Verdades a la cara

Por Hugo Garciamarín

  • Reseña de Pablo Iglesias, Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes, Navona, Barcelona, 2022. (Versión electrónica sin paginación).

“A veces, detrás de las grandes decisiones no hay cálculos complejos ni análisis brillantes. A veces, simplemente, hay un nudo en la garganta”. Así inicia Pablo Iglesias su libro Verdades a la cara. Recuerdos de los años salvajes —producto de varias entrevistas realizadas y editadas por el periodista de eldiario.es, Aitor Rivero— en el que narra sus experiencias como líder político de Podemos. El libro más que unas memorias es un análisis político en primera persona de los últimos siete años de la política española.

Verdades a la cara resulta útil no sólo para los interesados en la política de España, sino a todos aquellos que buscan comprender la política real y las motivaciones detrás de la lucha por el poder: los medios de comunicación, los grandes empresarios, la derecha y la ultraderecha son recurrentes en el relato. Todo esto contado con la soltura al hablar que le caracteriza a Iglesias, pero con la libertad de saber que su papel ya no es el de conseguir votos, lo que le permite decir las cosas tal y como las piensa. Por ejemplo, de José Manuel Villarejo dice que “…es fundamentalmente un producto mediático. No es James Bond, no es un gran espía. Es un huelebraguetas especializado en buscar secretos, vicios, cocaína, prostitutas… y vendérselo a medios de comunicación para destruir reputaciones”.

El libro está dividido en seis apartados, pero desarrollaré tres ideas que considero resaltan durante su lectura. En primer lugar, la política es contingencia. Aunque Iglesias y sus compañeros conjugaban muy bien la teoría con la práctica, y en el mismo texto se hacen análisis que explican los caminos que decidieron tomar, en muchas ocasiones los resultados de sus acciones no fueron planificados: no se planeaba un triunfo de tal magnitud en las elecciones europeas de 2014, ni que las izquierdas tradicionales les dieran la espalda, ni ir a las segundas elecciones generales en 2016, ni siquiera, aunque sabían que el poder reaccionaría virulentamente contra ellos, la forma en la que serían acosados: “uno puede teorizar lo que significa que te partan la cara, pero no hay universidad que te prepare para que te den un puñetazo”.

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La política, sugiere Iglesias, es particularmente hostil para quien quiere transformar realmente las cosas. “La política a nuestro nivel —recuerda que le dijo en alguna ocasión Álvaro García Linera— implica convertirse en un monje. Y tenía razón”. Considera que se tiene que asumir que hay muchos enemigos y que casi no hay momentos de felicidad. Que todo lo que digas, en privado o en público, puede ser usado en tu contra y que tu honorabilidad siempre está en juego. No hay espacio para la tranquilidad y en ocasiones las decisiones son motivadas por la responsabilidad y no por ambiciones personales. Así lo explica:

El 26 de enero de 2019, Irene y yo habíamos decidido dimitir a todos nuestros cargos y dejar la política […] Habían pasado pocos días desde que Iñigo Errejón y Manuela Carmena habían anunciado, por sorpresa, la creación de una nueva formación política. La situación era muy difícil. Habíamos llamado a algunas personas del partido y de fuera para que se pusieran al frente de una candidatura a la Comunidad de Madrid. Nadie quería. […] Teníamos dos bebés e Irene, aunque aún no lo sabíamos, estaba embarazada de Aitana. Merecíamos una vida más llevadera.  […] Entonces, sonó el teléfono. Era Pablo Echenique. “Me presento yo a la comunidad de Madrid si hace falta”, me dijo. Se me formó un nudo en la garganta y rompí a llorar. Se lo conté a Irene, que se echó a llorar también.

