con artificiosa calma. Pronto me percato de que lo que era el tiempo ya no es tiempo, sino otra cosa. Algo que cambia su piel, que muta como los camaleones. Y yo lo llamo Dios y le digo que mame de mi corazón ardiente y agotado. Que por favor venga y me chupe el espíritu. Que me convierta en un ser sin tiempo para poder ser. En una salvación y en un convencimiento idiota: en un parco mendicante que se somete. Porque mire usted, soy el vendedor de palabras, si usted quiere usar la palabra presente, tiene que pagar diez euros. Y porque mire usted, la palabra pasado tiene más valor. Y porque mire usted, para comprar su futuro usted tendría que endeudarse, tendría que vender sus alas. Hasta que la delgada línea, ese trazo, finalmente se agota, y ya no me queden suspiros ni palabras para enunciar el tiempo. Adviene la muerte de mi espíritu como fatal desenlace, la resignación como culmen de todo corazón ennegrecido.

Pero la visión materialista prevalece a las cenizas. Como fatalidad y como sentencia: una manta negra que poco a poco se traslada como plaga. Que también muta y se vuelve un chamán oscuro y viejo, podrido y milenario. Gordo con monóculo que me susurra al oído la imposición de linealizar el tiempo, de acomodarlo en calendarios y en horas. Para comprar la vida. Para comprar el tiempo. Para comprar la voz. Aunque en el fondo sepa que esa solamente sea una forma para hablar del miedo. Entonces entiendo las falsedades de los libros: que de verdad el cambio está en nosotros, que los sueños se construyen con esfuerzo, que yo soy el responsable de mi propia felicidad. Me idiotizo con frases huecas, las dejo hilarse en un convencimiento lineal, como el tiempo, y pronto dejo de tener miedo. Porque el miedo se matiza y las frases se vuelven fósiles de mis quehaceres cotidianos: felices oraciones que me latigan con fuerza y desdén esclavizante. Para comprar la felicidad hay que esforzarse: la felicidad es tu futuro. Y me aferro a eso: a la fatal idea de que debo fabricarme una sonrisa, armarme con ella, ponerme bajo su protección, tener algo que interponer entre el mundo y yo. Camuflar mis heridas, acometer, en fin, el aprendizaje de la máscara. Y me lo creo porque me dice que la vida sólo tiene sentido a partir de la inconciencia y de la locura colectiva. El mundo empieza a perder gradualmente su transparencia y se oscurece, se hace incomprensible, se precipita. Pienso en mis compras y las llamo falsamente libertad y las llamo falsamente posibilidad y las llamo falsamente felicidad. Porque eso son: objetos y objetivos para sonreír. Lo hermoso del lenguaje también es perverso. Y lo perverso siempre es ilimitable. Por eso tengo que pagar por mi llanto y por mi enojo y por mis palabras. Bajo esta nueva religión en la que no creo, que se me impone con violencia y que no entiendo. Que ante todo intenta convencerme de que el presente no es una palabra, sino que es un regalo. Y se puede comprar.

 

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