Estado de Malestar: derechas, antisistema y sociedad pos-COVID

Por Patricio G. Talavera

Un lugar común durante todo el recorrido de la pandemia ha versado en la alteración definitiva de los patrones de construcción colectiva, sobre todo en sociedades occidentales, y su impacto en la representación política. Pero mucho menos claro se ha mostrado el especificar esos cambios que la convivencia civil tiene por delante en lo político producto de una inédita crisis múltiple: económica, social, política epidemiológica y climática. En este ensayo pretendemos desarrollar algunos puntos sobre conflictos que persisten en moldear los contornos políticos de la relación entre sociedad y Estado, con enfoque en los partidos antisistema en general, y las nuevas derechas latinoamericanas en particular.

En los últimos 20 años, la idea de “giros” políticos en determinada dirección siempre ha contado con un gran atractivo y adhesión. Casi con una noción de rítmica biológica, se da por supuesto que luego de la etapa liberal de los años 90, procedía un “giro a la izquierda”, el cual, agotado el boom de commodities y espoleado por la crisis global de 2008-2009, sería paulatinamente desplazado por un “giro a la derecha”. En primer lugar, en algo alejado de esa percepción bastante difundida, creemos que en los últimos 20 años la región ha ido adoptando una suerte de “normalización democrática” la cual apunta a cambios mediante una rutinización de la alternancia en el poder. Aunque la extensión de la experiencia democrática, como marcó en su día Scott Mainwaring, no conjura por sí misma la inestabilidad, el voto tanto hacia una como hacia otra corriente ideológica parece constituirse como mecanismo de rendición de cuentas relativamente asentado en la población.

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En este contexto, el potencial “giro a la derecha” no sería más que el resultado de una evaluación negativa de las gestiones ejecutivas de las agrupaciones ubicadas a la izquierda del espectro ideológico latinoamericano. Esta alternancia se verifica sobre todo en la segunda mitad de la década de 2010 (Argentina 2015, Brasil 2018, Ecuador luego de 2017, Chile 2018 y Uruguay 2019). Sin embargo, ha contado con menos presupuesto político que los ejecutivos de la etapa previa. La nueva camada de gobernantes se ha visto ampliamente condicionada por un trípode de difícil administración: en primer lugar, la victoria no implicó mayorías nítidas, lo cual forzó a pactos de gobernabilidad que atenuaban, redireccionaban y/o segmentaban el programa electoral de la fuerza ganadora. Este sería el caso de Jair Bolsonaro en Brasil y Luis Lacalle Pou en Uruguay. En Ecuador, Guillermo Lasso ha entablado entendimientos parlamentarios con el movimiento indigenista Pachakutik, un hecho insólito 20 años antes, época del fugaz paso de Lasso como Ministro de Finanzas del liberal Jamil Mahuad. En segundo lugar, la existencia de nuevas formaciones de extrema derecha, las cuales tensionan sobre la capacidad de captación electoral de los partidos tradicionales, sobre todo en entornos urbanos golpeados por crisis sucesivas. Estas nuevas agrupaciones logran una mayor capacidad de visibilizar malestares y, en algunos casos, cuentan con una mejor estrategia de movilización de desafectos. José Antonio Kast en Chile, Javier Milei en Argentina, Chi Hyun Chung y Luis Fernando Camacho en Bolivia, Rafael López Aliaga en Perú empujan desde vertientes distintas a los partidos tradicionales de derecha, hacia una estructura de competencia bifronte. Esta estructura de competencia implica la captura simultánea de dos colectivos. El primer frente, el de sectores de clase media radicalizados que buscan manifestar la frustración de sus expectativas accionando políticamente con su voto contra el establishment. El segundo frente, el de sectores no negados, pero sí más reactivos a dichas ofertas nuevas, permaneciendo fieles a patrones más tradicionales de voto. La clásica “carrera por el centro” independiente ahora se encuentra trastocada por una imperiosa necesidad de evitar la “tupacamarización” en manos de formaciones rivales tradicionales y nuevos partidos de extrema derecha. Por último, en tercer lugar, el agotamiento de un modelo de Estado expandido como espacio cobertor contra shocks externos, que determinó la extensión de modelos de protección social que conjugaron mal su accionar y narrativa en tiempo de precios internacionales en caída. El estancamiento y la consecuente promesa frustrada de movilidad social que ondeó durante una década bajo gobiernos progresistas no horadó a fuerza de explosiones sociales las bases electorales del progresismo latinoamericano, como si ocurrió con la experiencia liberal de los años 90, donde muchos vehículos partidarios nunca más volvieron a ostentar el control del gobierno (el PSDB de Fernando Henrique Cardoso en Brasil, o el MNR de Gonzalo Sánchez de Lozada, por ejemplo) o lo hicieron luego de una prolongada etapa de confinamiento opositor y moderación programática (el Partido Nacional de Uruguay, como otro ejemplo). Lo precedente no muere dramáticamente, y lo nuevo carece de épica de la refundación. Sin coyuntura ni recursos institucionales que empoderen ejecutivos de la delegación personalista, los nuevos gobiernos de derecha se encontraban entrampados por el estancamiento económico,  sus consecuencias sociales, y la crisis propuesta por el Covid-19. El resultado podemos describirlo como una especie de “giro” mixto, a marcha forzada, donde dichos gobiernos se vieron en la obligación política de mantener estructuras de protección social, ampliarlas (Brasil y Argentina), e incluso en la contradicción más extrema, ser testigos coadyuvantes de la demolición de viejos órdenes institucionales   tendencialmente conservadores (Chile). Estas maniobras tácticas, dictadas por la supervivencia política, la minoridad parlamentaria, la crisis fiscal del Estado, el contexto externo negativo y la lógica volatilidad de apoyos potenciales, tanto en la sociedad civil, como en la clase política y empresarial, tuvieron impacto en su electorado natural. De las cesiones salieron las escisiones: azuzada por la crisis social, el reblandecimiento identitario obligado de las formaciones tradicionales dio lugar partidos de nuevo cuño que reclamaban del abandono de banderas culturales en manos de la izquierda, como el matrimonio homosexual, nuevas tendencias intelectuales, el aborto, etc. Todo esto o bien apuntaló a formaciones de discurso liberal (atacando la consolidación de Estados expandidos bajo izquierda, pero conservados bajo derecha) o bien se refugió bajo el paraguas de ideas tradicionales próximas a valores religiosos. En este segundo caso se encuentra la influyente bancada evangélica que determina puestos en el gobierno de Bolsonaro en Brasil; condiciona la agenda política de sectores del Partido Nacional y constituye parte fundamental de la emergencia de Cabildo Abierto en Uruguay; fragmenta al extremo al centroderecha peruano; y marca fronteras calientes al predominio de Juntos por el Cambio en Argentina con agrupaciones tendientes al nacionalismo conservador (Frente Nos) o al evangelismo político (Valores para mi País). Incluso bajo el autoritarismo venezolano, esta última opción ha dado alternativas, como el partido Esperanza por el Cambio, del pastor Javier Bertucci.

