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La polarización y el México que jamás entendió a la 4T

Por César Martínez

En los pueblos libres prevalece la fuerza del derecho

y no el derecho de la fuerza, como sucede

a menudo en los pueblos atrasados

Francisco I. Madero

La politización de personas quienes antes de 2018 difícilmente se hubieran atrevido a expresar opiniones políticas (a menudo teñidas de cierto sesgo de clase social o de color de piel) ha sido uno de los resultados colaterales más notorios, aunque desagradables, de la Cuarta Transformación. Hablamos de conductas discriminatorias salidas a la superficie en ánimo de reacción que, sin embargo, habían permanecido pasivas o soterradas disfrazadas de humor, idiosincrasia o picardía.

Si usáramos una narrativa ya muy trillada, diríamos que este brote reaccionario en México resultó de una intención deliberada por parte de “alguien” para polarizar y dividir a la sociedad de forma maniquea, en blanco y negro. Donde esta narrativa colapsa, no obstante, es en suponer que la polarización enfrentó a dos bandos igualmente informados y politizados, cuando en realidad exhibió a un sector hoy minoritario, cuya postura por default o por valor predeterminado rechaza la política. 

Hablamos de aquello que en las mañaneras es denominado “analfabetismo político.”

Buscando definir en concreto qué es política antes, y durante los sexenios de la 4T, vale recordar un interesante discurso en 2007 de Andrés Manuel López Obrador en el Zócalo o Plaza de la Constitución, registrado en el documental de Luis Mandoki, Fraude: México 2006. 

Quizás una idea que pasó inadvertida, pero terminó siendo clave de aquella arenga multitudinaria fue que “de la resistencia surgirán las opciones para renovar y construir las nuevas instituciones de la república.” La política, desde esta perspectiva, persigue un objetivo completamente institucional: política es así poner orden en el caos.

A partir de ahí, el anzuelo obradorista contra la institucionalidad caótica, anárquica, deficiente y desordenada de los gobiernos del PRI y del PAN fue un anzuelo que picó cuando los adversarios del tabasqueño lo acusaron en los medios de “mandar al diablo a las instituciones.”  “Yo me refiero a sus instituciones”, él respondió, “secuestradas por una mafia que observa la ley en la forma, pero la viola en el fondo.”

La polémica en lo sustancial cuestionaba si la vida pública y la vida privada en México antes de 2018 se regían con base en la justicia y el derecho; o si más bien eran la fuerza bruta, la coerción y la prepotencia los grandes signos de nuestra cotidianidad nacional. Obrador, quien incluso hoy continúa hablando del viejo régimen como “neoporfirista”, hacía eco de esta manera de la crítica que acabó por demoler los débiles cimientos del Porfiriato: no se trataba de un sistema de verdaderas instituciones, moderno e impersonal, sino uno caracterizado por el privilegio y el influyentismo. Esa era una de las más poderosas críticas hechas por Francisco I. Madero más de 100 años atrás: “en los pueblos atrasados no prevalece la fuerza del derecho, sino el derecho de la fuerza.”

Esta idea revolucionaria de que el derecho, la ley y las instituciones pierden autoridad cuando son usadas para encubrir abusos y despojos acaso llegó a López Obrador a través del finado Arnaldo Córdova, no como prédica moral o sermón religioso, sino como programa bien definido de acción política. En un breve video de 2010 donde ambos examinaban las violaciones a la Constitución hechas en la inercia del neoliberalismo, Córdova sugería que el respeto al texto constitucional únicamente podría darse por un gobierno legítimo, apoyado masivamente, pero que después haría falta renovar las instituciones por vía de la democracia directa: el plebiscito, el referéndum y la consulta popular.

La manzana de la discordia, polarización o ‘cleavage’ desde 2018 apareció en su máxima expresión precisamente cuando AMLO usó consultas populares y referéndums llamando a la gente a participar y, de paso, movilizar a su propia base pensando en las elecciones intermedias de 2021 y la sucesión presidencial de 2024. La reacción opositora, por su parte, se pegó un tiro en el pie: apeló a desmovilizar mediante esa imagen estática del derecho según la cual “la ley no se consulta.” Tras el dos de junio pasado, los resultados hablan por sí mismos.

Arnaldo Córdova nos diría que la polarización surgida con la 4T enfrenta dos formas distintas y contrapuestas de ejercer la ciudadanía: una manera activa que no está exenta de riesgos, porque básicamente consiste en asumir la incertidumbre consustancial a la libertad, frente a una manera pasiva, cuyo atractivo radica en buscar la seguridad amparándose en la fuerza. En uno de sus artículos, él simboliza la primera posición en la figura de Rousseau, “no hay derecho sin consentimiento del Pueblo” (“Toda ley que ‘le peuple et personne’ no haya ratificado es nula, es decir, no es una ley.”)1 La segunda posición, la simboliza él en Kant, “cuya verdad inconfesada es usar el derecho para anular políticamente al individuo.”2

De modo que, yendo a la raíz, el racismo, el clasismo y la discriminación que han caracterizado a la reacción en contra de López Obrador han sido expresiones antipolíticas, manifestaciones de una forma de ser amparada en el derecho de la fuerza y no en la fuerza del derecho.

La respuesta clásica ante el drama de esta individualidad encerrada en la burbuja de lo privado, “la libertad de los modernos”, sugiere Córdova, está en “la libertad de los antiguos”: “aquel derecho (natural) que es la máxima expresión de una real y efectiva participación del pueblo en los asuntos públicos.” Es decir, garantizar las prácticas democráticas permitiendo aun a las minorías más extraviadas y cegadas por sus prejuicios aprender de sus propios yerros y extravíos.

Porque, terminado el sexenio de AMLO, es esa la pregunta inevitable: ¿qué sucederá con el México que no pudo, ni quiso, ni supo comprender a la 4T, y cuya forma de vivir diviniza la fuerza bruta, la institucionaliza, y rechaza la política por default?  

Siguiendo a Córdova, el brote de analfabetismo político dado desde 2018 demuestra la separación del Estado y Sociedad bajo la lógica de Kant, anulando políticamente al individuo. Necesitamos, pues, al Rousseau mexicano del Zócalo en 2007: actuar, para superar la polarización, por un lado; y para, por el otro, seguir creando las nuevas instituciones de la república. Eso es establecer entre la gente la fuerza del derecho como base de la vida pública y también de la privada.


César Martínez (@cesar19_87) es maestro en relaciones internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura de Estados Unidos por la Universidad de Exeter.


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  1.  Arnaldo Córdova, “Sociedad y Estado en el mundo moderno”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, vol.13 no.50, p. 455. ↩︎
  2.  Ibid, p. 457. ↩︎
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