No soy un conocedor del cine, pero soy aficionado a las historias. Esto no es, por lo tanto, una reseña cinematográfica, sino un recuento (sin spoilers) de mi experiencia con Frankenstein, la reciente producción de Guillermo del Toro que está por estrenarse en Netflix y que actualmente se está proyectando en salas selectas.

Era natural que del Toro llegara a esta historia. Se ha declarado fanático de Mary Shelley, con la que, dice, llegó a tener un crush. Mi experiencia con Shelley fue distinta. No leí el Frankenstein en mi adolescencia, como muchos entusiastas, sino apenas pasados mis veinte años. Como muchos, me acerqué pensando en el terror (el cual, no está de más decirlo, nunca ha sido mi predilección) y me encontré con una lectura que en su momento me hizo total sentido.
Y es que los libros no llegan tarde; las lecturas son hechos situados. El momento oportuno para la lectura es cuando ese libro llega a nuestras manos. La experiencia lectora es situada en nuestro contexto de vida. No es que llegue temprano o tarde, sino que el sentido que nos provoca dependerá del momento de vida en que nos encontremos.
En su momento, el Frankenstein de Mary Shelley me invitó a pensar el papel corruptor de la sociedad, al modo rousseauniano (algo que la película retoma nada sutilmente); a repensar la función de la ética en la ciencia; y a dimensionar el espasmo de la humanidad ante la relación con su creador (llámese como se llame).
Con ese telón de fondo, fui a ver Frankenstein esperando no encontrarme con un monstruo terrorífico (aunque, en eso, Guillermo del Toro es un genio), sino a enfrentarme a esas mismas inquietudes, varios años después, y en otro formato.
La obra de Shelley, publicada en 1818, puede leerse en clave de la ética de la ciencia. El cientificismo, llevado a su extremo, busca romper ataduras con su realidad. Creer que la ciencia es la búsqueda del conocimiento por el conocimiento en sí mismo es un arma peligrosa, de la cual Victor Frankenstein puede ser un ejemplo. El antropoceno colocó al ser humano en el lugar de Dios; Victor hace suyo ese papel de creador. Se coloca frente a su creación como su Dios-Creador. Como Zeus, le exige a su creación adoración. Recibe miedo, y eso lo enloquece.

La contención del conocimiento científico es la limitación técnica, no el dilema moral. El rechazo de los miembros de la Real Academia de Medicina por Victor es el reconocimiento de esos límites morales que este no acepta. Su lugar es el ostracismo. (En la entrevista de Sensacine Latinoamérica https://www.youtube.com/watch?v=8NGxXluiWnA a Oscar Isaac y Guillermo del Toro se ha hecho notar el papel del rechazo como el leitmotiv de la película; la inocencia, creo yo, es el otro).
Las metáforas bíblicas ya estaban presentes en la obra de Mary Shelley; acá, del Toro pone en imágenes el drama de la creación. Después del Génesis, Victor aborrece a su criatura. Busca en el fuego la salvación de su propia alma al querer eliminar aquello que surgió de lo más profundo de su odio. No se digna ni a nombrarlo; el monstruo o la criatura carece de nombre. Al no dotarle de nombre, le arrebata su humanidad (algo que ya se había hecho notar, desde hace muchísimo tiempo, en la obra original).
Nosotros, humanos, tenemos menos empatía con Frankenstein que con su monstruo. Este último es el que, al final, es más humano. Su miedo, su inocencia y su enojo con un creador que no le ha dado un motivo para existir, pero que tampoco le deja morir. La historia va sobre en qué consiste ser humano, me dice Liv Blazy después de ver la película. Sí, y justo explora uno de los elementos fundamentales de ese ser: la curiosidad.
Pero la curiosidad es peligrosa; lleva a descubrir lo que nos puede destruir. El monstruo conoce tan perfectamente a su creador que lo odia. Lo lleva a la insanidad. ¿No nos llevaría a nosotros también a la insanidad el saber el origen, conocer a nuestro creador? Así como las verdades de la ciencia pueden ser destructivas, las verdades espirituales podrían ser incontenibles. Algo de eso hubo en otra película de ciencia ficción: Prometeo de Ridley Scott.

La segunda parte del filme, que sigue el camino del monstruo hacia su corrupción, es el de la historia humana. Rousseau y el buen salvaje. Es la violencia del medio lo que convierte a la criatura en la materialización del odio. Un odio que no puede ser catártico por su imposibilidad de morir.
Oscar Isaac y Jacob Elordi se roban la película; aun cuando están acompañados de actores legendarios como Christoph Waltz, se convierten en accesorios en el drama de Victor y su creación.
El ego del científico, que mueve a Victor, es opacado por la destrucción que ha creado. Algo que vimos con Oppenheimer de Christopher Nolan hace un par de años. En la cima de su éxito, el universo es el límite. Al final, sin embargo, Frankenstein se convierte en Ozymandias: el rey que se creía eterno, y que yace en el olvido. Un guiño muy bueno por parte de Guillermo del Toro, pues el autor del soneto Ozymandias, leído por el monstruo en la película, fue escrito por Percy B. Shelley, mejor conocido por ser el esposo de Mary Shelley:
Conocí a un viajero de una tierra antigua quien dijo: «dos
enormes piernas pétreas, sin su tronco se yerguen en el
desierto. A su lado, en la arena, semihundido, yace un
rostro hecho pedazos, cuyo ceño
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio, cuenta que
su escultor comprendió bien esas pasiones las cuales aún
sobreviven, grabadas en estos inertes objetos, a las manos
que las tallaron y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal se leen estas palaras: “Mi nombre es
Ozymandias, rey de reyes: ¡Contemplad mis obras,
poderosos, y desesperad!
Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia de estas
colosales ruinas, infinitas y desnudas se extienden, a lo
lejos, las solitarias y llanas arenas».

Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador.






