¿Quo Vadis C(̶D̶F̶)MX?

Por Gabriel Espinoza

Carlos Monsivaís, ese culto (e irreverente) cronista de la Ciudad y sus personajes denominó a uno de sus libros, Apocalipstick gracias a que en la capital posiblemente aconteció ya el final de los días, en uno de esos puentes o bien durante alguna espera eterna en el Metrobús.

En esa urbe post apocalíptica se encuentra la raigambre de nuestro Estado Nación. Un espacio sincrético que es el cenit político e institucional de un país con un marcado centralismo. Es también el crisol de una ciudad con amplias tensiones de territorialidad, de pluralismo, pues en ella, convive diariamente la catedral frente a pugnas por derechos sociales mientras que en sus calles se encuentran una variedad de acentos del país y una variedad de idiomas que ya no solo se limitan al inglés sino a múltiples lenguajes.

Durante este tiempo, podría afirmarse que sólo ha habido una constante en el otrora D.F.: el partido en el poder o dicho de otra manera, la clase política capitalina que arribó al poder desde la llegada de Cuauhtémoc Cárdenas con el entonces Partido de la Revolución Democrática. Cierto es que, en una recapitulación de cerca de 30 años de izquierda partidista en la capital se encuentra marcada por un avance sustantivo en materia de derechos sociales.

Con todo, ese apocalipsis funcional bajo el mote de CDMX se percibe con una falta de brújula. Los síntomas ocurren cada vez con mayor frecuencia. Mientras que vemos reels en inglés sobre lugares dónde comer el mejor rol de canela mientras esperamos un metrobus repleto de personas cuya capacidad de ser comprimidos supera la anatomía humana. Mientras tanto, advertimos que un automovilista pelea por un ciclista que salió de la vía a causa de un puesto de tacos que está sobre el camino. Al finalizar el trayecto de más de una noventa minutos y un par de transbordos, se aprecian los anuncios de departamentos en renta que difícilmente pueden costearse.

Así también, se aprecia en un poste de luz un caballete desvencijado producto de las elecciones previas, con el nombre de un político y otro de un juez -quizás ambos sean la misma persona- lo cual recuerda al narrador sobre el estampado de calles, espacios y hasta de luminarias con nombres de políticos promoviendo su figura en un par de meses más.

Esa estampa hipotética da cuenta sobre el naufragio del proyecto post-neoliberal de la izquierda partidista que no logra del todo el materializar cuál es el sentido hacia el que se encamina una ciudad que pareciera inasible para el poder púbico pese que ahí se deposita la nomenklatura del país.

Más allá de colocarle el adjetivo de bienestar a toda acción de gobierno -ya no digamos programas en sí- pareciera que entre más utopías se construyen más distópico se antoja el horizonte para las y los chilangos. Ejemplos sobran (vagones del metro que estallan, pipas que explotan, asaltos a plena luz del día, peleas por el espacio público como el despojo de santuarios para mascotas, por solo nombrar algunos), no obstante, en ese caos ordenado debe existir una mano visible (la del Estado) que no solo regule, sino que mejore la calidad de vida de sus habitantes y su cotidianidad.

Basta decir que en efecto, existe un fenómeno de gentrificación que se ha profundizado a partir de la pandemia del coronavirus, trayendo consigo a extranjeros o también llamados nómadas digitales y que ahora habitan su propia capital en las alcaldías Cuauhtémoc y Miguel Hidalgo. Con todo, es necesario que esa clase política del PRD primero y MORENA en la actualidad fijen el rumbo de su visión para la CDMX a largo plazo.

Una consideración a este respecto, es la construcción vivienda social durante el mundial de 1968. Unidades habitacionales (muchas de ellas abandonadas por parte del sector público) que perviven en la actualidad. Transporte urbano que no requiera de habilidades de defensa personal para poder trasladarse. Espacios públicos que no necesiten de una hipervigilancia por parte de sus usuarios y dos carteras y un teléfono roto por si son atracados por parte de delincuentes o policías. Centros de trabajo asequibles. Espacios urbanos atractivos para la inversión sin que ese desabrido tono marfil de los exteriores desplace a los locales de sus domicilios. Vivienda para familias  en la CDMX que previamente han tenido que mudarse de entidad federativa para poder costear sus gastos cotidianos.

Espacios urbanos que sí sean decorados por ajolotes pintados, pero también reales gracias a los trabajos de conservación y medioambientales de un espacio cada vez más diezmados por parte de la política de urbanización irregular. Una política hídrica urgente, destinada a combatir fugas antes que la capital consuma los recursos de esta naturaleza de las entidades vecinas.

A casi tres décadas de la llegada de la llamada izquierda al poder concatenado con al menos dos sexenios en el gobierno federal vale la pena preguntarse por el horizonte de la urbe post apocalíptica más allá de los actores que buscan dejar su marca durante un breve lapso de tiempo.

Escribo esto mientras camino sobre las las últimas flores de jacaranda desperdigadas en la acera de un árbol que llegó a esta ciudad como todos nosotros, por accidente en ocasiones o por nuestros familiares pero que sentimos tan natural como nuestro smog cotidiano.

A pesar de ello, ni orden ni ley pues de otro modo este espacio de hiperrealismo sería contrario a aquello que contaba, de nuevo, Monsiváis: Soñé que nomás iba yo en un vagón de Metro, y nadie me empujaba, ni me vendían nada, ni contaban estupideces. Desperté angustiadísimo de la pesadilla. Acotaría que venía soñando con el tono de la alerta cuando me desperté súbitamente en la estación de metro que tenía que bajarme. Me fue bien: solo dos personas me insultaron al salir entre la gente.

Logo del Distrito Federal, 1986. WikiCommons

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