El Rey… ¿está desnudo?

Por Alejandro Aguilar

En un texto reciente, Viridiana Ríos se interroga sobre los cambios ocurridos en la iniciativa a la Ley Minera que transformaron  sustancialmente su carácter, limitando las obligaciones de las grandes empresas y haciendo más difícil hacerles rendir cuentas sobre el impacto de sus intervenciones. La respuesta que esboza es ingeniosa: AMLO tiene un gran carisma, pero pocas aptitudes comunicativas, por lo que el eslabón crucial de la cadena de mando descansa en los “emprendedores del presidencialismo”, aquellos secretarios o altos funcionarios que negocian y operan en su nombre. Adán Augusto, quien realmente es un alfil de los capitales mineros (“un caballo de Troya del poder económico dentro de Morena” en la descripción de Ríos), aprovechó su posición como “bróker” de la palabra presidencial para torcer sus intenciones hacia una reforma condescendiente, privada de radicalidad, aprovechando el poco control del titular del ejecutivo más allá de lo que dice en las mañaneras.

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El texto de Viridiana tiene su encanto. Por mi parte, aplaudo que combate la vulgata que promueve la oposición de que “López Obrador concentra el poder de un presidencialismo desbordado”. Al hacerlo, llama la atención sobre un par de cuestiones que normalmente poco se toman en cuenta al pensar la política actual. La 4T no es una entidad homogénea que actúa como un sujeto unitario. En el partido conviven actores con trayectorias muy diversas e intereses difíciles de armonizar. Además, la capacidad de coordinar la acción colectiva, al interior del partido, no depende enteramente -ni de lejos- del carisma “populista” del líder. Si en algún lado hemos de encontrarlos, será en el partido mismo y algunos de sus liderazgos, que funciona como una estructura de incentivos que promueven el “lopezobradorismo”. De ahí que, de vez en cuando y por propia iniciativa, algunos legisladores se muestren “más pejistas que el peje”, buscando torpemente congraciarse con lo que entienden que es la voluntad presidencial.

No obstante, considero incorrecta  la visión que nos presenta sobre el carácter del liderazgo carismático. En la narrativa que Ríos nos presenta apreciamos una clara diferenciación entre ambos personajes. Por un lado, el líder carismático es “bueno pero bobo”, un ingenuo gobernante de gran corazón, pero escasa habilidad política. Por el otro lado, su secuaz es “astuto y sagaz como un zorro”, siempre presto a explotar las oportunidades de la situación en su beneficio. Esta ilustración en blanco y negro refleja un sesgo clásico de la intelectualidad contra los líderes carismáticos, comúnmente tildados de “populistas”. Dicha creencia supone que, sin excepción, los populistas no saben gobernar e incluso cuando intentan hacer las cosas bien las hacen mal. Al decir esto no pretendo defender a nadie, solamente advertir que me cuesta creer que podamos realizar una distinción tan tajante.

«Adán Augusto López, Secretario de Gobernación, llegando al Senado de la República, 2022» by Secoyarenoso is licensed under CC BY-SA 4.0.

Una hipótesis adicional puede servir de contrapeso para complementar el mecanismo causal que Viridiana propone, sin desechar por completo sus intuiciones. ¿Podría ser que lo que sucedió con la Ley Minera sea un caso más de una estrategia recurrente de comunicación política orquestada por el mismo presidente? Así lo pienso. Gobernar en una posición de alta visibilidad y con grandes expectativas populares es un deporte de alto rendimiento, en el que cualquier paso en falso puede convertirse en un revés mayor. Andrés Manuel -estoy convencido- es consciente de la imposibilidad de ganar todas las batallas, por lo que recurre a una artimaña: suele politizar los temas de forma contundente y dejar luego los detalles, menos glamorosos, a sus fieles operadores. Al hacerlo, claro está, les concede un cierto grado de discrecionalidad, aunque probablemente bajo un margen controlado. De tal forma puede recibir todos los laureles y esquivar uno que otro jitomate.

Quizá, en lugar de molestarnos con la traición de Adán -guiño emocional de la articulista a las filas de Morena-, nos sea más útil restituir la responsabilidad al presidente en la sensible materia de la ley minera. Andrés Manuel es, a fin de cuentas, un político experimentado, que pragmáticamente  se mueve entre los principios que presume y los imponderables de la coyuntura política. Tendremos más que hablar en los próximos días ya que se discutirá otra iniciativa de reforma sensible, en esta ocasión para reducir la jornada laboral.

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