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El equipo de la ciudad contrató a un delantero griego

Por Andrés Araujo

El equipo de la ciudad contrató a un delantero griego y, de pronto, comenzaron a aparecer banderas blanquiazules por todos los balcones. Entendámoslos, estaban necesitados. La continua aridez puede derivar en un ataque de tos interminable: cuando la vida se reseca, dejar pasar es imposible. El equipo de la ciudad contrató a un delantero griego y, de pronto, todos empezaron a sonreír. El viejo vendedor cascarrabias de la tienda se convirtió en un alma amable, la gitana de la avenida no volvió a cobrar jamás por una lectura -y, dicho sea de paso, no volvió a lanzar maldición alguna- y el regente del bar de la esquina ofreció tarros repletos de cerveza a mitad de precio. El equipo de la ciudad contrató a un delantero griego y, de pronto, empezaron a concatenarse, una tras otra, a ritmo desenfrenado, las palabras de este texto.

Somos felices con poco, ¿qué quiere que le diga?, me espetó la dependienta del puesto de periódicos cuando le pedí el ejemplar del día cuyo encabezado era, ¡cómo no!, que el equipo de la ciudad había contratado a un delantero griego. Córrale, me dijo, porque pronto van a empezar a vender la camiseta del delantero griego (y todos quieren parecerse al delantero griego). Esto último lo encorsetó en paréntesis porque me lo dijo así, por lo bajo, como un murmullo que más bien se convertía en suspiro conforme iba llegando a griego. Tal vez no quería que la gente adivinase que ella también, a su modo, desde el puesto de periódicos, quería ser un poquito el delantero griego.

La plaza de armas cualquier otro miércoles estaría vacía, pero hoy había algarabía tras la contratación del delantero griego. Habían pactado una multitudinaria presentación con los dirigentes del equipo de la ciudad, pero el flamante astro helénico no sabía español y parecía especialmente reticente a quedar en ridículo, por lo que tuvieron que echar marcha atrás. Organizaron, eso sí, una especie de fiesta en la que tronaron fuegos artificiales, agitaron banderas y le cedieron la palabra a un barrigón canoso que, se presumía, había jugado en el equipo de la ciudad diez años atrás. Ya nadie lo recordaba: todos tenían ojos solamente para el griego.  

Pocos días pasaron antes de que el delantero griego tomara un avión con destino a cualquier playa tras haber rescindido su contrato con el equipo de la ciudad -de mutuo acuerdo y sin haber disputado minuto alguno en la cancha. En un perfecto inglés manifestó ante los dirigentes que a él le habían prometido lidiar con un equipo falto de talento y unas instalaciones a punto de caerse, pero que nadie, absolutamente nadie, le había hablado sobre la mochila de ilusiones que, apenas llegó, le endilgó la ciudad. El traductor, de traje impoluto y cabellera engominada, trasladó sus palabras a los dirigentes bajo un escueto “muchas gracias, será en otra ocasión”. 

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