Todo esto nos lleva a identificar puntos que creemos que marcan las líneas de fondo en torno a la representación política, y que condiciona a derecha e izquierda, en muchos casos con carácter y discursividad antisistema, potenciadas por la tensión social creada por la pandemia.

Relocalización defensiva

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El escenario de creciente competitividad electoral en la década de 2010, que desembocó en finales de ciclo relativamente prolongados (Uruguay, Brasil, Argentina) y en el surgimiento de partidos de derecha de nuevo cuño y resonancia inmediata (Cabildo Abierto en Uruguay, Creo en Ecuador, el Partido Republicano en Chile), dio la pauta de nuevas bases de reconstitución de representación política. Esas bases ya no se hicieron tanto sobre planteos “catch-all” o sedimentos poli-clasistas, sino que fijaron como mecanismo de apalancamiento realidades locales, identidades regionales y culturas particulares, para luego “exportar” sus fórmulas al conjunto de la sociedad. Pero a partir de un piso muy concreto y con marcas identitarias bien expuestas, las cuales además no se presentaron (en muchos casos, tampoco lo hacen hoy) como fácilmente intercambiables. Como contracara del pragmatismo tradicional de los partidos para concretar coaliciones de gobierno, el reflujo se presentó en un formato de purismo que traducía intransigencia en el lenguaje de la simplicidad; un rechazo visceral y metálico a cualquier acto de acuerdo, como señal de fidelidad representativa. En esa clave de lucha contra las “castas” políticas, también pueden ser comprendidos fenómenos como Javier Milei e incluso las oscuridades barrocas que hace al pensamiento social de un presidente pretendidamente de izquierda como Pedro Castillo en Perú. La retroversión hacia el mundo de las costumbres privadas como eje de comprensión política del conjunto de la sociedad fueron en muchos casos reflejos de empoderamiento de actores concretos, como los evangélicos en Brasil. Estos últimos avanzaron en la medida que el Estado social brasileño retrocedía en los años 90 entre directivas políticas nacionales y el default gerencial del aparato estadual en lugares como Río de Janeiro, con ribetes en muchos casos de Estado fallido. Así, el estado original del bolsonarismo convivió con 4 gobernadores estos últimos 7 años, la misma cantidad que en los anteriores 15 años. Sobre esta brecha se articula la politización de elementos de intimidad y proximidad como la creencia religiosa. La misma obtiene incentivos de expansión alimentada por los problemas creados por la estatalidad insuficiente y las imposiciones culturales de cierto progresismo (símbolos, modelo familiar, concepción de la educación). La retórica vuelve a lo hogareño, pero ya no como exégesis de administración presupuestal eficiente, sino como Kamchatka resiliente de un esencialismo en torno a la familia nuclear clásica: la campaña “Con mis hijos no te metas” en Perú, o el rol político de la Iglesia “Misión Vida” en un país de vigoroso laicismo como Uruguay son apenas muestras de un fenómeno más amplio. Si en Europa la relocalización ante el derretimiento post crisis de los partidos tradicionales adquirió un formato de grito municipalista o de proto-trumpismo étnico, en América Latina, tierra de creencias cruzadas, hombres decisivos y mujeres predestinadas, lo fue la reconfortante calidez de la casa. Referencias cercanas, fuertes y confiables, para un mundo inestable y agentes de representación poco confiables. Si conocido, dos veces bueno.

