Reflexiones sobre Vida y Muerte del Populismo

Por Hugo Garciamarín

Comparto con entusiasmo la alegría de estar aquí1, acompañado de colegas y amigos a quienes admiro, presentando un libro que, más allá del cumplimiento de cualquier protocolo, me parece realmente notable. No lo digo por cortesía , sino por una genuina convicción. Vida y muerte del populismo. Teoría e historia conceptual (1890-2016 es, a mi juicio, un libro valioso por múltiples razones.

En primer lugar, se trata de una obra que se deja leer con agilidad, sin que esto implique una merma en su densidad analítica. Al contrario: su claridad es el resultado de un trabajo intelectual riguroso, que condensa con eficacia una discusión compleja. En segundo lugar, el libro ofrece una historia conceptual de un término tan popular —permítaseme el juego de palabras— como el populismo, construida con orden, sentido crítico y una notable capacidad de síntesis. Es por ello una lectura provechosa tanto para quienes se inician en el tema como para quienes lo han trabajado largamente y acaso sospechan que ya no hay mucho más que decir; estoy seguro de que encontrarán aquí más de una sorpresa.

Por último, destaco su propuesta teórica: una definición clara, útil y bien fundamentada del populismo, así como un epílogo que merece especial atención. Es un cierre reflexivo, escrito —me atrevería a decir— desde el pesimismo de la inteligencia, por alguien que no sólo ha estudiado la política, sino que también la vive. Alguien que conoce a fondo las promesas, límites y tensiones de la democracia y de esa aspiración populista que, una y otra vez, se propone enmendar sus fallas.

Gibrán Ramírez Reyes, Vida y muerte del populismo. Teoría e historia conceptual (1890). El regreso del bisonte-UAS, 2024.

Dicho esto —y sin ánimo de arruinarle a nadie la experiencia de lectura, pues confío en que se animarán a adquirir el libro y recorrerlo por cuenta propia—, quisiera compartir algunas inquietudes que me surgieron a lo largo del texto. Son interrogantes que, espero, resulten sugerentes tanto para el autor como para quienes nos acompañan esta tarde, y que tal vez sirvan de invitación adicional a adentrarse en la obra.

Como bien indica su título, el libro se propone como una historia conceptual del populismo. Y en ese sentido, no pretende —ni tendría por qué hacerlo— ofrecer una genealogía de los conceptos que orbitan en torno al término, como el de caudillismo, por ejemplo. Sin embargo, me interesa plantear una pregunta sobre una noción que considero central, tanto en la teoría como en la práctica del populismo: la idea de pueblo.

El pueblo, lo sabemos, ha sido —y sigue siendo— una categoría ambigua. En el pensamiento político, pero también en el lenguaje del poder y en las pugnas por él, el pueblo ha designado cosas muy distintas: una masa anónima, un cuerpo político soberano, o bien una comunidad vinculada por lazos culturales, históricos o territoriales. Tal vez sea precisamente esta polisemia la que ha permitido que, como señala el autor, monarcas, dictadores y dirigentes de partidos tan dispares se proclamen representantes del pueblo. Basta mirar el presente mexicano para constatarlo: prácticamente cualquier político, sin importar su extracción social o su trayectoria partidista, se presenta hoy como la voz del pueblo y adversario de una supuesta oligarquía. 

La hipótesis central del libro —y no temo arruinar la lectura al decirlo, pues está formulada desde el título mismo— sostiene que tanto la democracia moderna como el populismo, tal como los conocimos, han dejado de ser posibles: las condiciones materiales que los hicieron viables ya no existen. En ese sentido, quisiera plantear al autor una pregunta que se desprende casi naturalmente de esa afirmación: si el populismo ha muerto, ¿ha muerto también el pueblo con él?

Quisiera subrayar que en el libro queda claro —y me disculpo si aquí sí incurro en un pequeño spoiler— que el autor no suscribe la idea, tan influyente en los últimos años, de que el pueblo sea un significante vacío, como propone Ernesto Laclau. En su planteamiento, el pueblo no es únicamente una forma simbólica susceptible de articular demandas diversas, ante el déficit de representación “real” de las sociedades. A esto, hay  que agregar la imagen del pueblo; la ficción de unidad proyectada desde distintos lugares: una representación en la que alguien (y otros) ve un cuerpo colectivo. En ese plano, el pueblo opera como un imaginario de pertenencia y de sentido, lo que el autor llama subjetivación política: la forma en la que un actor colectivo adquiere conciencia de sí y por ende se convierte en sujeto político. 

Pero si —como sugiere el libro— las condiciones materiales que sostenían a ese sujeto político se han transformado radicalmente (pienso, por ejemplo, en la declinación de los sindicatos, la crisis de los partidos, la fragmentación del espacio público), ¿puede seguir existiendo el pueblo como tal? ¿O hemos llegado a un punto en que sólo queda su evocación discursiva, desanclada de toda materialidad? ¿Es el pueblo, en el contexto actual, apenas un recurso retórico, una sombra de su potencia histórica? 

Esto me lleva, en segundo lugar, a plantear una cuestión que atraviesa, de forma más o menos explícita, muchas de las discusiones en torno al populismo: su difícil, a veces borrosa, distinción respecto del fascismo-nazismo. En más de una ocasión, incluso entre politólogos, se recurre con cierta ligereza —a veces por comodidad analítica, otras por inquietud moral— a equiparar figuras y procesos profundamente distintos: se coloca a Hugo Chávez y a Adolf Hitler en una misma categoría, como si el populismo y el nazismo (que, por cierto, cabe resaltar no es idéntico al fascismo) respondieran a una lógica común. Estoy pensando, en particular, en el libro Cómo mueren las democracias de Daniel Ziblatt y Steven Levitsky, donde esta asociación es insinuada con muy pocos matices.

