Los tres caminos de la esfera pública

Por Alonso Vázquez Moyers

“No sé ni quiero saber”, me dijo categórico, para zanjar la discusión. Sus palabras no ocultaban la molestia y el fastidio. La declaración, esperable aunque inquietante, es la perfecta ejemplificación de la posverdad. Para mi interlocutor, un convencido simpatizante del gobierno y del lopezobradorismo, no era necesario conocer —aunque fuera de manera superficial— el proceso penal, el principio de presunción de inocencia, y ya no digamos, la importancia de las pruebas, los límites del poder del Estado y el debido proceso, para dar por buena una conclusión que, sorprendentemente, han dado de manera indistinta funcionarios del sexenio de Calderón, el aún villano favorito del segundo gobierno de la autodenominada Cuarta Transformación, y funcionarios de esta; de manera destacada, el ex fiscal general de la República Alejandro Gertz Manero. Justamente a él se refería y daba por buena su premisa, que circunda buena parte de la narrativa en torno al problema de la delincuencia y los jueces, resumida en: ellos —los jueces federales— liberan por cualquier pretexto a quien nosotros atrapamos. 

Escojo este fragmento de una conversación que sostuve hace un par de meses, porque mucho nos dice sobre el estado de nuestra esfera pública, sus tensiones, cambios, desafíos y actualidad. Las disputas políticas y la actual disposición a creer las narrativas que se ajustan a nuestras preferencias políticas, aún si con ello descartamos opiniones informadas o expertas, datos y hasta hechos, nos puede conducir por varios caminos. 

Pienso en estos como en tres tipos de calles que podemos encontrar en las ciudades: algunas de buen trazo, aunque problemáticas, precisan no salirse de la ruta, a reserva de extraviarse. Otras, equívocas pero pintorescas, pueden no llevarnos a donde queríamos, pero nos permiten descubrir territorios poco conocidos. Al final, algunas entrecruzadas, con bifurcaciones inesperadas, terminan por no llevarnos adonde íbamos, sino a descubrir otros lugares. Esa complejidad me viene a la mente cuando me pregunto sobre la relación entre la esfera pública y la democracia contemporánea. Intuyo tres rutas posibles. 

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Como suele suceder, el primer camino es el menos novedoso: seguro, aburrido, predecible. Es el trayecto que todo mundo transita cuando no quiere correr riesgos. Ese es el trayecto que sigue el camino democratizadorLa democracia liberal y sus características definieron una ruta a seguir, un modelo impermeable a la política y como consecuencia, una esfera pública de conversación tranquila, racional, sin estridencias. Al final, sólo se trataba de analizar las decisiones técnicas, llevar al público no especializado los porqués de la política pública. 

Con cierta vaguedad recuerdo haber visto un promocional en el cine donde un grupo de niños y niñas se encontraban en un espacio que simulaba al Congreso, para tomar decisiones. En vez de subrayar divergencias y hacer evidentes posiciones encontradas, se levantaban sonrientes de su asiento para pronunciar un contundente y unánime: ¡a favor!  Desde esta visión, la realidad actual aparece como una catástrofe. Por tanto, encontramos la insistencia (algo lógica) a retomar el camino. Su incapacidad para entender los lleva a señalar lo obvio, sin que se pregunten “¿por qué?”. La polarización, aseguran, destruyó la esfera pública y se debe a los otros, estulta chusma seguidora de líderes carismáticos. La paradoja del camino democratizador es que (también) parece no saber ni querer saber.

No se detienen, por ejemplo, a pensar que quizá la suya se trataba de una esfera pública artificial, cerrada a pocas personas sin demasiadas ideas, confeccionada por y para la intelectualidad orgánica de la democracia liberal contemporánea, uno de varios modelos posibles que, no obstante, imaginaron como el definitivo

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La conclusión del apartado anterior anuncia el segundo camino: la ilusión de la esfera pública. Se trata, creo, de un camino más inseguro, provocador y, en alguna medida, original. Es más o menos conocido el final del relato de Hans Christian Andersen El traje nuevo del emperador: “¡El rey va desnudo!”, grita un niño que señala lo evidente pero que nadie se había atrevido a decir. 

Es probable que nuestra esfera pública haya estado hueca. Carente de muchas ideas, simplificadora en exceso y alejada de la realidad de la mayoría de las personas, sirvió no obstante para hacer carreras: en la academia, en los medios, en la función pública, por mencionar algunas. 

Para acceder a ella, no hacía falta necesariamente mucha inteligencia, aunque sí buena capacidad para relacionarse. Se premiaba el uso de algunas palabras (transición, competencia, racionalidad) y, para los más refinados, metodologías (matemáticas para demostrar la competencia, racionalidad y validar la transición como un destino final). 

Tal vez ese sea el mejor legado del expresidente López Obrador: sus frases pegajosas y su uso chabacano del lenguaje bastaron para exhibir las carencias de quienes por décadas conformaron el rostro más visible de la esfera pública.

Despojados de sus trajes, furiosos, incrédulos de su nueva irrelevancia, emiten desplegados y se aferran a sus ideas como quien se niega a abrir un paraguas en medio de una tormenta. Incapaces de influir en la toma de decisiones, los vemos firmar columnas o de plano hacer declaraciones al borde de la locura. O al borde de la ultraderecha, que no es sino una cara de la locura.

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El tercer camino propone una síntesis de ambos. Permite llegar a un destino siguiendo un trayecto algo sinuoso. Desgraciadamente, no se trata de un destino agradable (no hay luz al final del túnel). Es el camino de la degradación. 

Todas las posibilidades de los caminos anteriores son ciertas y se entrecruzan: existió una esfera pública, pero era endeble; existe la polarización y es perniciosa. Al haberse roto, las posiciones de los desplazados de antes y los nuevos monopolizadores de la conversación pública se endurecen. 

En un episodio reciente del New Yorker Radio Hour, un ex militante del movimiento MAGA (como él mismo se define) habla de las dificultades que ha enfrentado para “salir”: las amistades que ha perdido (refiere también las que perdió) y las creencias que tuvo que derrotar, pero también las que subsisten. Aunque no fue sencillo, luego de un tiempo se dio cuenta de estar en una caja de resonancia. Abandonarla supuso algo relativamente sencillo: diversificar fuentes de información y cuestionar sus odios

El movimiento MAGA, y la polarización no son una curiosidad. Son el reflejo de estructuras y significados subyacentes. Pero la fractura tiene otras consecuencias posibles: el fascismo, entre otras razones, fue posible por el miedo al comunismo que invadía a élites políticas, empresariales y a la ciudadanía común. Ahora, vemos a los racionales de ayer acercarse sin mucho problema a quienes buscan combatir la dictadura de los “zurdos de mierda”.  

Érase una vez una esfera pública que barría por debajo de la alfombra los problemas, pero que limitaba también, los ánimos autoritarios de unos y de otros.

Ejecución pública en España. Wellcome Collection
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