En la guerra, las historias de vida se cruzan con la historia del mundo. Los acontecimientos bélicos son una nota al pie de página en las historias individuales y de familia. Las guerras se vuelven el telón de fondo de dramas personales e internos, las calamidades y explosiones acompasan la melodía biográfica.[1] De ahí que Franz Kafka anotara en su diario de agosto de 1914: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde fui a nadar”.
La guerra, que acompaña al ser humano desde su vida en comunidad, ha sido estudiada, explicada y aprehendida durante milenios. De Homero, Tsun Tzu, San Agustín, hasta Michael Walzer y Margaret MacMillan, la guerra es objeto de fascinación, consternación y curiosidad intelectual. De esta última destaco La Guerra. Cómo nos han marcado los conflictos (Turner, 2021), donde la erudición es aliada y enemiga de Margaret MacMillan. Es una escritura fragmentaria, donde habla de todas las guerras y ninguna. Creo que sale a relucir el apasionamiento de MacMillan por la épica bélica (me la imagino de niña leyendo de un bocado a Homero)

Por otro lado, en 1914. De la paz a la guerra (Turner, 2014), la guerra es un cúmulo de sinsentidos, así como lo es también el camino que lleva a ella. MacMillan lo demuestra luego de narrar a la Europa anquilosada que, en una lucha de rapiña, lleva a una generación al matadero. Y ni Europa ni el mundo aprendieron la lección. Incluso para aquellos que tienen en sus manos los engranajes de la guerra, las hecatombes, cuando incontrolables, se transforman en un catalizador de la experiencia de vida. Las guerras se lloran, incluso antes de que se disparen los fusiles.
La lectura de 1914 de MacMillan se grabó en mi memoria cuando nos mostraba cómo, en el punto de quiebre, los hombres que fungieron de mensajeros de la muerte se echaron a llorar.
A las seis de la tarde [del 6 de agosto de 1914], el embajador alemán Portuales, conmocionado, le preguntó tres veces a Sazónov [Ministro de Asuntos Exteriores ruso] si Rusia accedería a la demanda de Alemania de detener su movilización. Sazónov le contestó las tres veces que Rusia seguía dispuesta a negociar, pero que las órdenes no podían ser revocadas. “No tengo —le dijo— otra respuesta que darle”. Entonces Portuales respiró hondo y dijo trabajosamente: “En ese caso, señor, mi gobierno me ha dado instrucciones de entregarle esta nota”. Con manos temblorosas, le pasó la declaración de guerra, y luego se acercó a la ventana y lloró. “Nunca hubiera creído —dijo a Sazónov— que abandonaría San Petersburgo bajo estas circunstancias”. Los dos hombres se abrazaron.
En la capital del imperio británico, las lágrimas también corrieron:
En aquella mañana de domingo [2 de agosto de 1914], Lichnowsky [embajador de Alemania en el Reino Unido], con los ojos anegados en lágrimas y con sus esperanzas de reconciliar a Alemania y Gran Bretaña destruidas, fue a ver a Asquith [primer ministro del Reino Unido], mientras este desayunaba, para suplicarle que Gran Bretaña no cerrase filas con Francia; pero ya parecía demasiado tarde.

La otra capital de la guerra, Berlín, también fue testigo del enmudecimiento que acompañaron a las lágrimas:
En la noche del 4 de agosto, antes incluso de que expirara el plazo de Gran Bretaña para la respuesta de Alemania, Goschen, el embajador británico [en Alemania], visitó a Bethmann [canciller del Imperio alemán] para solicitar su pasaporte. “¡Oh, esto es demasiado espantoso!”, exclamó Goschen preguntando en vano si Alemania no podría respetar la neutralidad de Bélgica […] El tratado con Bélgica, según Bethmann en palabras que le costaron caras a Alemania ante la opinión mundial, era solo un “trozo de papel”. Gran Bretaña, añadió, pudo haber refrenado la sed de venganza de Francia y el paneslavismo ruso, pero por el contrario los había alentado: la guerra era culpa de Gran Bretaña. Goschen se echó a llorar y se marchó.
Un día antes, el 3 de agosto, el historiador Josef Redlich observaba a los soldados austríacos montarse en los trenes que los llevarían al frente, y anotaba: “Madres, esposas y madres llorando. ¡Qué desgracia las espera!”. Las lágrimas acompañan a las guerras en todas sus etapas. La Primera Guerra Mundial ha sido, seguramente, una de las guerras más lloradas. Inclusive aquel cabo austríaco, cegado por el gas mostaza en 1918, recuerda haber llorado al enterarse de la derrota alemana: “No había llorado desde el día que había estado ante la tumbad de mi madre… Pero entonces no pude evitarlo…”
Ian Kershaw anota: “Aparte de millones de personas llorando a sus seres queridos, la anterior guerra (la Primera) había dejado un continente convulso”. Tal vez la siguiente conflagración mundial no dejó tantas lágrimas como la primera. El mundo que se deshacía entre las manos de las sociedades europeas era un de fingida felicidad, la belle epoqué, el final de una época de estabilidad y paz. La siguiente e infausta guerra fue deshumanizante, profundamente degradante, industrial. Seres humanos alienados, lugares y batallas donde no cabían lágrima alguna. Fue la guerra del shock, la muerte pasiva. La muerte a botepronto. A diferencia de la Primera, en la Segunda Guerra Mundial las víctimas no supieron que se murieron.

[1] Los rusos, que como pocos han plasmado los enfrentamientos entre los dramas personales y las calamidades de la historia, nos han dejado dos de los mejores ejemplos de la historia de la literatura universal: en el siglo XIX, Guerra y Paz de Tolstói; en el XX, Vida y destino de Grossman.
Ricardo Arredondo Yucupicio. Los Mochis, Sinaloa (1997). Historiador.






