Habitar entre libros (o cómo ordenar una biblioteca)

Por Hugo Garciamarín

Esperaba a una amiga en la Cafebrería del Péndulo de San Ángel, pero mi mente estaba lejos. Me ocupaba la mudanza próxima y, con ella, la decisión siempre incómoda sobre el destino de mis libros. Rento, tengo un hijo, no hay espacio para una casa amplia; guardar y acomodar una biblioteca se vuelve, una y otra vez, un problema material antes que intelectual. De ahí nació una organización frágil, casi provisional: las novelas pasan al Kindle; los volúmenes duplicados, o aquellos de los que encuentro una edición más lograda, se regalan.

En ese estado de distracción vi un pequeño libro rojo. Estaba ahí, discreto y preciso: Cómo ordenar una biblioteca, de Roberto Calasso. Reconocí la portada por haberla visto antes, quizá demasiadas veces, en las redes. Eso bastó. Lo compré y empecé a leerlo de inmediato mientras esperaba.

Roberto Calasso, Cómo ordenar una biblioteca, Tercera Edición, Barcelona: Anagrama, 2023

La fascinación fue casi instantánea. Sentí —con una dosis inevitable de vanidad— que el libro había sido escrito para mí. Calasso avanza con una ironía leve, con una prosa que se desplaza entre el ensayo y el aforismo, sin instalarse del todo en ninguno. Habla de bibliotecas, pero en realidad habla de lectores. De pronto, las formas de ordenar los libros dejaron de ser un problema práctico y se volvieron una revelación silenciosa.

Conviene decirlo: el texto no funciona como manual. Es una narración sobre el modo en que se habita el mundo a través de los libros, o quizá sobre la forma en que los libros terminan por habitarnos. Aparece, por ejemplo, la “regla del buen vecino”: en ella no pesa tanto el autor ni la disciplina como la razón íntima por la que un libro acompaña a otro. Desde esa lectura, mi biblioteca cambió de disposición. Los libros sobre bienestar quedaron junto a los de dignidad; estos rozan la melancolía, el psicoanálisis, la felicidad. A primera vista no hay orden alguno. Pero para quien vive ahí, el orden es evidente. Al final, como escribe Calasso, “un lector verdadero sigue un hilo, aunque también puede seguir cien hilos a la vez” (p.19). Esos hilos conducen casi siempre a los buenos vecinos, incluso más allá del libro buscado o del libro que se tiene entre las manos.

Llegó mi amiga y guardé el libro. De manera curiosa, no volví a abrirlo. El torbellino de los días —otras lecturas, el trabajo, las tareas de cuidado— me desplazó hacia distintos frentes y, aunque nunca olvidé el volumen de Calasso, apenas lo hojeé una vez más. Había cumplido su función: me ofreció los elementos necesarios para habitar el nuevo estudio, para tomar una decisión práctica sin sentirla del todo mezquina.

Tiempo después, ya instalado en el nuevo hogar, una noche me reencontré con la portada roja, intacta, casi expectante. Abrí un cajón, saqué algunos post-its, tomé el libro y regresé a él. Esta vez empecé por el índice, que aparece al final: el libro contiene otros ensayos, además del dedicado al orden de la biblioteca, y todos tocan asuntos que me resultan cercanos. Las revistas, por ejemplo, territorio que conozco como director de Revista Presente y colaborador quincenal de Nexos. Y también la reseña, una práctica que he aprendido a disfrutar con una atención cada vez más lenta. Ahí entendí, otra vez, la exactitud de Calasso. Tenía razón cuando escribe: “es esencial comprar libros que no se van a leer enseguida. Al cabo de uno o dos, o acaso de cinco, diez, veinte, treinta, cuarenta años, llegará el momento en el que se sentirá la necesidad de leer precisamente ese libro” (p. 31).

Roberto Calasso, en su despacho, en 1989. Vía: el Mundo.

El libro había esperado. Yo también. Y, como también explica el propio autor en sus páginas, esa coincidencia produce una sensación ambigua: es grata y, al mismo tiempo, inquietante. Da la impresión de que uno, en un momento anterior de la vida, hubiera anticipado una necesidad futura: un día hará falta un libro que piense las reseñas, las librerías, las revistas. Pero junto a esa satisfacción aparece otra experiencia menos cómoda: reconocerse distinto al leer, sentirse interpelado, advertir que el texto nombra algo que apenas empieza a tomar forma en uno mismo. El libro no solo acompaña; descubre.

