Huiqui contra el racismo: mestizaje y porfirismo en Liga MX

Por César Martínez

La ola de memes y comentarios que oscilan entre el humor futbolero y el estigma racial, a propósito de un posible título de la Liga MX para Cruz Azul bajo la dirección del exfutbolista Joel Huiqui, exhibe ámbitos de la sociedad y de los medios de comunicación en México que aún arrastran una rancia herencia del porfirismo: la marginación de los pueblos originarios y afrodescendientes de la vida pública, todavía en pleno siglo XXI.

Huiqui, nacido en Ahome, Sinaloa, y criado en el ejido de Ohuira, tiene raíces en la cultura del pueblo indígena Mayo/Yoreme, con presencia también en Sonora. Así, los mayos comparten cultura, historia y lengua con los yaquis, otro pueblo cuyo saqueo, esclavitud y genocidio perpetrado por la dictadura de Porfirio Díaz quedó registrado por el periodista estadounidense John Kenneth Turner en su crónica México Bárbaro; y por el apóstol Francisco I. Madero en su libro La Sucesión Presidencial en 1910.

“En la Guerra del Yaqui”, escribía Madero, “la Nación ha perdido muchos de sus hijos, y a otros de los más laboriosos les ha arrancado los terrenos que cultivaban para pasarlos a favoritos del Gobierno, que no los cultivan…”. Más aún, junto a estos testimonios obligatorios para las clases de historia en las escuelas, vale la pena citar los discursos raciales, sociales y políticos usados por la prensa y la academia porfirista de hace más de 100 años, y contrastar con la narrativa que en pleno 2026 envuelve la imagen del entrenador de La Máquina.

La filosofía del régimen de Porfirio Díaz fue el positivismo: se trata de una visión de la sociedad opuesta al liberalismo de Juárez (este sostenía que la sociedad política se constituye por personas, es decir que los derechos son garantías individuales, por lo que discriminar efectivamente viola la justicia). En cambio, para el positivismo, el “organismo social” se compone por clases socioeconómicas, como sostiene el marxismo, o por grupos diferenciados “biológicamente”, como sostiene el así llamado darwinismo social, base del porfirismo como ideología. Se le dice positivista porque se usa un criterio presuntamente “positivo”: adoptar mediante la fuerza, la coerción o el interés material nuevas costumbres, hábitos y conductas en aquello que en México se ha conocido como “mestizaje.”

Para aterrizar lo anterior en el caso de Joel Huiqui, vale decir que Huiqui ha sido quizá el único ejemplo de éxito (o la excepción que confirma la regla) en una industria mexicana del deporte profesional, donde las más de 23 millones de personas identificadas como población indígena, más dos millones como afro-descendientes, son prácticamente invisibles.

Seleccionado nacional y jugador de clubes importantes como Pachuca, Cruz Azul y Morelia, la suerte de Huiqui ha sido buena comparada con la de, por ejemplo, el ex árbitro guerrerense Adalid Maganda, quien denuncia haber sido víctima de racismo por parte de funcionarios de la Federación Mexicana de Futbol (FMF). Quizá lo más paradójico del caso Maganda es la poca cobertura recibida por parte de televisoras que, por otro lado, suelen pronunciarse a favor de las campañas de FIFA contra la discriminación en partidos de la selección mexicana. “Desde que llegué me recibieron con un ‘qué haces aquí, p*nche negro’, declaró Maganda al diario La Jornada.

Poniéndola en perspectiva histórica, la cerrazón de la prensa deportiva mexicana ante poblaciones indígenas y afromexicanas viene también de lejos. De vuelta en la época porfirista, el jurista positivista Andrés Molina Enríquez analizaba en su obra, Grandes Problemas Nacionales, cómo distintos periódicos en su línea editorial representaban los intereses de los grupos raciales en pugna por el poder político y económico. Si, según él, los diarios “de escándalo” eran escritos por y para los mestizos, mientras que El País representaba a los criollos ligados al clero y El Imparcial a los criollos porfiristas, “[l]os indígenas no tienen en la prensa representación alguna.” Más de un siglo después, la novedad de ver a Huiqui disputando un título de liga nos hace ver que esta última frase tristemente es vigente.

Asimismo, en la polémica de redes en torno a Huiqui ha surgido una interpretación interesante del simbolismo de que el rival en la final del Clausura 2026 sea el Club Universidad (Pumas UNAM) dirigido por un peculiar personaje: el también mexicano Efraín Juárez. Esta polémica interpretación tiene ecos positivistas, pues se sugiere que Juárez vendría a representar al “México blanco del statu-quo de clase media”. Curiosamente, lo criollo y mestizo en la narrativa porfirista tenía que ver con un proceso de “blanqueo” mediante diplomas y calificaciones técnicas, formación académica y profesional, e inserción en el mercado laboral por vía del aparato burocrático público o privado. Si se observa la narrativa que ha rodeado a Juárez como técnico “bien formado en las tendencias más vanguardistas de Europa y en las basculaciones,” y que además él copia en su persona la forma de hablar de Javier Aguirre o imita los gestos del italiano Carlo Ancelotti, se verá que ciertamente el choque simbólico con Huiqui, el mayo/yoreme, es palpable.

En conclusión, la final Cruz Azul-Pumas y el duelo de pizarras entre Huiqui y Juárez contiene un simbolismo más allá de lo estrictamente futbolístico. La irrupción de un director técnico mexicano con raíces indígenas viene a desnudar rancios esquemas mentales de una prensa deportiva mexicana presta a denunciar la discriminación cuando esta viene de fuera, mas no cuando sucede dentro, disfrazada de “normalidad”. En el preludio del Mundial 2026, el caso Huiqui nos previene de ese racismo sutil por parte de comentaristas y narradores diciendo ad nauseam que los “africanos son fuertes pero indisciplinados, los asiáticos bien organizados pero inofensivos, y la selección de Alemanía, fría, metódica y eficaz.”


César Martínez (@cesarkickoff). Maestro en Relaciones Internacionales por la Universidad de Bristol y en literatura de Estados Unidos

Ilustración del balón "Crack" utilizado en el Mundial de Chile 1962. Autor: Pablo Toussaint
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