Emulación (Una reseña de Héctor Aguilar Camín)

Por Emmanuel Rosas Chávez

  • Reseña de Héctor Aguilar Camín, Plagio (Una novela), Literatura Random House, Ciudad de México, 2020, 133 pp.

El argumento de Plagio, la última novela de Héctor Aguilar Camín, se puede leer en las primeras dos páginas. El narrador, que también es el protagonista, cuenta su caída en desgracia al ser acusado de plagio luego de haber ganado el Premio Martín Luis Guzmán, “de escritores para escritores”. El ritmo vertiginoso y preciso del inicio de la novela da la razón al protagonista, quien en algún pasaje afirma haber “recibido los dones de la síntesis y la claridad, pero no los de la inspiración y la belleza”. Desde el principio los lectores no sólo nos enteramos de los señalamientos de plagio que pesan sobre el personaje y que a la postre lo harán renunciar a su premio recién obtenido y a dejar su cargo como director de cultura en la universidad, sino de que en dichas imputaciones está implicada su mujer, quien sostiene una relación con el joven y brillante escritor Voltaire —así lo llama el protagonista—, principal denunciante y que sólo unos días después de haber descubierto los plagios amanece muerto en su departamento.

A pesar de que todo está contado desde un inicio, Héctor Aguilar Camín logra mantener al lector en vilo hasta la última página. Esto se debe, en principio, al hecho de que, aunque los principales detalles de la historia ya son conocidos, la trama no acaba por quedar del todo zanjada. El narrador dice que su mujer es “el vínculo secreto” de sus acusadores y “la descuidada informante del escritor que había denunciado el plagio”, y a partir de ello uno puede suponer que la esposa del protagonista tiene una relación amorosa con Voltaire, pero no es del todo claro. Asimismo, al leer que Voltaire aparece muerto en su departamento después de haber denunciado el plagio uno sólo puede conjeturar que murió asesinado a manos del escritor acusado de ser un plagiario, cuantimás si este último refiere que su mujer, tras enterarse de la noticia, lo “miró espantada” y corrió a denunciarlo. Son estos cabos sueltos los que hacen que el tipo de lector que yo llamo ingenuo —aquél que al leer novelas sólo se interesa en buscar las respuestas de preguntas factuales del tipo: ¿quién es el asesino?— quiera seguir leyendo, y el autor lo sabe muy bien, pues hace decir a su protagonista que: “Todo esto requiere una explicación. Es lo que van a leer”.

Más allá de esos cabos sueltos, Plagio trata sobre todo de la envidia y la admiración, de la literatura y los límites de la originalidad. El plagiario confiesa que comenzó a escribir “llevado por la envidia” de aquello que leía. Y me pregunto: ¿acaso no empiezan así todos los escritores, acicateados por la vanidad de que pueden escribir paginas tan bellas como las que leen en palabras de otros? En el mundo de la literatura, y en el de las artes en general, no suelen cuestionarse la inspiración y la originalidad como virtudes quizá porque como género humano una de nuestras más grandes aspiraciones es llegar a ser uno mismo, si es que eso es posible y no en realidad nos la pasamos imitándonos unos a otros todo el tiempo.

El recién fallecido Javier Marías reivindicaba la emulación, una palabra que le parecía hoy en desuso y que no es otra cosa que el deseo de parecerse a eso que uno más admira. Es noble y grata la sensación de saberse el constructor de un castillo, así éste sólo sea de arena, ¿pero acaso no lo es también el ser heredero de un castillo que ha venido edificándose desde hace siglos y al que uno sigue dándole uno que otro retoque? Esto bien lo sabe el protagonista de Plagio, quien opina que en “la historia de todas las literaturas, por unos cuantos inventores genuinos, hay un ejército de repetidores” y que el plagio “va acompañado de la admiración”. Por ello me atrevo a decir que más que un plagiario el protagonista es un emulador y que su literatura es de homenaje —o “intertextual”, como se le solía conocer antes de que su autor fuera acusado de hurto—, pues, salvo la ocasión en que se limitó a quitar las comillas a unos artículos, su arte consistía en crear algo totalmente nuevo con lo ya conocido. Ya juzgará el lector.

Otro de los temas que domina la lectura de Plagio es la recreación de las intrigas y las luchas por el poder en ese mundillo, tan pequeño como repleto de vanidades insatisfechas, que es el de la cultura. De no ser por la advertencia que se hace al inicio de que “todo lo que se cuenta es verdad, salvo los nombres propios, que también son falsos”, uno está tentado a querer adivinar en cada página personajes y acontecimientos de nuestra vida pública. Y pese a ello, uno termina por otorgarle poderes de premonición a la novela, o al menos así lo hice cuando al leer que “los políticos que luchaban a muerte por el poder dentro del gobierno escogían campos de batalla laterales, como la cultura” sólo pude pensar en el rechazo de un sector del actual gobierno al nombramiento de la escritora Brenda Lozano como agregada cultural en España hace poco más de un año. ¿No eran sólo confabulaciones de un grupo que quería dar un tropezón al trabajo de Marcelo Ebrard en la cancillería? Pero no me desvió y termino con otra advertencia: quien quiera leer Plagio con los lentes de los recientes sucesos de nuestra vida pública corre el riesgo de equivocarse y vestir con el talento de nuestro plagiario, pese a sus limitaciones y pillerías, a ladronas vulgares que se pasean por la calle con toga y birrete.

 

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