El desequilibrio en el trabajo doméstico entre mujeres y hombres ha sido, desde hace siglos, materia tanto de folclore como de reflexión académica. Feministas y otros movimientos progresistas, como el movimiento obrero, han intentado abordar estas cuestiones al menos desde el siglo XIX; y los profesionales de la salud han considerado desde la Antigüedad las dimensiones éticas de su labor. Sin embargo, el vasto ámbito del cuidado entendido como un tema en sí mismo —el cuidado de las personas, de los hogares, de la salud, de la infancia, de los adultos mayores, de las personas con discapacidad, de los animales, de las plantas, del planeta físico, del medio ambiente, etc.— únicamente ha sido objeto de una teorización sistemática a partir de que las feministas introdujeron el tema en la década de 1980. Gracias a ello, hoy existe una literatura en expansión que recorre prácticamente todas las disciplinas académicas: desde la arquitectura a la zoología, pasando por las humanidades, las ciencias sociales y las ciencias naturales, el cuidado ya es un tema central para diversas investigaciones.
En filosofía, Sara Ruddick comenzó el estudio del cuidado con la publicación de su trabajo pionero sobre la maternidad, que más tarde se consolidó en su libro Maternal Thinking. Pero fue el trabajo que Carol Gilligan publicó en 1982, In a Different Voice, el que provocó que los cuidados se convirtieran en un campo de estudio. En su investigación, Gilligan cuestionó la forma en que las mujeres habían sido excluidas de las teorías y estudios psicológicos. Tras realizar varias entrevistas, identificó una “voz diferente” —“una diferencia de tema, no de género”— en la vida moral, la cual contrastaba con los planteamientos tradicionales de la ética de la justicia. Para ella, eso implicaba la existencia de dos éticas distintas: una ética de la justicia, que enfatizaba derechos y obligaciones, y una ética del cuidado, que surgía del deseo de preservar las relaciones como criterio para decidir lo correcto. El trabajo de Gilligan provocó una reconsideración internacional del desarrollo moral, aunque muchas de las primeras respuestas, tanto en psicología como desde algunos sectores del feminismo, sostuvieron que la ética del cuidado sólo era pertinente en el marco restringido de las relaciones personales; para los juicios sobre la justicia, afirmaban, carecía de utilidad.
A finales de la década de 1980 y durante la de 1990, las académicas y los académicos comenzaron a tomar con mayor seriedad el enfoque de la ética del cuidado en sus propios términos. Nel Noddings publicó en 1984 su libro Caring: A Feminine Approach to Ethics and Moral Education, en el que introdujo una perspectiva más relacional y fenomenológica en el ámbito de la educación. En 1990, publiqué junto a Berenice Fisher un texto en donde ofrecimos el siguiente planteamiento:
En el nivel más general, proponemos que el cuidado sea concebido como una actividad propia de la especie, que abarca todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro “mundo”, de modo que podamos habitarlo de la mejor manera posible. Ese mundo incluye nuestros cuerpos, nuestro yo y nuestro entorno, todos ellos entrelazados en una compleja red que sostiene la vida.
Desde luego, nuestra definición es amplia y opera en un nivel general, pues es evidente que en aspectos específicos del cuidado se plantean objetivos concretos que no son necesariamente “vivir en el mundo de la mejor manera posible”. Pero la intención de esta definición amplia es expandir el ámbito del cuidado más allá de las interacciones personales, para reconocer que el cuidado es esencial, aunque en ocasiones pueda fallar.
Al reconstruir esta historia, Olena Hankivsky distinguió entre lo que llamó la “primera generación” y la “segunda generación” de teóricos y teóricas de la ética del cuidado. En su opinión, la primera generación, cuyo ejemplo paradigmático era Nel Noddings, no pudo responder a las objeciones acerca de la relación entre cuidado y justicia, mientras que la segunda generación sí abordó explícitamente esta cuestión. Para la autora, esta segunda generación comenzó con mi libro Moral Boundaries: A Political Argument for an Ethic of Care, pero otras académicas también exploraron esta línea de investigación sobre el cuidado. En 1994, Nancy Folbre, economista feminista, publicó Who Pays for the Kids?, en donde sostenía que los niños constituyen un bien público y que, en consecuencia, la política pública debía contribuir a su sostenimiento. Mientras tanto, la ética del cuidado se convirtió en un marco importante dentro de la ética de la enfermería a partir de la década de 1990, como han señalado destacados especialistas en el área, entre ellos Chris Gastmans, Ann Gallagher y Michael Woods, aunque la ética médica no ha mostrado la misma disposición para incorporar este enfoque.

