El Hate: una reflexión desde los cuidados

Por Hugo Garciamarín

I

Los haters, u “odiadores”, no son un fenómeno nuevo. El diccionario urbano los define como aquellas personas que usan las redes sociales para difamar y despreciar destructivamente a una persona, institución, obra o idea, no por argumentar una idea, sino con la intención de dañar. Esto, siempre han existido en alguna forma: la humillación, la injuria y el desprecio son acciones tan viejas como la vida humana.

Jean-Jacques Rousseau, por ejemplo, después de exasperar al círculo de Voltaire con sus críticas políticas y morales, padeció lo que hoy llamaríamos una “funa”. Voltaire, oculto tras el anonimato, publicó un texto titulado El sentimiento de los ciudadanos, en el que atacaba ferozmente a Rousseau no por sus ideas, sino por su vida privada: su relación con Marie-Thérèse Levasseur, su intento de cortejar a una mujer casada y el abandono de sus hijos en un hospicio. Este episodio provocó en Rousseau una profunda crisis de ansiedad que, con el tiempo, daría origen a algunas de sus obras más célebres: Rousseau, juez de Jean-Jacques. Diálogos, Las confesiones y Las ensoñaciones del paseante solitario.

En el panfleto, Voltaire escribe lo siguiente:

“Consideremos quién es el que nos trata así. ¿Se trata de un sabio que discute con otros sabios? No: es el autor de una ópera y de dos comedias silbadas. ¿Se trata de un hombre de bien, que, engañado por un falso celo, dirige reproches indiscretos a hombres virtuosos? Confesemos con dolor y vergüenza que se trata de un hombre que aún lleva las funestas huellas de sus depravaciones; que, disfrazado de saltimbanqui, arrastra consigo, de aldea en aldea y de montaña en montaña, a la desdichada cuya madre hizo morir, y cuyos hijos ha abandonado a la puerta de un hospital, rechazando los cuidados que una persona caritativa quiso prodigarles, y renunciando a todos los sentimientos de la naturaleza, así como se despoja de los del honor y de la religión.”

Como se puede ver, el hater siempre ha existido, sólo que ahora la difamación y el desprecio destructivo tiene una gran capacidad de amplificación. Por ejemplo: el hater antes veía un programa de televisión o leía un artículo de opinión que le disgustaba, y lanzaba sus improperios al aire sin que nadie los oyera. Su enojo moría en el mismo instante en que se pronunciaba. Pero ahora, el dispositivo que lleva en la mano lo conecta de inmediato con el objeto de su ira. Puede buscar el perfil del autor, escribir un mensaje, publicarlo, y recibir respuestas que retroalimentan su agresión. El anonimato, además, le ofrece una especie de impunidad moral: puede insultar sin asumir las consecuencias.

II

El espacio público virtual, como sostiene Ronaldo González, carece de los elementos materiales que delimitan la plaza, la calle o el foro, pero no por ello deja de ser un escenario político en toda regla. En él ocurren acciones que tienen consecuencias sociales, culturales y económicas. El ciberespacio se habita, se siente y se defiende del mismo modo en que se habita la ciudad: con afectos, disputas, alianzas y exclusiones. En el territorio virtual se crean sentidos compartidos, aunque no siempre sobre argumentos razonados e información fiable. Las condiciones que rigen este espacio —la circulación de información maliciosa, la desinformación sistemática, las burbujas informativas y las cámaras de eco— han hecho de la mentira una herramienta eficaz para producir consenso, moldear emociones y orientar comportamientos.

Un paciente masculino cuelga boca abajo de un aparato; un gran gusano (?) pasa de su boca a un cuenco, asistido por un cirujano y dos ayudantes. Wellcome Collection.

La digitalización de la vida cotidiana alteró de raíz los modos de interacción social. Los vínculos cara a cara, base de la confianza y de la empatía, se han visto desplazados por mediaciones tecnológicas que fragmentan la experiencia compartida. La presencia constante de las pantallas ha erosionado la posibilidad de construir una identidad colectiva —un “nosotros” — que alguna vez fue alentada por los medios masivos. Si la radio y la televisión contribuyeron a imaginar un público común, las redes sociales han pulverizado ese horizonte en una multiplicidad de microaudiencias, cada una encerrada en su propio universo de significados y emociones.

En ese marco, la política ha mutado también. La palabra razonada cede terreno frente a la reacción inmediata; los argumentos se diluyen en un mar de afectos, y el espacio público se convierte en un teatro emocional donde reinan el miedo, el hartazgo y el odio. La esfera digital no sólo ha ampliado el acceso a la comunicación: ha intensificado la vulnerabilidad de los vínculos. La revolución digital sin duda ha democratizado el acceso a la voz y a la información, pero también ha amplificado la posibilidad de la agresión. Hoy cualquiera, desde cualquier rincón del mundo, puede atacar, desacreditar o difundir odio con apenas un teléfono y una conexión a internet.

III

En este escenario, surge una pregunta crucial: ¿cómo enfrentar este fenómeno desde la perspectiva de los cuidados? La dificultad radica en que la ética del cuidado, entendida como una forma distinta de relacionarse con los otros desde la empatía y la dignidad, no ha logrado aún establecer un diálogo profundo con la noción de poder. El poder, nos guste o no, también es una relación humana: estructura los vínculos, organiza la convivencia, establece jerarquías y otorga sentido a las acciones colectivas. Puede ser arbitrario, incluso violento —en última instancia el poder se funda en la capacidad de imponer la propia voluntad—, pero también puede ser legítimo, reconocido, necesario para coordinar la vida común. La autoridad, cuando es justa, no es opuesta al cuidado: puede ser una forma de ejercer el poder.

