Para comprender “los códigos” del fútbol argentino

Poe Javier Franzè

Gracias a Dios, nunca sabremos qué pasó en la cancha entre los jugadores de Argentina y España cuando terminó la final y se desataron algunas escaramuzas. Eso quiere decir que el fútbol conserva todavía algunas parcelas de su antigua y sagrada privacidad: el rectángulo mismo de juego. Lo que pasa ahí, ahí se queda. Es asunto de los protagonistas, que son los jugadores. Los de afuera son de palo, como les dijo el gran capitán uruguayo Obdulio Varela a sus compañeros antes de protagonizar el Maracanazo.

Éste es el principio que, al menos en la cultura futbolística argentina, rige —o debe regir— la conducta de todo jugador. Es lo que se llama “los códigos”. En esta actualidad de “transparencia”, donde todo se retransmite, tal privacidad está siendo crecientemente herida, probablemente de manera definitiva. Primero se perdió la intimidad del vestuario: ya podemos ver las arengas retransmitidas en directo. Luego se perdió la intimidad del árbitro, que porta una cámara mientras juega. Y en Europa se ha perdido una intimidad más sutil: la de las tribunas mismas. Ahora un speaker toma el lugar de la espontaneidad de los hinchas y les dice cómo, cuándo y de qué modo deben cantar, vitorear a sus jugadores y cantar los goles. El misterio, rasgo decisivo de la fascinación por este juego tan complejo como hermoso, va cediendo lugar a una jefatura externa y desde arriba.

Sólo tenemos retazos de lo que ha ocurrido en la cancha tras la final. Contra la ingenuidad de que conocemos porque vemos, ni percibimos todo, ni escuchamos casi nada. Desde los códigos futboleros argentinos, resulta clave para mí el momento en que, recién terminado el partido, Otamendi le reclama a Rodri que él mismo y Laporte hayan hablado toda la semana previa a la final del presunto juego agresivo argentino, buscando —siempre según Otamendi— condicionar al árbitro. También es clave, según mi punto de vista, que Rodri le escuche con atención, que en ese momento de tensión máxima no haya violencia sino diálogo, y que Rodri eluda toda respuesta. Como le dice Otamendi en argentino, “se hace el boludo” y al final abandona la escena.

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Esto explica también, siempre según lo veo, lo que les dice Messi a los jugadores argentinos antes de encaminarse a la cancha: tranquilidad, olvidémonos de todo, sólo juguemos el partido. “Todo” se puede entender que es lo que habían dicho Rodri y Laporte, pero también el técnico español De la Fuente acerca de que España-Francia era una final anticipada o Yamal cuando afirmó que España y Francia eran las dos mejores selecciones. A esto habría que sumar todo lo que se dijo desde el inicio del Mundial acerca de las presuntas ayudas arbitrales a la Argentina o de que le habían arreglado los cruces eliminatorios. Sobre esto último, baste decir que de haberse dado lo lógico, Argentina habría enfrentado en la primera eliminatoria a Uruguay…

Todos esto que se habló, para alguien criado con esos códigos futboleros, es lo que en un lenguaje más universal podríamos llamar “falta de deportividad”. Es decir, menospreciar al rival, faltarle el respeto, negarle sus méritos, sospechar de sus triunfos apelando a factores externos al terreno de juego. Y lo peor: querer sacar ventaja fuera del campo de juego, no dentro. En Argentina, la real valía de un equipo se ve “en el verde césped”, como decía el legendario jugador y técnico de River Plate Ángel Labruna. Como buen burrero (aficionado a las carreras de caballos), también gustaba afirmar que “en la cancha se ven los pingos”. De ahí que todo lo que sea hablar antes o después es, según estos códigos, “boquear” o “llorar”. Es querer ganar en las palabras lo que se debe ganar luchando.

