El impasse de la izquierda latinoamericana

Por María Fernanda Chávez Aguilar

  • Reseña de Franck Gaudichaud, Massimo Modonesi y Jeffery R. Weber, The impasse of the Latin American left, Duke University Press, Durham y Londres, 2022, 249 pp. (Versión electrónica).

El inicio del nuevo milenio llegó con una serie de cambios políticos, sociales, económicos y culturales que auguraban profundas transformaciones para muchos países alrededor del mundo. En el caso de América Latina, una serie de movilizaciones populares por la defensa del territorio y la búsqueda de autonomía reflejaban la crisis de representatividad política, así como el rechazo al modelo neoliberal que se había consolidado en algunos países de la región durante la década de 1990. En este contexto, en los primeros años del siglo XX variados proyectos de corte progresista llegaron al gobierno en algunos países del continente.

¿Cómo comenzó el período de gobiernos progresistas en América Latina? ¿Qué lo ha mantenido, pese a algunas interrupciones, cerca de dos décadas? ¿Qué cambios se dieron en la región y en qué aspectos? ¿Dichos cambios realmente han logrado modificar los aspectos políticos, económicos y sociales del modelo neoliberal? ¿Cuáles son las enseñanzas que la hegemonía progresista le deja a la tensa realidad actual? En The impasse of the Latina American left, Franck Gaudichaud, Massimo Modonesi y Jeffery R. Webber ofrecen un panorama de lo que llaman la hegemonía de la izquierda en América Latina para tratar de responder a estas preguntas.

A través de un atinado recorrido histórico que inicia en la década de los noventa en el territorio latinoamericano, los autores se mueven en tres niveles de análisis: político, económico e ideológico, los cuales también corresponden a los tres capítulos en que se divide el libro. De esta manera, Gaudichaud, Modonesi y Webber buscan alejarse de las visiones monocromáticas que ofrecen otros estudios sobre la marea rosa, pues, como veremos, enfatizan las diferencias y contradicciones de los movimientos progresistas en América Latina. En las líneas que siguen, me concentro en algunos de los aspectos del libro que muestran dicha heterogeneidad y que dan cuenta del momento político que vive el continente

En el primer capítulo, los autores argumentan que una serie de movimientos sociales durante la década de 1990 —a los cuales prefieren llamar “levantamientos plebeyos”, pues “no fueron estrictamente proletarios ni tampoco populares” (p. 36)[1] e incluso integraron a amplios sectores de las clases medias—, enmarcados en el movimiento internacional del altermundismo y entre los que sobresalió el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en México, marcaron el inicio de la crisis de la hegemonía neoliberal en algunos países del continente durante el cambio de siglo.

Si el levantamiento del EZLN fue un síntoma del rechazo al neoliberalismo en América Latina, los autores refieren 4 movimientos que, con su posterior institucionalización, fueron la raíz de algunos de los primeros gobiernos progresistas latinoamericanos en los 2000: 1) las protestas conocidas como el Caracazo en Venezuela en 1989, así como el levantamiento del Movimiento Bolivariano Revolucionario (MBR) encabezado por Hugo Chávez en 1992; 2) las movilizaciones indígenas de 1994 en Ecuador convocadas por la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE); 3) las protestas por la crisis económica de 2001 en Argentina conocidas como el Cacerolazo; 4) “la explosión plebeya más dramática y radical” (p. 42), según los autores, ocurrió en Bolivia con la serie de luchas sociales en la primera mitad de los 2000 en las que jugaron un papel importante el Movimiento al Socialismo – Instrumento de Soberania Popular (MAS – ISP) y su líder Evo Morales.

Además de esos cuatro “levantamientos plebeyos”, los autores refieren otras formas “más institucionales, gradualistas y moderadas” (p. 44) de las luchas de izquierda en el continente por aquellos años. En ese sentido, proponen distinguir entre un grupo de gobiernos progresistas social-liberales de centro izquierda (Brasil con Lula da Silva y Dilma Rousseff; Uruguay con Tabaré Vázquez y José Mujica; y Chile con Michelle Bachellet); otros de ala izquierda populista (Argentina con Néstor Kirchner y Cristina Fernández; y Nicaragua con Daniel Ortega), que mantuvieron cierta autonomía de Estados Unidos y al mismo tiempo se apoyaron en algunos sectores de la clases burguesas de sus países; y un tercer grupo de gobiernos con rasgos de nacionalismo popular, antiimperialismo y neodesarrollismo (Venezuela con Hugo Chávez y Nicolás Maduro; Ecuador con Rafael Correa; y Bolivia con Evo Morales), que se caracterizaron por el conflicto tanto con Washington como con las élites locales.

Así, aunque la mayoría de estos gobiernos compartieron aspectos como políticas redistributivas o la defensa de los derechos de los trabajadores, se distinguieron en temas como el manejo de los recursos naturales de sus territorios (esta diferencia, por ejemplo, fue evidente en las políticas mineras de Bachelet en Chile y Morales en Bolivia). En el plano político, los autores destacan que las tensiones entre las diversas corrientes de los movimientos progresistas provocaron descontento social y el regreso de los grupos derecha; ponen de ejemplo las confrontaciones entre las élites partidistas, los movimientos populares y los grupos conservadores al interior del Partido de los Trabajadores de Brasil, sin las cuales “no se pueden explicar los subsecuentes resurgimientos de la derecha, tales como el arribo de Jair Bolsonaro a la presidencia de Brasil” (pp. 181-182).

Al abordar la parte económica en el segundo capítulo, Gaudichaud, Modonesi y Webber explican que el impulso político con el que contaron los gobiernos progresistas no se tradujo en transformaciones sólidas en las estructuras de clase o en una mejora de la posición de América Latina dentro de la división internacional del trabajo. Si bien estos gobiernos aplicaron una serie de programas sociales fuertes que mejoraron aspectos como la pobreza, la educación, los sistemas de salud, y con ello las economías nacionales, el empuje inicial no duró mucho ya que mostró que dependía en gran parte de las cambiantes condiciones del mercado internacional que dejaron de ser favorables con la crisis del capitalismo global en 2007-2008. En el terreno económico, los autores explican que muchas de las políticas sociales —que en su mayoría consistieron en transferencias monetarias— que emprendieron estos gobiernos, pese a que en ellas cimentaron su popularidad, al final resultaron insuficientes, pues no “ofrecieron soluciones de raíz” (p. 107) y no modificaron algunas inercias del periodo neoliberal como el desempleo o la informalidad laboral.

En suma, considero que el enfoque del libro es estimulante porque se aleja de los análisis que, ya sea por simpatía o rechazo, convenientemente encasillan a los gobiernos de izquierda de la región como si no hubiese diferencias y contradicciones entre ellos. Además, la lectura del libro resulta sugerente en un periodo en el que los proyectos autoproclamados de izquierda han vuelto al gobierno en América Latina, como es el caso de Andrés Manuel López Obrador en México, Alberto Fernández en Argentina, Luis Arce en Bolivia, Pedro Castillo en Perú y los triunfos más recientes de Gabriel Boric en Chile y Gustavo Petro en Colombia. Y aunque el arribo de estos gobiernos es resultado de distintos procesos —por ejemplo, Colombia y Chile vienen de un ciclo de movilizaciones sociales que ha derivado en el triunfo electoral de la izquierda—, además de que el contexto económico y geopolítico de la región es diferente al que atravesaron los gobiernos progresistas en la primera década del siglo XXI, la experiencia de esa primera marea rosa deja importantes lecciones para el presente: sólo falta quien quiera tomarlas.

[1] Todas las citas textuales son traducciones libres de la autora de esta reseña.

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