Ahora bien, dentro de la propia ética del cuidado, otros académicos y académicas comenzaron a escribir sobre el cuidado y la justicia. Eva Kittay, en Love’s Labor recurrió con valentía a su propia experiencia con su hija Sasha para describir las condiciones de crianza de una niña altamente dependiente y con discapacidad intelectual. A partir de esa vivencia, Kittay elaboró un planteamiento que proponía enmendar la teoría de John Rawls sobre los principios de justicia: era necesario, sostenía, añadir un principio adicional que diera cuenta del cuidado. Otra filósofa destacada, Virginia Held, planteó una posible resolución del aparente conflicto entre justicia y cuidado, y editó una influyente colección de ensayos sobre el tema; más tarde publicó un libro fundamental que se convirtió en una referencia clave sobre los fundamentos filosóficos de la ética del cuidado: The Ethics of Care: Personal, Political, and Global. .
La discusión en torno a la ética del cuidado no se limitó al mundo angloamericano; en Francia emergió un corpus diferente de investigación, mientras que en América Latina la acción política para incluir el cuidado en las agendas nacionales se consolidó como un componente central de la Agenda Regional de Género desde 1994. La investigación sobre el cuidado comenzó así a diversificarse en múltiples direcciones.
Debates en curso
A pesar de los avances, no hay duda de que hay muchos aspectos aún por discutir y por impulsar en la agenda académica y política de cuidados. Por esta razón, en lo que resta de este ensayo, me propongo describir algunas de las controversias aún abiertas en torno al significado de cuidar.
Cuidado y teoría moral
En el ámbito de la teoría moral persisten múltiples cuestiones. Aunque la mayoría de las teóricas y teóricos reconocen hoy que el cuidado está profundamente vinculado con la justicia, también insisten en que la justicia, a su vez, requiere del cuidado. Algunos autores y autoras siguen considerando al cuidado como una variante de la ética de la virtud , mientras que otros han identificado valores o virtudes críticamente relacionados con las prácticas de cuidado, como, por ejemplo, la humildad.
Por otro lado, existe el debate sobre cómo conceptualizar un “buen” cuidado. Eva Kittay sostiene que, para considerarse un acto completo de cuidado, este debe ser reconocido de algún modo por quien lo recibe, mientras que yo he argumentado que tal reciprocidad directa no es necesaria para definir el cuidado. Otro frente de discusión lo constituyen las relaciones entre el cuidado y la teoría liberal: algunos autores y autoras han defendido que el liberalismo requiere de una teoría explícita del cuidado.
¿Quién cuida?
En torno a la pregunta por quién cuida realmente han surgido numerosos debates. Una crítica sostenida a gran parte de la teoría inicial del cuidado advierte que fue escrita en su mayoría por mujeres blancas, de clase media alta y de países con mayores ingresos. A medida que la ética del cuidado se orientó hacia las prácticas globales, aparecieron cuestionamientos de académicos y académicas que preguntaron si el cuidado debía estar necesariamente vinculado al género, y cómo incorporar las experiencias de personas racializadas y de comunidades fuera del Norte Global.

Esta crítica fue planteada inicialmente por Uma Narayan, cuando la ética del cuidado apenas comenzaba a conceptualizarse filosóficamente a mediados de la década de 1990, en su ensayo sobre el colonialismo como un discurso de cuidado. Una versión más amplia del argumento apareció en American Political Science Review en 2014, en donde Olena Hankivsky cuestionaba cómo se vería el cuidado si no se privilegiaran las experiencias de algunas personas sobre las de otras, incluidas las de las propias mujeres. Evelyn Glenn señaló, en este sentido, que las mujeres racializadas a menudo son forzadas a cuidar.
