Resollar

Por Nancy Puga

Epifanio se encontraba muy enfermo. Tenía varios meses en cama. A veces le dolían los pies; otras, ese mismo malestar le recorría la espalda hasta llegar a su cabeza. Quería morir, pero no le llegaba la hora, y eso de matarse era un pecado de los más grandes, así que se resignó a su suerte. Moriría hasta que le tocara.

Vivía solo, y aunque sus familiares no lo visitaban, siempre contaba con la vecina Chonita y su hijo Cruz. A veces se quedaban en su casa para cuidarlo. Le arrimaban un plato de sopa o tortillas con nata. Siempre lo acompañaban en sus crisis de dolor.

Cruz lo quería como a un abuelo. Le tenía tanto afecto que lo rasuraba y cuando las uñas de los pies le crecían, se las cortaba con mucho cuidado para no lastimarlo.

Así pasaron los meses hasta que un día Epifanio amaneció en agonía.

-Esperará paciente hasta el último resuello, este viejito está remacizo – dijo Chonita, dándole un sorbo a su caldo de gallina. Cruz arrugó la frente. No tenía mucho que agregar. Ambos sabían que le quedaban pocas horas y se quedarían con él hasta su partida.

Ya en la madrugada, con caras tristes y lagrimones que iban a dar a la vieja mesa de madera, se volteaban a ver el uno al otro. El viejito no se moría, continuaba en un lamento. Hasta que la vela que los alumbraba terminó por deshacerse. El cuarto se quedó a oscuras. Chonita buscó otra vela entre penumbras sin obtener resultados. Se sentaron otra vez a la mesa, así sin luz, pero de repente les llegó el sueño. Chonita dijo que sería mejor ir a dormir un ratito, al fin y al cabo amanecería muy pronto. Después de todo merecían un descanso. Caminó a tientas hasta llegar al cuarto de al lado, se acostó en un colchón tendido en el suelo y se engarruñó por el frío de la madrugada. Cruz encontró una almohada y se recostó junto al moribundo. Trataba de conciliar el sueño, pero aquellos quejidos de caballo viejo le perturbaban los sentidos. Lo ponían nervioso hasta las puntas. Esos lamentos taladraban su cabeza. Poco a poco los escuchaba más lejos, hasta quedarse profundamente dormido.

Al poco rato, Cruz soñó con aullidos de dolor. Le resultaban tan molestos que decidió ahogarlos con una almohada. Al fin había silencio. Fue como darle alivio a un animal herido. En su sueño, Cruz disfrutó darle el descanso eterno a un pobre moribundo. Después corrió a avisarle a su madre que el pobre Epifanio por fin había descansado de tanto dolor. Lo subieron a una carretilla y se fueron rumbo al cementerio. Ir hasta el pueblo a buscar un cura llevaría mucho tiempo. Salieron con el cuerpo al alba, tambaleándose cuando la llanta de la carretilla topaba con piedras. Chonita se fue todo el camino cortando las flores amarillas que le salían al paso, al tiempo que las echaba en la carretilla.

Estaba por amanecer, el sol se asomaba por la punta del cielo. Chonita rezaba mientras mantenía el paso detrás de su hijo Cruz. Después de tanto caminar, Cruz se detuvo un momento. Se limpió el sudor de la frente con el puño de su camisa. A pesar del sereno de la mañana, le había dado mucho calor por el esfuerzo.

Luego continuaron. Cruz, con las manos aferradas a las agarraderas de metal, caminaba lo más rápido que podía y en las bajadas la inercia lo conducía por los caminillos que la gente hace de tanto andar. Chonita continuaba rezando. Iban ambos rumbo a la barranca, cuesta abajo, con el bulto por delante. Ella le había otorgado el papel de chofer en aquella carroza fúnebre que, al ir repleta de flores amarillas, parecía la llamarada que sale de un leño. El cuerpo se fue bullendo hasta que llegaron al camposanto.

Ameneció y Cruz abrió los ojos cuando un rayo de luz entró por una teja quebrada. Volteó a ver al enfermo, tenía el cuerpo suelto. De inmediato fue a avisar a su madre.

-Ahora mismo parto al pueblo para hacer los trámites -dijo un tanto triste.

Chonita comprendió sus palabras y se soltó a llorar. Cruz se encaminó hacia la puerta, pasó al lado del cuerpo que se encontraba con una almohada cubriéndole la cara. No volteó a verlo. Dio un cerrón de puerta y continuó con paso firme. Al poco rato se sintió confundido. Todo había terminado en santo remedio. Le dio la primera calada a su cigarro y al instante reconoció el rumbo de la barranca, le pareció haber recorrido ese sitio unos minutos antes y continuó andando por el caminillo que hace la gente.

 

 

Más artículos
El presente como regalo