El desafío, entonces, consiste en pensar el poder desde el cuidado. Desde una perspectiva dominante del orden —con una larga trayectoria en la teoría política—, el cuidado ha sido relegado a los márgenes de la política, percibido como un ámbito privado o complementario, como si cuidar implicara una renuncia a la acción o a la fuerza normativa. Esa visión lo priva de su dimensión más transformadora: la capacidad de reorganizar las relaciones sociales desde la responsabilidad mutua. Al no expandir las reflexiones hacia el poder, el cuidado ha quedado atrapado en el terreno de lo moral y lo afectivo, sin proyectarse plenamente como una práctica política.

En el terreno del espacio público digital —donde proliferan los haters y las dinámicas de violencia simbólica— esta omisión se hace más evidente. Frente a la agresión, la respuesta institucional ha sido la securitización: controlar, vigilar, sancionar. El cuidado, en este contexto, apenas aparece como acompañamiento o estrategia preventiva, una suerte de contención emocional frente al daño. Pero si entendemos el cuidado como una ética capaz de disputar el sentido del poder, su papel podría ser otro: el de reconstruir los vínculos que la hacen posible.

IV

El cuidado, sugiero tentativamente, puede abrir distintas vías para transformar este panorama.

En primer lugar, desde el ámbito institucional, el cuidado debe pensarse como infraestructura. No se trata únicamente de programas o políticas asistenciales, sino de crear espacios —físicos y virtuales— que propicien el cuidado directo e indirecto, lugares donde las personas puedan sentirse seguras, reconocidas y acompañadas. La arquitectura del cuidado abarca todo aquello que facilita el encuentro, la escucha y la confianza, los cimientos invisibles de una sociedad más justa.

Una mujer carga a un bebé y sostiene la mano de su hijo pequeño. Dibujo a lápiz. Wellcome Collection.

En segundo lugar, cuidar también implica gobernar, y por lo tanto, establecer límites. Cuidar no es lo opuesto al poder, sino una forma distinta de ejercerlo. Reconocer la asertividad, el respeto y la identidad del otro no significa renunciar a la idea de orden; significa redefinirla desde una ética que pone la vida en el centro. Gobernar desde el cuidado exige comprender que todo orden social —incluso aquel que protege— necesita normas, marcos y responsabilidades compartidas. La autoridad, en ese sentido, no debe entenderse como imposición, sino como una responsabilidad de sostenimiento, una forma legítima de garantizar el bienestar común.

Más allá de concebir la respuesta al odio —ya sea virtual o material— como una estrategia de seguridad puramente reactiva, el desafío consiste en construir instituciones del cuidado: sistemas normativos, mecanismos de acompañamiento y marcos de derechos y obligaciones que aseguren que todas las personas puedan sentirse cuidadas. El cuidado no sustituye a la política, la amplía. No se opone al poder, lo reinterpreta, lo somete a la pregunta ética por el otro y por el mundo compartido

En tercer lugar, en el ámbito digital, el cuidado debe asumir una dimensión pedagógica. Así como aprendemos a distinguir los lugares seguros e inseguros en el espacio físico, también debemos hacerlo en el ciberespacio. Educar para el cuidado digital implica enseñar a reconocer entornos hostiles, a visibilizar la violencia simbólica y a fortalecer las prácticas que generan confianza y respeto. Esta alfabetización del cuidado no se limita a normas de convivencia: es un aprendizaje ético que busca formar una ciudadanía digital consciente de la responsabilidad que conlleva la palabra.

En cuarto lugar, es necesario recordar que el disenso no equivale al odio. Pensar distinto no convierte a nadie en un enemigo ni en un “hater”. La diferencia de opinión es el pulso vital de la democracia, y su anulación conduce al empobrecimiento del debate público. No todas las respuestas deben ser violentas ni todo desacuerdo debe ser interpretado como agresión. Recuperar la conversación como espacio de construcción —y no de destrucción— es un acto profundamente político.

Por último, es fundamental reconocer la interrelación entre lo digital y lo material. Lo que ocurre en las redes tiene consecuencias reales: afecta la autoestima, las relaciones, la vida pública y hasta la integridad física. Ignorar ese vínculo ha permitido que la violencia se normalice, bajo la falsa idea de que el espacio virtual es un terreno sin cuerpo ni consecuencias. El hater contemporáneo surge precisamente de esa desconexión: habita el mundo digital, pero sus palabras hieren en el mundo tangible.

Restablecer ese lazo entre ambos planos —lo material y lo digital— es una tarea urgente. Significa reconocer que el cuidado también puede ser una forma de disputar el sentido del mundo, de ensayar otra política posible basada en el respeto y la empatía, sin que por ello pierda su rigor ni su potencia transformadora. En un entorno saturado de ruido y hostilidad, cuidar es un acto de resistencia, una manera de defender la palabra y, con ella, la posibilidad misma de lo común.

Un hombre con gafas y un sombrero con plumas canta leyendo una hoja de canciones que sostiene; dos hombres se unen a él, mientras otros dos escuchan. Wellcome Collection.

Hugo Garciamarín es politólogo y director de la Revista Presente.


Nota del editor: Este texto fue presentado en el conversatorio ¿Cómo combatir el hate en redes desde los cuidados?, en el Seminario de Cuidados para la Vida y el Bien Común, en el Centro de Ciencias de la Complejidad (C3).

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