En segundo lugar, la política y el poder realmente existente. A partir de su experiencia, relata que el gobierno no necesariamente gobierna, sino que hay un Estado profundo que se sostiene en tres poderes: el jurídico, el policial y los medios de comunicación. Todos ellos están conformados por actores claramente reconocibles, que comparten historias, restaurantes y financiadores. Ante ellos, el gobierno en varias ocasiones puede hacer poco para contenerlos. Un ejemplo de esto fue que el acoso que sufrió en su domicilio, y que afectó a toda su familia, fue realizado por un sindicato ultraderechista de policías nacionales, sin que nadie pudiera detenerlos, pese a las reiteradas denuncias y que las agresiones eran cada vez más hostiles. Acoso que, además, era fomentado por medios de comunicación, quienes no sólo lo difamaban y calumniaban constantemente, sino que además hostigaban hasta a la cuidadora de sus hijos. Iglesias reprocha la falta de espíritu democrático de mucha gente que decidió callar en lugar de condenar la situación. Mientras se tratara de él, todo estaba permitido. El mensaje del Estado profundo era claro: “no te merece la pena a nivel personal. No te metas. No luches, no pelees. No defiendas aquello en lo que crees”.

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La lectura, inevitablemente, lleva a pensar cuál debe ser entonces la postura que las izquierdas deben tomar frente al poder. Pablo Iglesias se desmarca del ultraizquierdismo y su rechazo a luchar por el poder estatal: “(…) si tu revolución da menos miedo a los empresarios que subir el SMI (el salario mínimo interprofesional) a lo mejor el problema no está en ser reformista o revolucionario, sino en el poder que tenemos para cambiar las cosas”. Pero al mismo tiempo reivindica la idea de que sin brújula ideológica no tiene sentido hacer política, o dicho de otra forma, en realidad no se disputa el poder. Iglesias se reconoce dentro de una tradición comunista cuyo triunfo histórico es que llegó a cogobernar el país, tomando decisiones difíciles, sí, pero sin ceder en sus convicciones. Su programa, en realidad, “era un modesto programa socialdemócrata” que, a la fecha, sigue abriéndose el camino paulatinamente: “esta es, básicamente, la premisa del pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”.

En tercer lugar, la política y la lealtad en las izquierdas. El libro no se caracteriza por la autocrítica, si bien Iglesias enuncia que “hubo errores”, no menciona claramente cuáles. Pero algo que sí enfatiza es la falta de unidad y lealtad en la agrupación. Compañeros de otras latitudes les habían advertido que, si se dividían, les sería aún más difícil, sino es que imposible, avanzar. Y aunque al principio de todo juraron que seguirían juntos, no lo lograron: “la lealtad es un elemento crucial para hacer política desde la izquierda”.

¿Pero lealtad hacia quién? Iglesias afirma que hacia los ideales y hacia la agrupación. Durante mucho tiempo, se afirmó que estaba aferrado al sillón, al cargo como Secretario General y luego como Vicepresidente; pero, según él, tal y como se vio cuando dejó la política, en cualquier momento pudo hacerse a un lado e incluso apoyar a Íñigo Errejón, tal y como lo hizo ahora con Yolanda Díaz. Sobre Errejón, Iglesias no cae en el chisme y no hace público algún desencuentro en específico.  Sólo le acusa de desleal, con él y con el partido, y sentencia en varias ocasiones: en política “lo que define a uno no son sus amigos, sino sus enemigos”.

Por último, me gustaría añadir que Verdades a la cara devela la nueva batalla de Iglesias: la cultural. Afirma que no piensa regresar a la política institucional, pues ahora es feliz y hace lo que le gusta: investigar, opinar en medios y leer. Pero esto no quiere decir que haya renunciado a la política. Mientras deja incierto el futuro de Podemos, pues afirma que “debe ser útil a cualquier cosa que se arme en el futuro, en lo electoral o en lo social”; afirma que la derecha ha avanzado en lo cultural y ahí hay que hacerle frente. Esa es su nueva disputa política y para ello ha regresado a los medios, en donde se dio a conocer. Hasta el momento parece que Pablo Iglesias ha conseguido lo que muchos quisieran: dejar la lucha por el poder en una sola pieza, sin dejar trozos de dignidad en el camino.

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