El código de honor que implican los “códigos del fútbol” admite ciertas licencias o deshonestidades si se quiere, pero no todas. Se puede hacer un gol con la mano o provocar al contrario, pero no comprar un árbitro. La diferencia es que lo primero lo pueden hacer todos, es una regla universal kantiana, y por eso si te lo hacen no hay que quejarse ni ir a buscar a alguien de fuera que lo resuelva, sino bancársela (aguantársela) e intentar resarcirse. La picardía no anula ni suspende la lucha, sino que la condimenta. Todo lo contrario ocurre —por ejemplo— con el soborno, porque liquida la lucha de antemano, impidiendo bregar contra esa adversidad. Pero además tiene otro rasgo clave: su éxito, a diferencia de la picardía, reposa en el secreto, en la ocultación del acto. El que la hace no se expone como el que obra con picardía, que por ejemplo puede ser expulsado por el árbitro (véase cómo festeja Maradona su gol con la mano a los ingleses, mirando para atrás al árbitro con temor de haber sido descubierto).

Todo esto tiene que ver con cómo se empieza a jugar al fútbol en Argentina: en la calle, en los potreros, con amigos y desconocidos, mayores y menores que uno, sin árbitro ni autoridades externas como los padres o los hermanos de más edad, por ejemplo. Pobre de la reputación de aquel que fuera a la casa a reclamar la “justicia” que no había tenido en la canchita…

En este código, no se lamenta fuera de la cancha lo que no se supo defender dentro: Zidane no acusó de conducta antideportiva a Materazzi, ni rebajó el valor del triunfo italiano tildando de inmoral la conducta del defensor azzurro. Calló, aceptando el haber caído ingenuamente en la trampa, lo cual condenó a su equipo. Del mismo modo, Maradona nunca guardó rencor a Goikoetxea, que le quebró el tobillo, lo cual estuvo a punto de cortarle la carrera cuando era joven. Tampoco se quejó de que el árbitro le hubiera mostrado sólo amarilla al jugador vasco. Simplemente entendió que cada uno luchaba por lo suyo.

Esto puede gustar o no, parecer bien o mal, y por supuesto exige una decisión personal, pero existe y ha forjado generaciones enteras de jugadores, técnicos, hinchas y dirigentes de un fútbol glorioso (y digo glorioso, no sólo exitoso), caracterizado por una combinación inusual, nacida de las adversidades del potrero: talento y temperamento, destreza técnica y vergüenza deportiva.

Creer que hay unas normas transparentes y universales, racionales, que nos resuelven la conducta humana es una forma elegante de hacer pasar nuestra interpretación y vivencia de las mismas como universal, seria, atinada y autoevidente. Es, para estos códigos, una forma llorona (quejica) de esconder la propia interpretación del mundo, sin el valor ni el coraje ético que cualquier lucha exige a todo contendiente: defender a la luz del día y sin rubor su divisa.

El fútbol, como cualquier lucha, posee una dimensión no sólo técnica, sino también mental y —en este caso— física. El aplanamiento del mundo que impone el reino de la ilusión de una mirada inmediata y puntual como toda forma de conocimiento anula algo clave para el saber: justamente lo que no se sabe, aquello a lo que no se accede porque es inaprensible, la duda acerca de cuándo empezó a suceder lo que estamos viendo, como es el caso de las escaramuzas tras la final.  

Es inevitable que existan diferentes maneras de entender un juego, que al fin es parte de la vida. No hay un único modo que nos salve de esas diferencias. Y mucho menos éste son las reglas del juego, que para vivir necesitan ser interpretadas y experimentadas. Convertir el Mal o el Bien en las causas de todo lo existente equivale a anular el comprender y el conocer. El resultado es un empobrecimiento de la complejidad de la vida, de la curiosidad por lo incomprensible y de la sensibilidad feliz que nos hace decir “uy, esto no lo había pensado así”. Y, lo que es más peligroso, conduce a exigir al derrotado que pierda su amor propio a través del reconocimiento de que su vencedor, justo y legítimo en el terreno de juego, ha sido superior allí porque ya lo era antes fuera de él

La Mano de Dios. El Gráfico.

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