Académicas en geografía han propuesto enfoques más interseccionales que sitúan el cuidado “más allá del Norte Global”. Por ejemplo, Pallavi Banerjee y sus colegas, junto con otras investigadoras en distintas regiones, han subrayado que el trabajo de las mujeres en comunidades empobrecidas y marginadas no sólo implica el cuidado de sus familias, sino también la manera en que las comunidades mismas constituyen relaciones y formas de identidad a través del cuidado. Asimismo, otros autores y autoras han argumentado que restringir el cuidado únicamente a los seres humanos, ignora la realidad de que animales, plantas y el planeta entero mantienen relaciones que también pueden caracterizarse como cuidado, y que un enfoque antropocéntrico limita nuestra visión del mundo. La lección que se desprende de esta amplia discusión sobre la diversidad del cuidado en el mundo y a lo largo del tiempo es que concentrarse en los problemas de las mujeres de clase media alta del Norte Global —por ejemplo, si deben “tener tiempo para otras actividades”— no equivale a reflexionar sobre el cuidado en un sentido más amplio.
Política y política social desde una perspectiva de cuidados
Mientras estas discusiones filosóficas continúan, en el terreno político se están produciendo cambios concretos para hacer del cuidado una práctica más equitativa y menos onerosa. En el sistema de Naciones Unidas, la preocupación por las mujeres como cuidadoras forma parte de las políticas de igualdad de género desde la década de 1970. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) también ha dado pasos decisivos para mejorar las condiciones de las personas trabajadoras del cuidado, como la adopción del Convenio 189 sobre las trabajadoras y los trabajadores domésticos; y, más recientemente, la Resolución de 2024 sobre el trabajo decente en la economía del cuidado.
Quizá el trabajo de política pública más relevante en torno al cuidado se esté llevando a cabo en América Latina, donde desde la década de 1990 académicas y activistas comenzaron a demandar que se contabilizara el tiempo que mujeres y hombres dedican al trabajo no remunerado de cuidados, lo que dio lugar a innovaciones en política pública que hoy son referentes a nivel mundial. A medida que los Estados de bienestar tradicionales continúan recortando la provisión social cobran mayor centralidad las preguntas sobre el trato que reciben las personas trabajadoras del cuidado, así como la calidad del cuidado que ellas mismas reciben. En 2020, el Care Collective en el Reino Unido publicó su breve pero incisivo libro The Care Manifesto donde expone paso a paso cómo el cuidado podría convertirse en un valor central de la vida política.
En los últimos años han surgido también otros debates teóricos sobre el cuidado y la vida política. En 2013, propuse que el cuidado, al igual que otros “conceptos esencialmente disputados”, depende del marco teórico en el que se inserte para cobrar significado, así que es posible entenderlo desde una teoría radicalmente democrática. Sophie Bourgault, por su parte, analizó si las formas burocráticas de organización estatal pueden brindar cuidado de manera adecuada, y defendió que ciertas formas de organización institucional pública son necesarias para que ello ocurra. En esta misma línea crítica, Helena Olofsdotter Stensöta ha argumentado que los funcionarios públicos deben incorporar el cuidado en su ética profesional. Maggie Fitzgerald ha propuesto incluso considerar la creación de un “Departamento de Cuidado” en los gobiernos nacionales, y un grupo de académicos y académicas de Austria han defendido la idea de transversalizar el cuidado del mismo modo en que se transversalizó el género.
En América Latina, académicas y académicos recurren con frecuencia al marco de los derechos humanos para sostener la necesidad de colocar el cuidado en el centro de la política como un derecho. Anteriormente, los participantes del debate entre cuidado y justicia podrían haber sostenido que, dado que los derechos humanos se inscriben en una orientación “de justicia”, no podían comprenderse desde una perspectiva del cuidado. Sin embargo, este argumento supone una concepción fija de la naturaleza de la justicia, el cuidado y los derechos que hoy resulta insostenible. Los derechos han adquirido significados más allá de los espacios estrictamente jurídicos, y los procedimientos jurídicos pueden ser repensados con el objetivo de volverlos más relacionales y, en última instancia, más atentos al cuidado.
Numerosos investigadores e investigadoras también han comenzado a explorar cómo la ética del cuidado y la política pueden responder mejor a los desafíos medioambientales, mientras que otros han recurrido a la ética del cuidado para analizar y describir movimientos sociales como Black Lives Matter. Como se puede ver, los debates que emergen son múltiples, incluso algunos académicos y académicas han comenzado a pensar en el cuidado que no proviene directamente de las personas, sino de las infraestructuras creadas por ellas, como la vivienda. Todo parece indicar que, una vez que se reconoce el enfoque que aporta el cuidado para abordar los problemas, prácticamente cualquier cuestión política puede ser pensada desde el cuidado.