Ahora bien, si hay un concepto que complica esta distinción, es justamente el de pueblo. Si estoy siguiendo adecuadamente los argumentos del autor, tanto el fascismo como el populismo son formas de subjetivación política que hacen del pueblo un elemento central. Ambas interpelan y construyen una identidad colectiva a partir de esa categoría. Entonces, ¿qué las diferencia? ¿Dónde trazar la línea sin caer en una condena moral o en un esencialismo político?

Presentación del libro. Coordinación de Humanidades, UNAM.

Aquí, permítanme una digresión —una que, creo, no es del todo ajena a la discusión—. Por razones que no viene al caso detallar aquí, me he encontrado estudiando la relación entre Arthur Schopenhauer, Sigmund Freud y Martin Heidegger. De manera muy apretada —y me disculpo si con esto pierdo muchos matices— podría decir que los tres se esfuerzan por pensar lo que en el ser humano permanece oculto: la voluntad, el inconsciente, el ser. 

Lo interesante es que sólo uno de ellos —Heidegger— se atrevió a dar el salto sin mayor cuidado de lo individual a lo colectivo, del ser en singular al ser del pueblo. En Ser y tiempo, Heidegger concibe al Dasein como el ser humano cuya existencia está estructurada temporalmente: arrojado a un mundo que no elige, proyectado hacia posibilidades, ocupado en su presente con los asuntos cotidianos. Pero en su tristemente célebre Discurso del rectorado, traslada esa estructura ontológica al plano político: el pueblo alemán es allí presentado como un Dasein histórico, con una facticidad concreta —su lengua, su arte, su filosofía—, un proyecto de destino —la realización de la nación— y un presente decisivo —el año 1933— como momento de revelación y cumplimiento. 

Traigo esto a colación porque pareciera que lo que hoy llamamos populismo reproduce en buena medida la misma estructura heideggeriana que acabo de mencionar. También el pueblo se concibe con una facticidad concreta —una historia compartida, una lengua, una cultura, una memoria de agravios—; también hay un proyecto de destino, a menudo expresado como la realización de una voluntad histórica que ha sido interrumpida o traicionada; y hay, finalmente, un presente crucial que exige decisión: “son tiempos de definiciones”. Si esto es así; si el populismo comparte esa estructura con el fascismo —facticidad, proyecto, momento decisivo—, ¿cuál sería entonces la diferencia entre ellos ? ¿Dónde termina uno y comienza el otro? 

Y esta reflexión me conduce a un último comentario, que gira en torno al epílogo del libro. Según entiendo —y aquí parafraseo libremente—, el autor plantea que muchos de los liderazgos contemporáneos que se autodefinen como populistas no lo son en sentido estricto: son imitadores, impostores incluso, pues si bien adoptan ciertos elementos del discurso populista, sus prácticas están muy lejos de la tradición que ese nombre evoca. Esta distancia, advierte el autor, no es casual: se debe a que las condiciones materiales que hicieron posible tanto al populismo como a la democracia moderna han desaparecido. En ese contexto, me pregunto: si el pueblo —entendido como sujeto político encarnado en movimientos de masas, sindicatos, partidos— ya no es posible; si la diferencia entre populismo y fascismo ha sido siempre frágil, ¿no será que lo que queda en estos nuevos liderazgos es simplemente una proyección autoritaria con un tufo fascista de la colectividad?

Lo sugiero con cautela, pero con inquietud. Porque si algo han demostrado los argumentos del libro —y también de otros trabajos que lo acompañan— es que el populismo, en su mejor expresión, ha tenido efectos democratizadores, efectos que lo distinguen claramente del fascismo. El caso del peronismo —no sin tensiones internas— podría ser el ejemplo más emblemático. Por eso resulta, al menos, llamativo que los liderazgos actuales, muchos de los cuales reivindican formas populistas de interpelación, aparezcan en cambio como expresión de un momento mundial  autoritario, o al menos en América Latina, como muestran algunas de las gráficas del epílogo.

Esto no es menor. Sobre todo porque muchos de estos nuevos liderazgos —estos “falsos populistas”,— articulan una rebeldía de extrema derecha, una furia contra el sistema que no busca ampliarlo ni redistribuir el poder, sino capturarlo. Y también porque, en un mundo en el que el pueblo como sujeto colectivo parece desdibujarse, reemplazado por públicos fragmentados y comunidades virtuales, es más sencillo construir nuevas formas de identificación desde una vulgarización de aquella fórmula heideggeriana: en vez de un pueblo con destino, tenemos burbujas virtuales con voluntad de llegar a alguna parte.

Con esto cierro mi participación. Quisiera subrayar que estas no son más que reflexiones suscitadas por una lectura estimulante, que invita a pensar y a repensar. Porque lo valioso del texto no es sólo su tesis —la muerte del populismo tal como lo conocimos—, sino el gesto de dejar abierta la pregunta: ¿y ahora qué? ¿Qué hacemos frente a esto que aún no comprendemos del todo y que, sin embargo, seguimos nombrando con las palabras de otro tiempo? Ahí, en ese espacio incierto, es donde el libro adquiere su mayor fuerza: no en las respuestas que ofrece, sino en las preguntas que nos deja.

El funeral de Sir Hector MacDonald en Edimburgo. Dibujo a la gouache de F. C. Dickinson, basado en J. Faulds. Wellcome Collection.

  1. Este texto se leyó durante la presentación de Vida y Muerte del Populismo. Teoría e historia conceptual (1890-2016) de Gibrán Ramírez Reyes, durante el XIII Congreso Internacional de Ciencia Política AMECIP 2025. ↩︎

Hugo Garciamarín (@Hgarciamarin) es politólogo y Director de la Revista Presente

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