Tres imágenes para un problema

Los problemas recurrentes del liderazgo político latinoamericano que retroalimenta opciones extremas son aquellos que ilustraremos con tres imágenes. La primera es la de Hans, un pequeño agricultor de Waltzer, Nassau, en la Prusia de mediados del siglo XVIII. Como agricultor, tenía el problema de un vecino que cambiaba el cauce del río para su beneficio personal, perjudicando sus terrenos. Reclamó a los juzgados, y como no existía regulación, todas sus peticiones fueron denegadas. Desesperado, apeló al rey Federico II, en busca de una solución. Comprendiendo la situación, el rey tomó una medida drástica: ejecutó a todos los jueces de todas las instancias que fallaron contra el granjero, y también al vecino abusivo de éste. Sin embargo, los fallos habían sido correctos: ninguna legislación contemplaba esa necesidad. Aquí la primera parte de la secuencia: liderazgos que, en aras de responder a necesidades materiales, políticas e inmediatas, detonan el orden jurídico y oprimen la construcción institucional que salvaguarda la convivencia ciudadana. Nayib Bukele en El Salvador o Alejandro Giammattei  en Guatemala, podrían ser ejemplos de esto. Esto direcciona a los órganos contralores, los cuales, por temor a ser represaliados, adaptativamente cesan en su función de control, inaugurando un pernicioso patrón de defección estratégica, al decir de Gretchen Helmke, del Poder Judicial. De esta manera, el recurso de la institucionalidad es entregada a elementos políticos que la instrumentalizan para llevar adelante un pulso al líder en la cima del Estado, aún con métodos reñidos con dichas ideas: el ejemplo de Luis Fernando Camacho en Bolivia contra Evo Morales parece resultar bastante cristalino al respecto. La tensión resultante puede implicar desbordes disruptivos que llevan al quiebre institucional (Bolivia 2019) o prácticas reñidas, quizás no con su letra estricta, pero si con el espíritu de las leyes (el “constitutional hardball”, al decir de Mark Tushnet, podría ser un buen visor de análisis). El impeachment de Dilma Rousseff y la posterior detención de Lula da Silva en las vísperas de la elección de 2018, con la subsecuente emergencia de Jair Bolsonaro, podrían ser también ejemplos de lo referido. Esto puede llevar a una etapa de disgregación, fragmentación y desencanto, bajo el cual se deterioren los parámetros sociales, aumentando la conflictividad. Aquí puede hacer aparecer nuestra segunda imagen: el sebastianismo. El sebastianismo es un mesianismo portugués y más tarde difundido en el noreste de Brasil. Se traduce en un descontento con la situación política que se vive y en una expectativa de solución personalista, repentina, rápida e indolora, a través de la resurrección de un fallecido célebre (en el caso histórico, Sebastián I de Portugal, muerto en batalla en condiciones misteriosas). Esta idea, que pobló la literatura de Fernando Pessoa, enmarca la confianza ciega en un “rey bueno”, un líder, una marca, un símbolo decisivo que nos salve, y que tiene como contracara la ausencia de esfuerzo colectivo por la existencia de un ícono que todo lo puede. Sobre este supuesto, se federan las esperanzas, y se alinean las expectativas en momentos de agudizamiento de crisis, como la ocasionada por el estancamiento económico o el mismo Covid-19. Macri en 2015 en Argentina, la vuelta del kirchnerismo en 2019 e incluso el mismo Lula en Brasil para 2022 pueden ser ejemplos de ello. Hoy en Venezuela por caso, las encuestas reportan una amplia popularidad del fallecido Hugo Chávez, conviviendo con amplios márgenes de desaprobación de Nicolás Maduro; la vigencia del Fujimorismo en Perú, aún en la derrota, puede ser otro caso. La frustración inevitable de una esperanza tan concentrada e intensa deja abierto a fórmulas de desencanto antisistémico más radicalizadas. Estas últimas movilizan mediante sentimientos negativos, identidades marcadas y nativismos militantes que rechazan como traición cualquier fórmula de consenso, condicionando y sesgando el debate político, e incluso enmarcando contenidos en redes y medios hacia una dirección puntual por defecto o a fuerza de iniciativas, como Trump en Estados Unidos. Todo esto nos lleva a la tercer imagen-instancia: el tancredismo. El tancredismo era una práctica de la tauromaquia española, basada en una persona sobre un bloque de mármol, vestido de blanco. El mérito es permanecer inmóvil, confundiendo al toro, para que lo considere parte del mármol y lograr no ser embestido. El símil parece recordar la situación de gobiernos posteriores a la etapa progresista: afectados fundamentalmente por el estancamiento prolongado de la economía, expectativas frustradas y malestar social en aumento (y en “redescubrimiento” creciente cuanto más cede el coronavirus), los gobiernos tienen muy poco margen para políticas públicas de “reperfilamiento”. Tal parece ser la vuelta a la defensa del asistencialismo en Jair Bolsonaro, y las dificultades de Lacalle en Uruguay para la desmonopolización de la estatal ANCAP. Piñera en Chile incluso llegó a adherir al matrimonio homosexual de cara a una Asamblea Constituyente erguida luego del ciclo de protestas. Esto alimenta el desencanto en las propias bases electorales por desnaturalización identitaria, e incentiva fugas hacia nuevos confines: si el sorpresivo triunfo de Sebastían Sichel canceló a Joaquín Lavín en las primarias de Chile Vamos, este ahora parece desteñirse frente al republicano Kast; Juan Sartori en 2019 primero, y el cabildante Guido Manini Ríos después, esmerilaron los esfuerzos de Lacalle; Rafael López Aliaga, George Forsyth y Daniel Urresti obstaculizaron desde su neotradicionalismo a Keiko Fujimori, a la vía liberal de Hernando de Soto y la moderada de Yonhy Lescano de Acción Popular este 2021. La inmovilidad puede facilitar perdurabilidad a corto, pero entrega capacidad de aplicación programática en el largo, al no alterar la correlación de fuerzas heredadas en ningún sentido. Al final del día, sólo se evitó la cornada del toro. A veces, sólo la aplaza.