Empecé entonces por Nacimiento de la reseña, un texto breve en el que Calasso examina lo que suele considerarse la primera reseña documentada: la escrita por Madame de Sablé sobre Las máximas de François de La Rochefoucauld. El episodio importa menos por su anécdota que por lo que inaugura. La reseña aparece como un elemento central del mundo moderno. Según sugiere Roberto Calasso, la reseña surge cuando la lectura deja de ser una experiencia singular y pasa a convertirse en un objeto de circulación pública. Leer ya no basta; hace falta que alguien diga qué se ha leído y por qué importa.

Una de las ideas centrales del texto sostiene que la reseña sustituye a la lectura. No la cancela, pero introduce un mediador que decide, de manera anticipada, qué merece atención. Pero el autor no condena por sí mismo el acto de reseñar, pues apunta hacia algo más allá de la típica distinción de “lo bueno y lo malo”. El núcleo del ensayo reside en la distinción entre la reseña como acto crítico y la reseña como dispositivo de orientación. En su forma más exigente, la reseña es un texto autónomo, capaz de dialogar con la obra y de inscribirla en una constelación intelectual más amplia. En su versión empobrecida —la que Calasso observa como dominante—, la reseña se reduce a pura señalización: léase, no se lea; relevante, prescindible.

Commerce, revista fundada por Marguerite Caetani. Vía: negritasycursibas.

Por su parte, en La época de las revistas, Calasso prolonga el argumento y desplaza el énfasis. Lo decisivo ya no es únicamente la facultad de determinar qué se publica y qué se excluye, sino la capacidad de producir cultura. Publicar no equivale a exhibir; implica configurar un espacio de sentido. El texto sugiere que, a inicios del siglo XX, las revistas operaron como instancias de mediación soberana. No buscaban representar la pluralidad ni reflejar un coro de voces simultáneas; aspiraban a construir un horizonte común de exigencia intelectual. En este punto, Calasso se separa con claridad de la lógica contemporánea de la visibilidad. La revista no amplificaba voces de manera indiscriminada: las filtraba. Y en ese gesto de selección, de contención y de forma, producía cultura.

A ello se suma una temporalidad propia. Las revistas se movían en un tiempo distinto al del mercado editorial y, con mayor razón, al del periodismo cotidiano. Ese intervalo permitía que la crítica, la literatura y la política encontraran una distancia justa frente a la actualidad. Cuando ese tiempo se extingue, sugiere Calasso, el escritor pierde relevancia: reacciona, pero deja de pensar.

Hacia el final, el texto deja ver una tensión constitutiva. Las revistas oscilan entre la amplificación y el filtro. Sólo en ese equilibrio inestable logran producir cultura. Mientras leía, pensé en Revista Presente. Sin declararlo de ese modo y desde un alcance menor, incluso modesto, el proyecto intenta algo semejante: abrir espacio a diversas voces y, al mismo tiempo, someterlas a un requisito mínimo: la forma de argumentar importa. El respeto —sin caer en la mojigatería— resulta indispensable; es una condición para que la palabra circule con densidad y sentido.

El libro concluye con un ensayo dedicado al modo de ordenar una librería. Sobre ese texto prefiero callar e invitar al lector a llegar a él sin mediaciones. Baste decir que quienes se interrogan por el porvenir de los libros en la era del e-book y de Amazon encontrarán ahí una reflexión que merece ser leída con calma.

Disfruté profundamente la obra de Calasso. Llegó a mí como llegan los buenos libros: sin previsión, con una materia sugerente, amable sin concesiones, abierta a relecturas. Es un libro al que se puede volver muchas veces y del que, en cada aproximación, incluso parcial, algo queda. Quien goza de habitar entre libros también gozará de este y terminará por hacerlo suyo. Como escribe el propio Calasso: “Toda lectura deja una marca, aunque no quede ningún signo visible en la página” (p. 43).

La sala de lectura del Kulturwissenschaftliche Bibliothek Warburg, Hamburgo, en 1926. Foto: Instituto Warburg. Vía: Adabi.

Nota del autor: este texto se publicó el 9 de marzo de 2026, en conmemoración de la publicación de la primera reseña, escrita por Madame de Sablé sobre Las máximas de François de La Rochefoucauld, el 9 de marzo de 1665.

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