Conclusiones

«File:Protestas en Chile 20191022 07.jpg» by Carlos Figueroa is licensed under CC BY-SA 4.0

Un contexto con exceso de demandas y escasez de herramientas, sin embargo, no allana automáticamente el camino para expresiones extremas, ni facilita regresiones autoritarias absolutas. Al contrario, esta coyuntura puede transformarse en la reformulación positiva de los “contratos” sociales sobre los cuales se asientan los sistemas políticos en América Latina. Si las circunstancias degradan el instrumental de un liberalismo convertido en una catedral que repite evangelios añejados, y de un estatismo mágico que sólo no tiene dudas cuando su billetera está llena de certezas, también brindan la oportunidad de nuevos consensos ante la aridez de la crisis. La necesidad imperiosa de reforzar capacidades estatales frente a fenómenos climáticos y sanitarios; los incentivos para la integración regional y articulación conjunta frente a la polarización China-Estados Unidos; las demandas de transparencia y preservación de “pisos” de asistencia social incluso en lugares de alta tradición liberal, pueden representar elementos para suturar las heridas que se observan mientras baja la marea del coronavirus. Las limitaciones redistribucionistas de gobiernos progresistas, las continuidades resignadas de gobiernos de tendencia liberal, y las limitaciones materiales a la expansión de fuerzas antisistema (cuyo ejemplo más cabal es la actual gestión de Pedro Castillo en Perú) pueden ser, casi por descarte, el combustible para consensos más duraderos. La amenaza de que la Gran Oclusión suceda a la Gran Reclusión, y desestabilice la convivencia, puede ser más efectiva que cualquier teorización sofisticada.

«Una Nación es una colectividad que consigue conservar en común la ausencia de calma. Un flujo constante de temas estresantes sincroniza las conciencias para integrar a la población en una comunidad de preocupaciones diarias», nos recita Sloterdijk desde Stress y Libertad. El desafío de la gestión de ansiedades y soledades puede colocar a América Latina en el camino de las reformas pendientes como no lo hizo la época de bonanza durante los años 2000. Quizás, como decía el general Patton, la presión haga diamantes.

 

El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (Argentina). Consultor.

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«01/01/2019 Reunião bilateral entre o Presidente da República, Jair Bolsonaro e o Senhor Sebastián Piñera, Presidente do Chile» by Palácio do Planalto is licensed under CC BY-NC-SA 2.0
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